Opinión: Hay toro y hay torero.

Por Antonio Caballero.

Bogotá, Colombia.- Sí, unas cositas muy elegantes y de exquisita finura de la mano de Enrique Ponce en su confuso segundo toro, mientras arriba en el tendido dos aficionados peleaban a puñetazos. Y en su primero, y primero de la tarde, dos suaves lances de recibo. Luis Bolívar toreó con ganas, pero sin ligar los muletazos: y mucho tosco molinete. Y hubo además los severos y respetuosos silencios de la plaza bajo un cielo tremendamente azul, y su algarabía ruidosa de entusiasmo.

Pero el peso de la tarde de toros del domingo recayó sobre Antonio Ferrera y el segundo toro de la tarde, un armonioso jabonero de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo: un bravo toro, y un gran torero. Cuando esos dos elementos se juntan (y encima hay una tarde tremendamente azul), se produce el milagro del toreo. Y es por ver el toreo que vamos a los toros.

Tras encelar a su primer toro, que de salida había sido suelto, lo llevó al caballo por chicuelinas andadas rematadas con la espuma de una revolera. No lo dejó picar mucho, y tras un excelente tercio de banderillas a cargo de Santana y de Benavides, lo brindó al público. Y lo sacó a los medios, que es en donde se lucen los toros bravos y los toreros valientes.

No fue en los medios, sin embargo, donde lo volteó el toro de un hachazo imprevisto, sino al hilo de las tablas de los tendidos de sol, en un alarde en que Ferrera había dejado caer el estoque en la arena para prolongar sus naturales con la mano izquierda, que es el modo natural de dar los naturales, cambiando la muleta a la derecha, ya sin la ayuda de la espada. El toro lo enganchó por el muslo y lo tiró lejos con el pitón derecho en una alta voltereta. Se alzó cojeando, y tras dejarse hacer por un peón un torniquete volvió cojeando al toro entre gritos de ¡torero! ¡torero! y el estruendo de la banda de música.

Además de un gran torero y de un torero recio, Antonio Ferrera es un torero histrión. Así que remató su faena con un desplante para la galería tirando lejos la muleta. Quiso matar al toro a recibir, pegando un fallido pinchazo arriba, y luego un violento y eficaz volapié. Aplaudimos al toro. Al torero le dimos una oreja.

Y más. Porque en el sexto –un torito negro de Ernesto Gutiérrez al que Ferrera salió a torear desde la enfermería todo vestido de blanco como un enfermero y cojeando todavía– la plaza lo recibió otra vez con rugidos de ¡torero! ¡torero! Y le hubiera dado otra oreja, y tal vez dos, si después de intentar matar heterodoxamente al toro citándolo de muy lejos y emprendiendo una larga caminata para, al final, saltarle encima al llamado paso de banderillas, no hubiera fallado varias tentativas de descabello.

Pero bueno: los toros son muchas cosas distintas.

Publicado en El Tiempo

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