Obispo y Oro: El cornudovirus.

Por Fernando Fernández Román.

Está ahí, latente, pero no dormido. Todo lo contrario, se alimenta a diario con los nutrientes que recibe de un ejército bien pertrechado en los aproches del campo de minas que siembran a diario los “lobbys” animalistas subvencionados y protegidos y, en el caso de España, favorecido en su plácido letargo por el absentismo interesado y sibilino de un gobierno que es, en sí mismo, el mejor aliado que podía encontrar para entrar en acción inmediata. Es el cornudovirus, el virus que se ha hecho presente para poner fin a la Tauromaquia en su lugar de origen. Debe ser primohermano del que nos confina.

Llevamos dos meses justos de encarcelamiento asumido, razonable y principalmente preocupados por nuestra salud y la de quienes nos rodean, quizá por eso habrá quien no se percate de la hecatombe que se le viene encima a la fiesta de los toros. No es solo la cornada que ha roto la femoral y la safena a las diferentes colectividades del “sector taurino”–con la consiguiente ruina profesional, moral y económica que tal hecho les supone–, sino la trayectoria oculta que va directamente a sus órganos vitales. Los cirujanos taurinos saben muy bien que estas trayectorias que se agazapan bajo el tejido subcutáneo, pueden traer fatales consecuencias.

Se basa la severa advertencia que deriva en el crudo diagnóstico en dos hechos acaecidos recientemente: el trato de  ninguneo que ha recibido la Tauromaquia en el BOE, hace justamente una semana, y el suceso que ayer mismo salió a la luz, con el rechazo de un puesto de trabajo a quien reunía todos requisitos solicitados por la empresa. El primero pone de manifiesto el nivel de sectarismo “oficial” que acosa a los estamentos que giran en torno al toro de lidia y el segundo, la persecución y discriminación que padecen (padecemos) quienes nos hallamos integrados en la feligresía taurina.

He repasado concienzudamente el texto del Real Decreto-ley 17/2020 de 5 de mayo, en el que se hace una amplia y minuciosa exposición de motivos que permiten al gobierno de la nación aprobar “medidas de apoyo al sector cultural y de carácter tributario para hacer frente al impacto económico y social del COVID-19”. No vean el espacio que dedica el legislador a diseccionar las líneas de financiación dirigido a las empresas del “sector cultural”, por un importe total de 780.000.000 €, previas provisiones de fondos de casi 20.000.000 €, disponibles para abordar el coste de la comisión de apertura de avales. Por no hacer farragosa la cuestión, me quedaré en el trato preferencial y exquisito que se aplica al sector Audiovisual, las Artes Escénicas, la Industria Musical, la Industria del Libro o la de Las Bellas Artes. Ni una línea—no de financiación, sino del texto—para la Tauromaquia; de lo cual se infiere que el gobierno español no considera a la Tauromaquia integrada en las Bellas Artes. ¿Acaso es una premisa para arrancarla de los Premios anuales que tiene establecidos el Ministerio de Cultura?

Si esto leyere el legislador o algunos sesudos competentes en la materia que militan en el citado Ministerio, pueden argüir que, muy después, como ensombrecido, medio ocultado, un epígrafe del Artículo 1, punto 5, menciona una línea de ayudas a otras instituciones culturales, pero no cita expresamente a la Tauromaquia. ¿Estará ahí, metida “de clavo”? Si así fuere, ¿por qué ese interés en meter la cabeza bajo la almohada? Está muy claro: es tema tabú para un gobierno integrado por una izquierda desnortada y una extrema izquierda que no disimula su sectarismo –al menos, en eso, es sincera— y tiene al respecto dos objetivos bien definidos: abolición y nacionalización. Pues, ya puestos, ¿por qué no nacionalizar la “fiesta nacional”?

Nada más conocerse el contenido del citado Real Decreto-ley, la Asociación de Empresarios Taurinos de España (ANOET) envió una carta al Ministro de Cultura, exponiendo con razonable dureza su malestar por “la omisión tan injusta como irresponsable” del sector taurino en el apoyo financiero para paliar los efectos de la pandemia sanitaria que padece el mundo, en general; y, naturalmente, también el mundo de los toros, aunque solo fuera por lo que aporta al PIB, mucho, muchísimo más que cualquiera de los demás sectores culturales tan ampliamente protegidos.

Me consta que algunos de estos sectores taurinos, como los subalternos, están pendientes de ser atendidos, pero también creo que la carta de ANOET, que además expone impecablemente las razones de inconstitucionalidad que subyacen en el maltrato “oficial” a los profesionales y aficionados a los toros, debería haber sido avalada por todos, absolutamente todos, los que creemos en el Bien Cultural Inmaterial de la Tauromaquia, a la que amamos tanto como deseamos su pervivencia y fortalecimiento.

La precitada persecución que sufren los aficionados a los toros tiene el nombre y el apellido de dos mujeres de Valladolid: Nuria Huerta y Ana Alvarado. La primera es víctima de un hecho lamentable que propicia el rechazo a un puesto de trabajo y la segunda una excelente profesional del mundo de la comunicación, especializada en el tema taurino, que, a petición de la interesada y como buena medinense –¡menudas son las de Medina!– ha tomado al toro astifino de la intolerancia y la injusticia por los cuernos de la denuncia pública y lo ha mancornado en el ruedo de su Portal. Nuria optaba a un puesto de trabajo en una empresa que vende a través de Internet (me niego a escribir online) suplementos dietéticos nutricionales, cumpliendo perfectamente con los perfiles requeridos (edad, presencia en redes sociales, vida sana y vinculación con el mundo del deporte), por tal motivo, no encontró explicación al rechazo recibido. Se lo aclararon en su segundo intento, con esta coletilla: “Sin embargo, tus inclinaciones a la tauromaquia (totalmente respetables) no encajan en nuestros propósitos para tenerte como afiliada”.  El revuelo ha sido considerable. Esta semana se hacía eco del tema en el portal Mundotoro y esta misma mañana la empresa en cuestión se ha puesto en contacto con las implicadas en la cuestión –rechazada y denunciante— brindando a la primera el puesto solicitado, al tiempo que hacían saber que el rechazador había sido amonestado severamente; pero el desenlace ha sido el esperado… de una muchachita de Valladolid: A Nuria Huerta –¡menudas son las de la plaza Circular!– ya no le interesa trabajar para una empresa que practica el sectarismo y la intolerancia. A buen seguro, una chica de su talante y su talento recibirá ofertas mejores y más serias; pero es lo que hay.

Ahí lo tienen: el cornudovirus afila sus colmillos y no para de manifestarse, el gobierno, lo oculta arteramente, porque puede peligrar el voto de los “antis”, y un puesto de trabajo puede peligrar porque alguien se declare a favor de la Tauromaquia. No digo más.

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