¿Por qué no se anuncian más festejos taurinos si ya se pueden celebrar?

Confinado y en silencio, salvo muy raras excepciones, el mundo del toro permanece extrañamente oculto tras el estado de alarma.

Por Antonio Lorca.

No son pocos los aficionados que, a las alturas de este pandémico año, no salen de su asombro ante la parálisis casi absoluta de la temporada. Y no les falta razón.

Finalizado el estado de alarma y publicadas las normas de cada comunidad autónoma para la apertura de las plazas de toros, no es fácil entender que el mundo del toro permanezca confinado como en pleno mes de mayo.

Tiene la boca cerrada la Fundación del Toro de Lidia, después de sacar pecho tras los insulsos encuentros con el ministro de Cultura y varios presidentes autonómicos, que la han toreado con garbo y chulería, y con el aplauso unánime de unos representantes que, con toda la razón, debieron mostrar su indignación, en lugar de sonrisas y amables codazos, por el desprecio y maltrato con el que los políticos de toda condición suelen tratar la fiesta de los toros.

A día de hoy, España debería estar empapelada de carteles de toros

Tiene la boca cerrada Victorino Martín, quien el pasado 6 de junio expresó en este periódico su convencimiento de que se pudieran celebrar festejos con normalidad tras el estado de alarma.

No dicen ni pío los toreros; ni las figuras ni los que no lo son. Ni los ganaderos, ni picadores, ni banderilleros, ni mozos de espadas, ni apoderados, ni ayudas, ni chóferes de cuadrillas… Nadie. Bueno…, casi nadie.

Ha hablado Simón Casas en este blog el pasado 28 de junio para aclarar que no habrá toros en verano en la plaza de Las Ventas con el argumento de que debe abrir sus puertas con un espectáculo digno de su categoría y no con una novillada a la que asistan unos pocos aficionados y algún turista despistado.

Ha hablado el empresario José María Garzón y ya ha anunciado una corrida para este verano en El Puerto de Santa María.

Están previstas dos corridas los días 18 y 19 de julio en Ávila; el 1 de agosto, en Estepona y Osuna,  dos festejos mayores en Huelva, el 2 y el 3 de agosto, y otras dos corridas en Mérida a finales de ese mismo mes.

Y se anuncian ciclos de novilladas sin caballos en Andalucía y Castilla-La Mancha. Curiosamente, el VII Certamen Alfarero de Plata de Villaseca de la Sagra ha sido suspendido a causa de las trabas burocráticas del Gobierno autonómico manchego -uno de los que pomposamente dicen apoyar la tauromaquia- y el colegio de veterinarios de Toledo, que han pretendido obtener un beneficio económico de la celebración de estos tentaderos públicos para aspirantes sin caballos, según afirma el ayuntamiento local. ¡Inaudito…!

Y poco más…

No es normal. Y muy extraño.

A día de hoy, España debiera aparecer empapelada de norte a sur con cientos de carteles de toros que anunciaran que la fiesta está viva y que sus actores desbordan locura por vestirse de luces y cumplir los sueños arrasados por la pandemia.

A día de hoy, con el 50% o el 75% del aforo, con metro y medio o dos entre unos y otros, España debiera ser una gran plaza de toros en la que embistieran todos los que debieron hacerlo en Fallas, Abril y San Isidro.

Colas de toreros debieran ilustrar los alrededores de las plazas de Valencia, Sevilla, Madrid, Pamplona… exigentes ante los empresarios para que organizaran todos los festejos que les han hurtado desde el mes de marzo.

Pero, no. El mundo del toro sigue confinado a pesar de que ha finalizado el estado de alarma, y el resto del país trata de recuperar la normalidad.

La tauromaquia está plagada de toreros y ganaderos atenazados por el miedo

¿Qué está ocurriendo?

Ocurre, en primer lugar, que los Ayuntamientos han suspendidocasi la totalidad de las ferias y fiestas, y, con ello, han cerrado muchas puertas a la celebración de festejos taurinos. Es verdad.

Pero hay otra realidad.

El mundo del toro está dominado por una mafia oscura, oculta, desconocida para el gran público, que goza de un poder omnímodo y maneja a su antojo el negocio. Son cuatro o cinco grandes capos que mandan en las ganaderías, en las plazas más importantes, dirigen la carrera de las principales figuras, ordenan, deciden, imponen, amenazan y pueden ser enemigos implacables para quienes no acepten sus normas. Una mafia a la que solo interesa el beneficio y no la tauromaquia.

El mundo del toro está plagado de miedos, y no solo al toro; de hombres hechos y derechos —heroicos en el ruedo— que bajan la cabeza y guardan silencio ante el atropello de quienes mandan. Toreros temerosos de que una palabra más alta que otra les condene al ostracismo.

El mundo del toro es un vergel de sectores desunidos, enfrentados e insolidarios.

¿Por qué los toreros y los ganaderos no dan un golpe en la mesa y exigen a los empresarios que programen festejos que les auxilien en su ruina económica?

Por dos razones. La primera, porque son cobardes ante los grandes, que, de una u otra manera, son sus jefes. Y la segunda, porque son incapaces que entender que solo con un sacrificio económico personal es posible salir de la crisis.

¿Cuántos toreros aporrean las puertas de La Maestranza o Las Ventas para hacer el paseíllo? Ni uno solo. ¿Cuántos ganaderos han dado un paso al frente? Nadie.

Publicado en El País

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