Curro Romero: hace 40 años se abrió la última…

Por Álvaro R. del. Moral.

Este 19 de abril se cumple la efemérides. Hace cuarenta años exactos de la última vez que Curro Romero cruzó el mítico arco de piedra que se mira en el Guadalquivir. Antes hubo cuatro más. La primera llegó en 1960, en su segunda temporada como diestro de alternativa. Pero la historia tiene su propio argumento: Diodoro Canorea no se había puesto de acuerdo con Curro Romero –había triunfado el año anterior en su debut como matador- a la hora de confeccionar los carteles abrileños de 1960. El malestar de los aficionados acabó doblegando la voluntad del flamante empresario que, como el propio Curro, también había debutado en 1959 al frente de la gerencia de la plaza de la Maestranza. La solución fue incluir dos tardes más, incluyendo un beneficio organizado por el mismísimo gobernador de la época, un tal Altozano Moraleda, para que el futuro Faraón pudiera hacer el paseíllo en el coso del Baratillo. Eso sí, los duendes no soplaron y hubo que esperar al día del Corpus, anunciado junto al reaparecido Manolo González y el bravo Jaime Ostos para tumbar seis de Tassara a plaza llena.

La corrida no se dio mal para Manolo González, que cortó una oreja; Ostos, sin lote a favor, se conformó con una vuelta al ruedo y Curro, que pinchó una gran faena al tercero, barajó pocas opciones con el sexto. Con la gente en desbandada, el camero pidió el sobrero. Los picadores ya se habían marchado de la plaza y acabó subiéndose al caballo –vestido de paisano- el varilarguero algabeño Alejandro González que había sido contratado como reserva aquella tarde y ya se había mudado de ropa en la misma plaza. Mientras daban con él, Curro se hartó de pegarle lances a aquel toro de Tassara al que cortó dos orejas que le franquearon de par en par la primera Puerta del Príncipe de su larguísima carrera.

1966: el currismo toma carta de naturaleza

Hay una fecha marcada a fuego en el calendario sentimental del currismo: es el 19 de mayo de 1966, Jueves de la Ascensión, en el que “nació el mito, comenzó la leyenda y se dilató la exageración hasta superar todo lo imaginable” según explicaba el recordado escritor y cronista Filiberto Mira en su libro ‘Cien años de toreo en Sevilla’. La tarde, una vez más, iba de desquites: Las cosas no le habían rodado a Curro en la Feria. Había resultado triunfador otro camero, el gran Paco Camino, que no prodigó demasiado su magisterio en la plaza de su tierra. Pero, ojo, 1966 también fue el año de la famosa faena de El Viti al toro de Samuel Flores y hasta de la presentación como novillero y matador -en mayo y octubre- de un jovencísimo Paquirri que abrió su primera Puerta del Príncipe. Curro había contratado tres tardes en el ciclo y pasó en blanco por las tres. En la tercera, la más aciaga, se produjo aquel célebre grito de un aficionado del tendido: “¡Curro, ya llegará el verano!” Había que hacer algo…

En esas circunstancias se forjó la organización de la corrida con un destino muy concreto: la Cruz Roja Española. Contaba Antonio Petit que la idea de afrontar ese reto fue de José Ignacio Sánchez Mejías, hijo del recordado diestro y apoderado del camero que sabía bien lo que se jugaba. Se trataba de poner el ansiado ‘no hay billetes’ fuera del abono y restañar los platos rotos de la Feria. Diodoro Canorea, que se apuntaba a un bombardeo, sumó su entusiasmo a la idea y el acuerdo final se cerró en 600.000 pesetas de entonces -3.600 euros de hoy- no sabemos si con la condición de dejar las taquillas sin un solo papel.

La valiosa hemeroteca de El Correo de Andalucía rescata la crónica de Delavega, veteranísimo crítico titular del decano de la prensa sevillana en aquella década prodigiosa. Con el epígrafe habitual de ‘Torerías’, Delavega describía el acontecimiento bajo el titular de ‘La tarde inolvidable de Curro Romero’: “Escríbase esta fecha con letras de oro en los anales de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Curro Romero ha matado él solo seis toros. Seis toros de seis estocadas. Un curso completo de arte del toreo. Ocho orejas cortadas. La Puerta del Príncipe que se abre de par en par para que por ella salga el TORERO, así con mayúsculas”.

A Curro le bastaron una hora y tres cuartos -la duración habitual de las corridas de entonces, lejos de las casi tres de hoy- para salir a hombros por el Paseo de Colón y llegar al hotel con el traje destrozado por los aficionados. “Ha toreado con el capote en los seis toros; le ha hecho faena de muleta a los seis; siempre a dos dedos de los pitones; siempre rebosando arte en lo que hacía…” Delavega narraba faenas de muleta “en las que el toreo en redondo encontraba la más maravillosa explicación que pueda darse, y los pases ayudados por alto eran arcos de triunfos bajo los que pasaba el toro noble…”. El veterano cronista iba más allá y hablaba de un toreo “que huele a retama, a tomillo, a romero… porque para escribir lo que hizo Curro ayer no tenemos que recurrir a la cursilería del frasquito de esencia ni se puede escribir de rosas, de claveles o de nardos”.

Tampoco hay que olvidar que el milagro currista fue posible gracias a la colaboración de un encierro de Carlos Urquijo -la actual ganadería de la familia Murube– que envió a los corrales de la Maestranza seis excelentes ejemplares desde la mítica finca de Juan Gómez, en los campos de Los Palacios. Delavega alude a una corrida “superior, preciosa de lámina, alegre en la embestida” y, finalmente, traza un paralelismo con la festividad de la Ascensión: “Ese día Curro ascendió a la cima del arte del toreo; de ahí no habrá quien lo mueva”. Había nacido una religión.

1967: las musas también se aparecen en abril

La cosa no había empezado mal en aquel 67. Curro había cortado dos orejas a un toro de Pilar Herráiz en la tarde del 16 de abril aunque el gran triunfador, que cayó herido, fue Mondeño que sumó tres trofeos. En la segunda alternó con Antonio Ordóñez que volvía a Sevilla después de ese larguísimo lustro de ausencia en el que había que sumar la retirada en las temporadas del 63 y el 64 y la falta de acuerdo con Canorea –no exenta de anecdotario- de los dos años siguientes. Y el rondeño volvió en plenitud… Fue una tarde lluviosa y de taquillas reventadas en la que Curro dejó su impronta con un quite de los suyos al segundo toro de Ordóñez, un ‘cubero’ llamado ‘Chulito’ al que el gran maestro de Ronda cuajó de cabo a rabo. Pero el Faraón, que ya había tomado posesión de su título, también lograría embelesar al personal cuajando por naturales al sexto. Ordóñez, Curro y Litri, que completaba el cartel, se fueron a hombros por la puerta de la calle Iris…

Pero la Puerta del Príncipe no quedaría sin abrirse en aquella temporada histórica en la que El Cordobés también pasó como una auténtica apisonadora. Culminada la feria, la Corrida de la Cruz Roja se organizó para el día 24 de abril, lunes de resaca, con el mismísimo caudillo en el Palco del Príncipe. En el cartel, encabezado por el rejoneador Rafael Peralta, figuraban Litri, Ostos y Curro Romero para despachar siete de Urquijo. El de Huelva resultó herido, dejando tres para el ecijano. Pero nos interesa la faena de Curro a ‘Patatero’ al que cortó dos orejas que le entregaron la llave de su tercera Puerta del Príncipe, que compartió con el mayoral de Juan Gómez. El célebre crítico Paco de Ronda, en la crónica publicada en la revista ‘¡Oiga!’ habló de un torero “que electriza a las multitudes, a la afición y a los turistas…”

El Faraón de Camas volvió a traspasar el mítico arco el día del Corpus de 1968 después de encerrarse en solitario y cortar cuatro orejas.

1968: Otra vez de único espada

Curro escogió el día del Corpus de 1968 –que cayó en un 13 de junio, festividad de San Antonio- para volver a encerrarse en solitario en la plaza de la Maestranza. Aún resonaban los triunfos de otra feria irrepetible en la que, entre otras cumbres, Puerta había cortado un rabo; Ostos había cuajado su mejor tarde en Sevilla; El Viti había embelesado… El camero escogió tres toros de Núñez, dos de Antonio Pérez y un sexto de Tassara a los que cortó un total de cuatro orejas.

Acudimos una vez más a la pluma del célebre crítico Paco de Ronda –suegro del no menos célebre banderillero sevillano Miguelete– que describió aquella tarde de Corpus en las páginas de ‘¡Oiga!’ sin poder reprimir su entusiasmo. “…relució el arte puro y cegador por sus destellos brillantísimos el toreo de este Curro para quien Sevilla guarda sus mejores ovaciones” señalaba el cronista sentenciando que “el gran torero camero echó mano de un repertorio clásico, hondo, y por ello deja honda huella en la afición sevillana”. El cartel del acontecimiento revela algunas curiosidades, como la identidad del sobresaliente que no era otro que Rafael Astola, aquel torero de Triana que tres años antes había indultado al novillo ‘Laborioso’, marcado con el hierro de Albaserrada.

La última Puerta del Príncipe

Tuvieron que pasar 12 años para que el mítico arco de piedra que se mira en el Guadalquivir se abriera de par en par para ver pasar a hombros Curro Romero. Pero si hacemos concesión al moderno cómputo numérico –las tres orejas que pretenden calibrar los entusiasmos- hay que consignar la tarde del día de San Pedro de 1972, organizada a beneficio de la Asociación de la Prensa, en la que sumó esos tres trofeos encerrándose en solitario con un encierro de Berrocal –remendado con un ejemplar de Ruchena– sin llegar a franquear en volandas la Puerta del Príncipe. Aún no se había protocolizado ridículamente un privilegio que no debería entender de matemáticas…

Pero hay que situarse en el 19 de abril de 1980, sábado de preferia. La reventa echaba humo. En los carteles colgaban los nombres de curro Romero, José María Manzanares y el joven Espartaco para despachar una corrida de Carlos Núñez. Era la cuarta de abono de aquel año taurino que había quedado marcado por el referéndum de la autonomía andaluza. Josemari y Juan Antonio también obtuvieron un trofeo que en el caso del jovencísimo diestro de Espartinas era el primero que cortaba en la plaza de la Maestranza. Aún le quedaban cinco largos años para romper en primera figura a raíz de la célebre faena al toro ‘Facultades’ de Manolo González.

Pero se volvió a abrir la Puerta cuando algunos ya hablaban del agotamiento del famoso tarrito del impar artista de Camas… Joaquín Caro Romero, en la crónica escrita para el diario ABC, habló de “clamor” y algo “inenarrable”. El poeta sevillano reseñaba que “parecía que los espectadores querían alfombrar la plaza con ramas de romero”. El cronista iba más allá, hablando de “liturgia y de rito”. “Y es que Curro y Sevilla son como Romeo y Julieta… en el amor entre Curro y Sevilla no hay drama, sólo disgustos, que siempre acaban, tarde o temprano, en satisfacción”. En ese momento –Curro ya tenía 46 años cumplidos en 1980 – nadie podía atisbar que al Faraón aún le quedaban dos décadas más en activo. Ésta es una pequeña parte de su inimitable y compleja vida artística…

Publicado en El Correo de Andalucía

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