Joselito el Gallo, el rey de los toreros, murió dos veces en Talavera.

Joselito el Gallo, en la plaza de Santander, en 1913. Francisco Goñi.

El periodista Paco Aguado reedita la biografía del gran genio en el centenario de su muerte.

Por Antonio Lorca.

“Un hombre muy serio, responsable y profesional en el gran y mejor sentido del término; una persona religiosa y de salud quebradiza. Y como torero, un adelantado a su tiempo, un revolucionario, que tenía todo el toreo en la cabeza y marcó la estructura de la fiesta actual”.

Este podría ser el retrato urgente de José Gómez Ortega, Joselito el Gallo, (Gelves, Sevilla, 1895), sobre el que el periodista madrileño Paco Aguado cimentó el espectacular trabajo de una magna biografía que ahora se reedita tras su publicación en 1999.

Veinte años después, con motivo del centenario de la muerte del genio el 16 de mayo de 1920 en la plaza de Talavera de la Reina, la editorial sevillana El Paseo y Aguado han revisado la edición anterior, le han añadido cien nuevas páginas y acaban de presentar Joselito el Gallo, rey de los toreros, el libro de referencia sobre la figura del diestro sevillano, que redescubre al personaje, al hombre y al torero, que murió dos veces aquella tarde de hace cien años.

“La tragedia de Talavera ha distorsionado mucho la figura de Joselito”, comenta Paco Aguado. “Lo paró en seco, y se ha hablado mucho más de las circunstancias de la muerte y el morbo que esta produjo que de su vida profesional”.

Esa es la razón por la que el autor no habla de la cogida mortal. “Me interesa Joselito vivo, no muerto; lo que me importa es su legado”.

Joselito murió dos veces; murieron el torero y su enseñanza, y Aguado, belmontista como toda su generación por obra y gracia de otro periodista, Manuel Chaves Nogales, autor de la biografía de Juan Belmonte, se ha zambullido en la historia, se ha empapado de la opinión de viejos aficionados y ha presentado a un resucitado Joselito como lo que siempre fue: un visionario.

“He encontrado el material suficiente para sostener una tesis muy clara”, comenta Aguado. “Belmonte fue un revolucionario de la estética y el temple, y Joselito en la técnica del toreo ligado en redondo, esencia de la faena moderna, y en el cambio de las estructuras del toreo para llegar a la modernidad. Y añado: sin Joselito y Belmonte, todo hubiera sido muy distinto; quizá, el toreo se hubiera estancado, y quién sabe si desaparecido”.

Rey de los toreros lo llama el autor, e insiste: “Más que un rey fue un emperador; Joselito fue el Napoleón del toreo”.

Y se extiende Aguado cuando se le pregunta por la aportación del torero de Gelves a la fiesta de los toros.

Portada de la reeditada biografía de Joselito el Gallo.

“En primer lugar, es el creador de la lidia moderna, como he explicado antes. Fuera de los ruedos, fue el promotor de las plazas monumentales al objeto de convertir los toros en un espectáculo de masas, en inmuebles con más aforo y con las entradas más baratas. Modificó sustancialmente la administración de una figura del toreo. En su época, los apoderados eran meros contables, y los toreros decidían por sí solos su carrera. De sus enseñanzas beben dos referentes del apoderamiento, como son Domingo Dominguín y Camará. Y otro factor decisivo es su aliento a los ganaderos para que críen un toro más bravo, más completo. El toro del siglo XIX era perfecto para el primer tercio, que ofrecía espectáculo en varas en aquellos duros tendidos, pero en cuanto llegaba el último tercio era un toro acobardado y parado, fiero, pero manso”.

“Los nuevos caminos de la técnica y la estética que marcan Joselito y Belmonte”, continúa Aguado, “necesitan un animal con más entrega, recorrido y duración; y es el primero, que tiene en sus manos el poder del toreo, quien convence a los ganaderos para el cambio de rumbo”.

—¿Mandó tanto como se ha dicho?

—“Tanto y más… Decimos la edad de oro del toreo, pero fue la época en que menos corridas se celebraron porque a los públicos solo interesaban Joselito y Belmonte; y este último siempre se quedaba a un lado porque no le interesaba la política taurina. De ahí, el conocido dicho de ‘lo que diga José”.

—El hombre… ¿Cómo era José Gómez Ortega?

—“Muy serio, muy responsable, muy profesional y muy entregado a su oficio, dentro y fuera de la plaza. Religioso, también, devoto de La Macarena y otras vírgenes sevillanas, y de salud quebradiza, con problemas intestinales y períodos febriles que le obligaron a guardar cama”.

—Un hombre, también, de arrolladora personalidad…

—“Se enfrentó a la oligarquía de su tiempo, una montaña de intereses creados que, de algún modo, acabó derribando; pero eso le costó muchos disgustos personales, y no sé si también la vida”.

Cuenta Aguado que el hecho de ser torero, “una profesión todavía mal vista por las clases altas”, y de raza gitana por su madre, le impidió casarse con su novia, Guadalupe Pablo-Romero.

Al mismo tiempo, la oligarquía sevillana, representada por la Real Maestranza, se sintió molesta con el proyecto de construcción de la plaza Monumental, “financiada por José Julio Lissén, un nuevo rico al que no soportaban las clases altas”.

Paco Aguado ahonda en este episodio fundamental de la historia taurina de Sevilla del siglo XX.

“La Real Maestranza tenía la exclusiva de los festejos taurinos, que les proporcionaba mucho dinero, y una nueva plaza ponía en serio peligro su hegemonía. Fue un duelo largo y duro, del que no ha trascendido mucho. El ideólogo fue Joselito, pero el proyecto no se hubiera llevado a cabo sin Lissén. La plaza se cierra al año siguiente de la muerte de Joselito, pero no se derriba hasta diez años después. Es cierto que ya no estaba Joselito para defenderla, pero su dueño, Lissén, se arruinó tras la I Guerra Mundial —tenía invertida gran parte de su fortuna en bonos alemanes—, y no pudo defender su plaza”.

—¿Y cuál fue la actitud de Belmonte?

—“Era un tío muy zorro. No quiso entrar en esa pelea y se apoyó en la Maestranza. Se convirtió por ello en un personaje respetadísimo y queridísimo hasta el punto de que es él quien consigue el contrato de arrendamiento de la plaza a Eduardo Pagés por el plazo de tres generaciones y que aún está vigente”.

—Sea como fuere, lo cierto es que el toreo de hoy existe gracias a esta pareja de la edad de oro.

—“Sin duda. Hay una fusión evidente, una mezcla de ambos, no se puede entender uno sin el otro. Más que rivales fueron complementarios.

—¡Qué pena, Paco Aguado, que no exista un Ministerio del Tiempo para que hubiera podido viajar a la España de 1915…!

—“Eso hubiera sido un bonito sueño… Hace tiempo, tuve la oportunidad de tener entre mis manos la montera de Joselito y me temblaban las piernas. ¿Viajar a 1915? Creo que no sería capaz ni de hablarle…”.

—Al menos, ha tenido usted la oportunidad de convertirse en el Chaves Nogales de Joselito…

—“Yo no diría tanto; no voy a compararme con un genio del periodismo, pero sí he colaborado a que el concepto que hoy se tenga sobre este grandísimo torero sea bastante más aproximado a la realidad”.

Publicado en El País

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