Paco Dorado: con la chaqueta sobre los hombros y un paquete de tabaco.

Por Álvaro R. del Moral.

Paco Dorado no necesita demasiadas presentaciones. Su trayectoria vital, profesional y taurina viajó desde los sótanos del toreo hasta el timón de algunas plazas de primera categoría. Cambió un floreciente negocio de quesos –los vendía en dos o tres horas y se lo pulía en ocho- por esa pasión por el toro y el toreo que le ha hecho ganar un potosí y perder tres o cuatro. Él mismo lo rubricaba este miércoles en la última de las sesiones de las ‘Lecciones Magistrales’ de la asociación Aula Taurina. “Me he marchado de esto sin tabaco”, exclamaba Paco mientras repetía, sin demasiada convicción, que había perdido la memoria por no sé qué ictus que no le impedía dibujar recuerdos, detalles y hasta ese dinero –siempre el maldito parné- que marca la categoría en el toreo.

Hasta el Salón de Carteles de la plaza de la Maestranza llegó acompañado de su amigo Santiago Sánchez Tráver. El veterano profesor y periodista iba a ser el encargado, además, de guiar los recuerdos del ‘comandante’ en una sesión que contó con unos testigos de excepción. Fueron los toreros, la gente del toro, que subrayó el cariño, el respeto y hasta la admiración que despierta este personaje que pertenece a una etapa amortizada del toreo. ¿Mejor? ¿Peor? Seguramente anterior… Desde Tomás Campuzano –el primer torero de su vida-, el elenco de hombres de luces se completaba con la presencia de José Luis Parada, Espartaco, José Luis Capillé, Eduardo Dávila Miura, José Luis Peralta... además de numerosos rostros conocidos de este planeta singular en el que, ésa es la verdad, nos conocemos casi todos. No estaba Manuel Díaz ‘El Cordobés’, la obra de su vida. “Aquello se acabó y ya está; no lo he visto más…”

Recuerdos de vida y toros

Compartió mili y cetme con Paquirri “y ahí ya me entró el gusanillo”, recordaba Dorado. “Soñaba con los toros y salió un chiquillo de Gerena que quería ser torero”. El chiquillo era Tomás Campuzano. “Pasamos un quinario, aquello era muy duro pero saqué a Tomás a trancas y barrancas, sin un duro, tiesos como una mojama y gracias a que Tomás se arrimaba”, recordó el único comandante que ha tenido el toreo. Era el comienzo de una carrera que iba a tener su culminación en plazas como Córdoba, Antequera o Jaén y hasta los principales cosos de Venezuela rodeado, siempre, de su particular corte de los milagros. En medio de todos esos personajes irrepetibles, Dorado destacó una figura fundamental: la de Juan Guardiola. “Era mi asesor, como un hermano para mí, él me recomendaba a los chavales y los llevábamos a tentar”.

La revolución

En ese punto apareció por primera vez el nombre del torero que marcó su cumbre, más que como apoderado como creador de un personaje: el de Manuel Díaz, al que quitó el apodo de Manolo para anunciarlo como su entonces presunto progenitor, El Cordobés. “Me lo llevé al Toruño y le echaron unas vacas; Juan me preguntó qué hacía allí ese torero si no servía”, rememoró Paco. Su respuesta fue sencilla: “Te lo traigo para que aprenda y ya aprenderá”. Era el inicio de aquella ‘revolución’ que convirtió a Paco en comandante de un ejército sin armas. Le firmó el primer y único contrato en una servilleta de papel a raíz de su encuentro en un bar. “Le voy a poner a usted rico”, espetó entonces el aspirante a fenómeno, que ya andaba dando barrigazos por los pueblos sin demasiado éxito.

Fue su mejor creación, posiblemente también la que aún más le duele. Rocío Jurado –desvelo Sánchez Tráver- llegó a promover un pequeño homenaje en un restaurante de Caracas para consolar a Paco después de la ruptura. Dorado, de hecho, llegó a tener al mismísimo Manuel Benítez contratado en Palma de Mallorca para torear con el hijo. Para convencerlo hicieron falta 111 millones de pesetas, “el contrato más gordo que se ha escrito en el toreo”, pero el ciclón de Palma del Río acabó rajándose y dejando los seis toros de Tornay para que el que entonces sólo era su presunto hijo los despachara en solitario.

Los orígenes

Para entonces ya estaba más que baqueteado en la profesión desde aquel lejano festejo organizado en Castillo de las Guardas para que toreara Tomás. Tiró de repertorio y colocó a Santi Sánchez Tráver en la taquilla, metiendo la pasta en una caja de zapatos. “Yo era profesor de matemáticas y al primer toro ya tenía hechas las cuentas” explicó el presentador. “Es que no había un duro”, apostilló Dorado. Después de esas plazas de polvareda vinieron muchas, hasta 27 simultáneas. La primera grande que cogió fue Jaén y la más resonante –también la más compleja- la de Córdoba, “la peor plaza que he visto en mi vida; donde no hay afición ni va nadie a los toros”, aseguró aunque, eso sí, llegó a contratar a José Tomás dos tardes seguidas. “Fue lo más fácil del mundo…” También lo llevó Algeciras y vendieron hasta las localidades de la banda. “Di la corrida sin música…”

Pero la charla dio para más, como para recordar esos personajes que sólo se pueden encontrar en las esquinas del toro. Curro Embarque, Calderón, el Balañá del Sur, hasta el mismísimo Diodoro Canorea... historias que darían para libros y novelas increíbles pero que, seguramente, se acabará llevando el viento cuando se marchiten las memorias. “Aquel hombre, Curro Embarque, se dedicaba a dar toros pero era un bohemio; no salió del ámbito de las novilladas sin caballos pero hizo grandes cosas”, recordaba Paco. Esa vida de libro tuvo hasta su boda singular, con el mismísimo Ángel Peralta de padrino: “lo casó un capitán de barco que ni siquiera había visto el mar pero decía que tenía licencia; cualquiera le decía a Curro que ni estaba casado ni nada”.

Esos tiempos que se fueron…

Paco habló de un tiempo que se fue. Seguramente para no regresar. Campuzano evocó sabrosas anécdotas para ubicar al personaje en la yema de los 70. Lo sacaban del cuartel –andaba haciendo el servicio militar- y se lo llevaban hasta Francia para torear una novillada. Nadie le libraba del arresto posterior pero, en cuanto salía, era una vuelta a empezar. Dorado se llevó a Tomás hasta San Feliú de Gixols en el ranchera que tenía aparcado en la puerta del bar Parada de Gerena para torear uno de sus primeros festejos sin picar. “Paramos en todas las ‘luces’ que había por el camino”, confesó Tomás, poniendo color y olor a aquella vida irrepetible. Fue el comienzo de una relación en la que hubo que echar un cable para vender los famosos quesos. La camioneta caía en un rato y a las doce, con 3000 pesetas en el bolsillo, ya estaba en el Búcaro. “Las rondas terminaban a las cuatro de la mañana”, recordaba Tomás que volvía a comenzar la misma rutina un día tras otro a las ocho de la mañana. Espartaco fue más allá al apuntar otra anécdota que da idea del talento y la peculiar personalidad de Paco Dorado. “Habíamos llegado a Valencia, en Venezuela, sin comer y con el tiempo justo para los toros y Paco hizo retrasar el festejo hasta que terminamos de comer”. Genio y figura- Nadie mejor que el propio Dorado para firmar el epílogo de la charla: “Después de cuarenta años en el toro me he retirado sin tabaco; económicamente no me ha compensado nada pero personalmente mucho; he apoderado a muchos toreros y si volviera a empezar haría lo mismo: pura bohemia y para adelante. La chaqueta al hombro y mi paquete de tabaco…”

Publicado en El Correo de Andalucía

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