Soto de Paula: «Hoy se torea peor que nunca porque lo perfecto mata el arte»

Rafael de Paula.

Por Rosario Robles.

De negro y azabache su escritura. De amargura y heridas. Porque sin dolor no hay letra profunda. «He escrito más en mi época de sufrimiento. En mis libros hay mucho de espantás, de broncas, esas broncas toreras a través de las cuales he vivido el arte». Son las raíces de cada sílaba encadenada del escritor Jesús Soto de Paula, que el pasado año publicó su quinto libro, «Revoluciones y revelaciones toreras». «Yo he seguido a Rafael de Paula, no como hijo, sino como aficionado. Y a Curro Romero. Yo iba a esas corridas y lo pasaba muy mal. La mayoría de las tardes había broncas toreras, terribles, que se asemejaban a esas Pinturas Negras de Goya, con esas caras desencajadas, esos rostros fuera de sí… He presenciado muchos de esos gritos desagradables. Pero no podía perdérmelo, porque había una tarde en la que todo ese odio se transformaba en amor. Una tarde buena valía por veinte malas. Eso me sanaba todas las heridas».

-¿Por qué escribe?

-Es un hobby. A mí la escritura me da más tormentos que gusto. Aquí lo económico no existe, me da para el pan y un cartón de huevos. Empecé a escribir porque las tardes de bronca no podía dormir. Aquello me causaba una impresión profunda. Cogía un papel y lápiz y escribía, pero nunca pensé en un libro. Escribía para tranquilizarme y desahogarme, para soltar eso que tenía en el pecho y que había vivido. Un día, mi amigo Javier Perea, mientras hacía limpieza en mi cuarto, me dijo que por qué no hacía un libro. Yo era muy reacio, en cierta manera sigo siéndolo, me enfado conmigo mismo, pero sucumbo por amor al toreo. Modestamente, es un modo de corresponder a la tauromaquia por todo lo que he vivido. Económicamente no da para nada, pero para mí triunfar es vender lo suficiente como para que las editoriales no me digan que no. Ese es mi pequeño triunfo: seguir escribiendo. Tengo muy claro que mis libros no son para los grandes públicos, lo mío es más para lo eterno que para lo actual y comercial. Claro que me gustaría vender, pero sé perfectamente que mis libros son para personas que tengan oídos para la profundidad del alma, para esos que son capaces de mirar un pozo y ver que hay agua dentro. Son libros atemporales.

-¿Obras de culto?

-Lo veo así. Me gusta mucho lo clásico, lo llevo en las entrañas, lo tengo en los huesos, pero no puedo presumir de nada… Soy un pobre pero tengo una riqueza y es el concepto que tengo del arte en general. Me gusta lo clásico, lo puro, lo auténtico, eso que decía Rafael el Gallo, «lo bien arrebatao». Cuando tienes una cosa en los huesos y en la sangre…

-¿Qué es lo eterno?

-¿Qué es lo atemporal? ¿Qué es lo clásico? Un trincherazo de Rafael de Paula, una verónica de Cagancho, un kikirikí de Joselito el Gallo o un molinete de Juan Belmonte. Eso es lo que fue, es y será. Soy un pobre que se siente muy rico y expresa esa riqueza en sus libros.

-¿Todo lo clásico es mejor en la vida?

-Lo clásico tiene una vertiente, uno es consciente de que al no venderse al morbo, a la carnaza de la actualidad, lo clásico parece que no está de moda. Pero eso es una mentira, una equivocación muy grande, porque lo clásico es lo vivo, lo fresco, lo que está palpitando. Pasa igual con la pintura: ves algo de Caravaggio o Monet y es una pintura absolutamente actual. Aquello sigue palpitando, como escribiendo, como toreando. Tienes que sentir que ahí sigue existiendo ese alma, escribiendo con esa sangre que está ahí sintiéndose, para lo bueno y para lo malo.

-¿Qué es el arte?

-El arte es un instante robado, un instante que se le roba al tiempo, algo que nadie podrá quitar. Por eso nos acordamos del toreo, tan efímero y eterno. Cuando escribo dos frases, ese instante queda plasmado en un papel para siempre, he conseguido parar el tiempo. En el toreo eso se ve más todavía. Por eso nos acordamos de un natural de Curro Romero, de un ayudado por alto de Rafael de Paula, de un cambio de mano de Pepe Luis Vázquez. En un instante han sido capaces de decirnos algo. Ellos han conseguido robarle un tiempo a la eternidad, y no hay nada más sublime que hacer el tiempo tuyo, al compás de tu corazón, a su ritmo, abrir una herida en el tiempo. Concibo el arte como un andar detrás de… El arte se tiene; el duende, no. El duende está o no está, esa inspiración que, por mucho que la llames, cuando no quiere bajar no baja.

-Defínase como escritor.

-Soy un escritor trágico, como el toreo, que es trágico. Rafael de Paula torea con puñalás en su capote. Cuando torea con ese compás de su cuerpo, está pegando una puñalá al tiempo. Tiene mucho de tragedia, de belleza.

-¿Cuenta con la bendición de su padre?

-Jamás le pregunto a nadie, ni a mi padre. Jamás pregunto si ha gustado el libro; cuando viene un aficionado y me lo dice, lo agradezco mucho, pero no pregunto. Yo llego un día a casa y le digo: «Mira, papá, he escrito un libro». Jamás le digo que lo lea, pero sé que le gustan. Algun día llego a casa y le veo leyendo un capítulo, o le dice a un amigo: «Lee esto de Jesús, que te va a gustar ese sentimiento y esa hondura». Mis libros no son para estanco ni para tasca, que es una filosofía muy de Rafael de Paula.

-Esa sangre de torería corre también en su tinta.

-Tengo la suerte de haber nacido en esta cuna de Rafael de Paula y de tener como abuelo a Carnicerito de Málaga, al que dio la alternativa Rafael el Gallo y estuvo la tarde de Manolete en Linares. Él pegó la puntilla a «Islero». Mi padre me cuenta muchas cosas de mi abuelo, fue buen torero y banderillero; por lo visto era un poco tosco, pero de gran valor y buen estoqueador. Me hablan maravillas de cómo era. Mi padre es torero gracias a Bernardo. Y todo está bañado de estas experiencias, de escuchar tantas conversaciones toreras a mi padre y también a Curro Romero, al que quiero y adoro. Le llamo «tío Curro». Mi concepto es el del todo y la nada, el del fuego. Nunca me voy a salir de esa tragedia griega. Además, lo gitano es lo universal, no es ni mucho menos una cultura encerrada en el patio. Yo lo más culto que he escuchado es a los gitanos analfabetos, y lo más universal. Tía Anica La Piriñaca, del barrio de Santiago, que no era gitana del todo, dijo una cosa tan filosófica: «Cuando canto a gusto, la boca me sabe a sangre». Ni Nietzsche ni Schopenhauer, ni Bergamín ni Unamuno, ni María Zambrano, han sido capaces de decir una certeza así. Eso es lo que me llega y me parece fascinante.

-En sus altares, Rafael y Curro, Romero y Paula.

-Son los dos que más he admirado, los dos grandes filósofos del toreo. En cualquier cosa, te dan una sentencia. Saben de lo que nadie, de lo más hondo, ese tipo de cultura es la más culta de todas. Los dejas hablar y todo es riqueza. Los genios son maravillosos, tienen muchos tormentos, mucho sufrimiento dentro. Yo sabía que la tarde que les saliera ese toro, su toro, valdría por todo ese sufrimiento. Por eso escribo a través de ese sufrimiento, entiendo el arte como un ir detrás de él para conseguir que sea gozo, como una seguiriya de Agujeta, de Terremoto. Eso es lo que duele. El toreo tiene que ser dolido.

-¿Qué toreros le duelen?

-En la historia hablamos de tres o cuatro, de Cagancho, de Belmonte, de Romero, de Paula. Lo suyo queda en las entrañas, por eso son genios y eso les diferencia de los demás. El arte es un dolor gozoso, por eso me gusta que mi literatura sea dolida. Cuando escribo con ese dolor, es cuando mejor escribo.

«En el arte caben todos los pecados, todas las arrogancias… En todo arte existe un vínculo entre Dios y el infierno»

-¿Qué autores le conmueven?

-Federico García Lorca, que yo creo que se dolía; José Bergamín, que para mí es el que mejor ha escrito de toros y era un gran literato; luego, Gerardo Diego. Sigo también a Nietzsche, que escribía a martillazos; Emil Cioran, y hay dos escritores nuestros que también se han dolido de manera sublime: Ramón Gaya y María Zambrano, en su «Claros del bosque». Cuando lo leí, estaba deseando terminarlo para volver a empezarlo. Ese saber captar el momento eterno, desde la muerte a un beso furtivo y enamorado, cómo florece una rosa, eso es maravilloso. Son pequeños momentos, instantes. Recuerdo una faena de Pepín Martín Vázquez, que pegó un muletazo que es un instante eterno. No importa que le enganche, no hay nada más repulsivo que lo perfecto. Recuerdo muchas faenas llenas de imperfecciones y enganchones, incluso con desarmes, que han sido sublimes.

-Muchos aseguran que ahora se torea más perfecto que nunca.

-Ahí se está matando el arte. El arte es lo contrario. En el arte caben todos los pecados, todas las arrogancias, la avaricia, la lujuria… El demonio está ahí desde la manzana de Adán y Eva. En todo arte existe un vínculo entre Dios y el infierno. Es un viaje, que no sé si termina más en el cielo o en el infierno. Hoy se torea peor que nunca, porque se persigue la perfección, y eso es terrible, lo perfecto mata el arte. El arte no quiere nada de eso; es despreocuparse, desmayarse, olvidarse, un romperse en el que no cabe lo perfecto. Es alma y desgarro, luego saldrá o no saldrá.

-Del escalafón actual, ¿algún torero que le haga crujir por dentro?

-No hay ninguno que me duela. Hay toreros con un concepto interesantísimo, con el concepto clásico, como son Morante, con algo que decir, Juan Ortega y Aguado. O José Tomás, que es un torero clásico. Pero no llegan al dolor; al menos, yo no lo siento así. Pero saldrán, de esos nacen dos o tres cada siglo. Hay toreros muy interesantes, pero geniales no veo a ninguno.

-¿Influyen las Escuelas taurinas?

-De las escuelas dudo mucho que salga un genio, parecen calcados de una fotocopiadora, aunque hacen un bien a la juventud. Un aficionado, José María Portillo, me decía: «¿Te imaginas que El Cordobés hubiese estado en una escuela taurina? Le hubiesen echado al segundo día, por temperamento y por expresión». Rafael de Paula y El Cordobés son muy dispares, pero cada cual es genial en lo suyo.

-¿Qué le parece el trato que recibe la Fiesta por parte del Gobierno?

-Me duele muchísimo. Estamos en manos de ignorantes y es algo terrible. Si algún día, y que no lo vean nuestros ojos, esto tiene que acabar, que sea el pueblo el que lo decida si deja de ir a las plazas. Como cultura pertenece al pueblo, no a ningún partido político. Ni Papas ni Reyes han podido con los toros. No hay un espectáculo tan democrático, tan del pueblo: un jornalero, un frutero o un albañil se gastan su dinero para ir a los toros, eso es sagrado. Pero estamos en manos de gobernantes ignorantes, presuntuosos e incultos. Hay que decirlo. La persona culta es aquella que consiente y respeta aquello que no le gusta. Esa es la diferencia entre un buen y un mal gobernante; lo otro, lo de querer implantar lo que está bien y lo que está mal, lo veo un poco dictatorial.

-¿Qué parte de culpa cree que tiene el sector?

-Los taurinos hemos sido muy despreocupados. Hemos hecho la guerra cada uno por un lado, eso es un pecado. En general, aquí cada cual ha ido a su conveniencia y a su bolsillo. Es verdad que los toreros nunca han estado unidos, aunque ahora estoy viendo más unión y hay que aplaudirlo. Ordóñez, Luis Miguel, Puerta, Camino, cada uno iba por su lado. Pero no había esta ola, no eran ataques tan acérrimos como los de ahora. Esto es una caza de brujas.

Libros de Soto de Paula – Javier Perea

Sus cinco obras:

«De negro y azabache» (2004)

-«Donde rezan los mitos» (2007)

-«Entre clamores y espantás» (2011)

-«Torerías y diabluras» (2017)

-«Revoluciones y revelaciones toreras» (2019).

Publicado en ABC

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