La Fiesta está Viva: Hablando de felicidad.

Antonio Mendoza. Foto La Plaza México.

Por Rafael Cué.

La columna del martes pasado la titulé ‘La felicidad y la bravura’, un paralelismo entre estos dos conceptos, ambos intangibles, apreciables y apreciados. En alguna entrevista en Tiempo de Toros (programa taurino de esta casa que pasa los viernes a las 20:30 horas, el cual tengo el gusto y honor de conducir desde hace casi ya tres años), Antonio de Haro, ganadero amigo, comentó que “es buen ganadero al que le salen un mayor número de toros con el comportamiento que busca”; estas características en el comportamiento, morfología y actitud en los astados varían en cada uno los criadores de toros de lidia, si bien todos buscan alcanzar el concepto global de bravura, el camino y la interpretación pueden incluso variar diametralmente.

El domingo 12 de enero se lidió en la Plaza México un encierro zacatecano del hierro de Pozohondo, casa ganadera descendiente en línea directa de la legendaria Torrecilla. Para honrar la memoria de uno de los grandes genios de la ganadería brava: Don Julián Llaguno, su nieta y actual ganadera de Pozohondo, Ana María Rivero Llaguno, junto a su marido e hijo, Ramiro Alatorre Córdoba y Ramiro Alatorre Rivero, bautizaron los seis toros de su regreso a La México con nombre de toros célebres de otras épocas del hierro de Torrecilla. Este tipo de detalles e historias engrandecen la cultura de la tauromaquia, estrechan lazos y fortalecen tradiciones, más aún cuando dicho regreso de Pozohondo a La México fue triunfal, con cuatro de seis toros buenos, no en balde ‘El Zapata‘ se despachó con tres orejas, Jerónimo una, y Antonio Mendoza por fallas con la espada dejó de cortar dos al tercero de la tarde.

Estamos hablando de una corrida que en papel brindó posibilidades artísticas para que se hubieran cortado seis orejas por lo menos. Lo anterior vale la pena resaltarlo, porque en una semana en La México hubo un toro muy bravo de Piedras Negras: ‘Siglo y Medio’, indultado el domingo 5 de enero, y cuatro toros realmente buenos de Pozohondo el 12. Toque de atención a los toreros nacionales y extranjeros para salirse de las ganaderías “de siempre”, al igual que para los empresarios en variar las combinaciones tanto de toreros como de ganaderías.

Entrando en materia, dentro de los cuatro buenos toros de Pozohondo, el primero quizá fue al que le faltó algo de casta para entre pase y pase buscar la muleta con emotividad, sin embargo la experiencia y oficio del ‘Zapata’ le permitieron al tlaxcalteca hacerle una faena aseada a un toro agradecido, luciendo en los tres tercios y matando de estocada entera.

El segundo toro tuvo una calidad excepcional, embistiendo siempre por bajo, con emotividad y ritmo de toro bravo, templado; toro de premio gordo. Jerónimo, artista tlaxcalteca, se gustó en los lances de recibo, rematados con media verónica belmontina de cartel. Con la muleta el toreo por la izquierda fue de profunda dimensión, con el toro embistiendo por bajo que daba gusto. Toreo muy sentido de Jerónimo ante embestidas de rotunda calidad y despaciosidad.

El tercero fue un bello cárdeno bragado, emotivo y con mucha transmisión en la embestida. Antonio Mendoza, torero capitalino con pocos años de alternativa y con enormes cualidades, ha dado una gran tarde de toros, mostrando valor, capacidad y buen gusto para hacer el toreo, además de ambición. El año pasado sólo toreó 11 corridas de toros; con tan poco rodaje es de llamar la atención su actitud y capacidad para hacerle al tercero una faena que emocionó a la gente. El toro duró poco y cuando se agarró al piso el torero cruzó la línea de fuego y se arrimó de verdad. De haber matado bien, el triunfo estaba asegurado. La gente está ávida de nuevas caras. Si es capaz Antonio de estar así con 11 corridas de toros, ¡qué sería si toreara 30 o 50 al año!

Con el cuarto ‘El Zapata’ armó un lío, variado con el capote y tremendo en banderillas, tomó los tres pares a la vez, colocó primero “el imposible”, lo ligó con uno al violín y ligó el tercero en un cuarteo por toriles. La plaza de pie ovacionó la vuelta al ruedo antes de tomar la muleta. En el tercer tercio el toro embistió con alegría y siempre humillado, disfruté esta imagen, con el toro embistiendo con el pitón casi rozando la arena, el hocico entre las patas y con el cuerpo comprometido a la embestida. Dicho por muchos buenos ganaderos: la actitud y postura de la bravura, embestir por abajo durante todo el muletazo. Espectacular estocada y dos orejas inobjetables.

Hablando de felicidad, todos salimos felices de la plaza: el público (el más importante), el ganadero con la forma de embestir de esos cuatro pupilos, y los toreros triunfando. A eso vamos a la plaza, ¡a disfrutar y ser felices!

Publicado en El Financiero

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