Manuel Navarro, el primer torero que muere víctima del coronavirus.

Por Rubén Amón.

Quién iba a decirle a Manuel Navarro que moriría de una enfermedad desconocida en Occidente. Coronavirus. Había convivido él con otras muchas. Porque fue niño de la posguerra en Albacete. Y porque sus aventuras de misionero, de misionero taurino, le llevaron a colonizar las tierras de Mozambique, de Angola y de Filipinas.

Allí pudo organizar algunas corridas de toros. También lo consiguió en Estados Unidos, pero tuvo que resignarse a la resistencia de las sociedades de ultramar. Y a convertirse en un personaje costumbrista de la tauromaquia. Elegante, buen conversador.

Y decano de los toreros. No porque se lo reconociera un diploma. Se lo reconocía una edad. Tenía 95 años Manuel Navarro. O Manolo Navarro, como se le conocía en los carteles, aunque aquí no interesa la edad biológica como la taurina. Y el diestro albaceteño la tomó hace 73 años. Nadie había más antiguo que él.

El cartel del acontecimiento, oficiado en Valencia, es a la vez enjundioso e inquietante. Enjundioso porque fueron padrino y testigo Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín. E inquietante porque son los mismos toreros que acompañaron a Manolete en la tarde fatídica de Linares, apenas unas semanas después de que Navarro adquiriera el rango de matador.

Y lo mantuvo lo que pudo entre vaivenes y cornadas. Diez años se prolongó su carrera hasta que decidió retirarse en México. Le quedaban 62 años de vida, o sea, una vida entera que terminó extinguiéndose hace solo unos días en un hospital de Madrid.

Navarro había contraído el coronavirus en la residencia Reina Sofía de las Rozas. La zona cero de todas las residencias. La más afectada por la epidemia. Y la más precaria en sus medios para contenerla, no por la voluntad y el riesgo de los sanitarios y celadores, sino por la impotencia de responder a una criba despiadada.

Manolo Navarro es el primer torero que muere víctima del coronavirus. El más aventurero. Y el más vulnerable, pero la lucidez de sus 95 años y su carisma de Juncal invitan más a envidiarlo que a llorarlo.

Publicado en Onda Cero

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