Grandes tardes del hierro de Begoña en la Plaza México: La corrida de la década de los 80s y el indulto de ‘Samurai’

‘El Niño de la Capea’ con ‘Samurai’ de Begoña.

De SOL y SOMBRA.

Una gran corrida se vivió en la Plaza México un 4 de mayo de 1986 teniendo en el cartel a los mexicanos Manolo Arruza, quien cortó dos orejas y Miguel Espinosa ‘Armillita Chico‘ cortando dos orejas y un rabo, y al diestro español ‘El Niño de la Capea‘ quien indultó un toro de la ganadería de Begoña propiedad de Don Alberto Baillères González.

En aquella ocasión el ambiente taurino de esta ciudad capital estaba convulsionado, así como también el medio artístico.

¿La razón? Una corrida de toros en homenaje al tenor continental Pedro Vargas, con motivo de sus 80 años de vida. Evidentemente, el aficionado y el público de ocasión se interesó al máximo.

Como lo merecía el festejo, se seleccionó un encierro de plena garantía del hierro de Begoña, propiedad del escrupuloso criador de reses bravas, el Licenciado Alberto Baillères… ¡Y no falló el ganadero! Aquel festejo fue uno de los más redondos que se hayan lidiado en la Monumental Plaza México y que nos dejaría de recuerdo eterno con la absolución de un bravo toro llamado ‘Samurai‘.

El considerado festejo de la década estuvo impregnado de torerismo, corte y sentimiento, de cada uno de los artistas en su estilo, tanto del salmantino, como del capitalino y del hidrócalido.

Asimismo se produjo esa amalgama ideal en los toros bravos del hierro de Begoña ya que prácticamente todos tuvieron raza, claridad, nobleza y templanza en su embestir con lo que contribuyeron a la brillantez del espectáculo.

Se cosecharon cuatro orejas y un rabo.

Dos orejas para Manolo Arruza y dos orejas y un rabo para Miguel Espinosa ‘Armillita Chico’, mientras que ‘El Niño de la Capea’ indultó a su segundo enemigo, uno de esos toros especiales que tienen la milagrosa virtud de haberse convertido en leyenda. Porque sin lugar a dudas habrá que colocar a ‘Samurai’ de Begoña en esa lista de ejemplares de inolvidables de la historia de la Plaza México.

Como lo planeado.

Los seis bureles que saltaron al ruedo de la Monumental Plaza México fueron bautizados por el Licenciado Alberto Bailleres con nombres alusivos a los adjetivos ganados, a todo pulso, por Pedro Vargas a lo largo de su fértil, exitosa y brillante carrera.

En su orden aparecieron en el ruedo: “Incomparable”, “Continental”, “Artista”, “Samurai”, “Gran Amigo” y “Tenor”.

Una corrida que que fue de menos a más, cuya segunda parte rayó en algo así como tocar con los dedos de las manos, los linderos de la gloria del toreo.

El número de trofeos concedidos aquella tarde a lo mejor, no es lo más importante. Lo importante fue el resultado final, es decir el conjunto de redondez que reunió aquella tarde.

‘El Capea‘ dio una vuelta al ruedo con “Incomparable” y se sublimó en el cuarto con “Samurai“, al que le cuajó un faenón auténtico que tuvo en el filo de la navaja al público que abarrotó la Plaza México. Aquella fue sin duda una de las mejores faenas del salmantino en México, de la que guardará para siempre un recuerdo imborrable. Y cómo toro bravo, “Samurai” que fue de menos a más, concluyó su lidia con bravura, emoción y con mucha transmisión.

Quien también puso música y alegría a la corrida fue Arruza con “Continental“, con el que lució muchísimo y al que le cortó una oreja, misma que enfilaría al festejo a las grandes alturas. También le cortó otra oreja al quinto, “Gran Amigo”, tras otra completa labor del hijo del Ciclón Mexicano.

Miguel Espinosa, que pasaba por un gran momento artístico en aquellos años, se dio el lujo de inmortalizar a ‘Tenor‘. El benjamín en aquel entonces de la dinastía Armillita, le elaboró un trasteo de escándalo, en el que el toreo al natural tuvo su máxima expresión. Lo mató con una estocada entera y recibió las orejas y el rabo, de ese gran “Tenor“, que le hizo la competencia a don Pedro y emuló a su congénere “Samurai“, para satisfacción de su criador, el Licenciado Baillères, el otro gran triunfador del inolvidable festejo.

Al final los toreros y el ganadero fueron aclamados con una vuelta al ruedo en el magno escenario, mientras que ‘Samurai‘ esperaba con paciencia en los corrales la intervención de un veterinario que le curara la heridas causadas por los puyazos de los varilargueros y los rejones de las banderillas.

Nunca hay que perderle la cara al toro.

Cuando aún resonaban las ovaciones en la estructura de la Plaza México y el reloj estaba por marcar las 8:00 horas, se iniciaron los preparativos para curar a ese distinguido astado de Begoña.

Primero se le lazó para inmovilizarlo para que pudieran intervenir los veterinarios, así preparaba el “quirófano” ese famoso guardaplaza Armando Morales Moralitos; le ayudaban en la labor seis chamacos, uno de ellos de nombre Felipe Sánchez, que era el encargado de una puerta.

En un momento de confianza, “Samurai” se zafó de los lazos, remató contra el portón, lo abrió y quedó al descubierto el joven Felipe. ‘Samurai‘, sin pensarlo lo embistió para matarlo.

Le infirió ocho cornadas, en cabeza, brazos, tórax y piernas. Ninguna mortal. No cabe duda que, en efecto, dentro de la fiesta si existe la Divina Providencia.

Un involuntario descuido ¿o se le perdió el respecto al burel? las tragedias surgen en un instante. Los toreros afirman: “al toro no hay que perderle la cara, ni cuando lo arrastran las mulillas”.

Samurai” fue operado en los corrales, por el doctor Javier García de la Peña. Al unísono también se hizo lo mismo con Felipe en el quirófano de la plaza, por el doctor Javier Campos Licastro.

‘Samurai’ vivió poco.

La leyenda cuenta, según hemos podido averiguar, qué ‘Samurai‘ pasó a padrear a la ganadería de Moreno Reyes Hermanos, el hato ganadero de Mario Moreno Cantinflas . Se lo vendió el licenciado Bailleres. El toro venía de un linaje magnífico, de la procedencia del marqués de Saltillo, que es el encaste de la dehesa de Begoña.

Se perdió un poco, para decir verdad un mucho, el camino de “Samurai“. Se nos aseguró que en esos potreros mexiquenses de la hacienda La Purísima, donde pastaba el ganado de Cantinflas , una víbora de cascabel le picó y le provocó la muerte que no merecía el bravo cornúpeta de la famosa divisa verde y oro.

Por tanto su descendencia fue mínima.

Una gran pena, ya por su procedencia, pureza de línea y, suponemos, por los genes con los que estaba dotado, pudo ser un gran reproductor de su especie.

– Basado en un texto del periodista Guillermo Salas y publicado por El Universal.

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