Viaje a un libro: ‘Fiesta’, de Ernest Hemingway.

“Aquellos días sucedieron cosas que sólo podían haber pasado durante una fiesta”. Porque volverán las muchedumbres (y no tendremos miedo)

Por Isabel Navarro.

Había una vez una muchedumbre. Veinte, cincuenta, cien muchedumbres. Un gentío. Una turba. Una multitud. Se bebía, se reía (te empujaban), se besaba, se perdía el sentido de la rectitud y de la pulcritud.

También se perdían móviles. Se comían croquetas. Se comían pinchos. Y sí, puede que fuera un ebrio espejismo, pero la felicidad de aquellas muchedumbres se parecía mucho a la risa tonta de los adolescentes. Tan fácil, tan sinsentido, tan gozosa.

Ya sé que a los claustrofóbicos, los misántropos, los antifoclóricos y los amantes del silencio zen (también a los antitaurinos, pero no vamos a hacer de esa cuestión el centro de este artículo, si acaso, su periferia) la fiesta de San Fermín en Pamplona debe de parecerles el infierno en la tierra.

Pero en el actual estado pandémico de la cuestión (en el actual estado de terror a los otros seres humanos y sus gotas respiratorias) aquel hedonismo inconsciente y dionisiaco me provoca una profunda nostalgia.

En todo eso pensaba mientras leía estos días –sola y sobria– el libro Fiesta (The Sun Also Rises) de Ernest Hemingway, que no es de viajes, pero se convirtió en un best seller instantáneo y ha traído más guiris a España que ninguna campaña de turismo financiada por Estado o comunidad autónoma alguna.

Sorprende descubrir que en sus más de 90 años de vida, a Fiesta no le ha salido ni una sola arruga y sigue estando tan viva como el día que Francis Scott Fitzgerald le aconsejó a su amigo que le diera un buen tajo al manuscrito –podándole el sentimentalismo y la descripción– para dejarlo en su glorioso hueso de acción y diálogo.

La novela se abre con una advertencia que es, por supuesto, una patraña: “Ningún personaje en este libro es el retrato de persona real alguna”, un mensaje que pudo librar al autor de demandas judiciales pero no del odio de su primera mujer (que estuvo en el auténtico viaje, pero a la que borró de la trama) y de sus bulliciosos amigos, un grupo de expatriados británicos y norteamericanos, a los que retrató como ociosos, dipsómanos y decadentes.

En la historia de Fiesta todo orbita alrededor de la pasión imposible entre el personaje de la aristócrata bohemia Lady Brett-Ashley (directamente inspirada en Lady Duff Twysden) y el periodista Jake Barnes (el narrador y sosias de Hemingway).

Les acompañan un judío antipático llamado en la novela Robert Cohn (el también escritor y hoy casi olvidado Harold Loeb, anfitrión generoso de recién llegados a la café society parisiense, compañero de tenis de Hemingway y rival en casi todo lo demás, incluyendo las atenciones de la volátil y promiscua Lady, por la que llegaron a los golpes), el igualmente inestable y etílico prometido de la Lady en cuestión, Mike Campbell (alter ego del arruinado Pat Guthrie), y otro escritor, Bill Gorton, que es una mezcla de Donald Ogden Stewart (autor, entre otros, del guion de Historias de Filadelfia) y de Bill Smith, también escritor y amigo de la infancia de Hemingway.

Y es que mientras en Estados Unidos imperaba la ley seca, en los cafés, los bistrot y los dancing de París la Lost Generation (a la que le cundía, y bien, el cambio dólar-franco) se lo bebía todo y se lo vivía todo en un ambiente, el de los locos años 20, que es resaca de la Gran Guerra y preludio del Crash del 29.

Paradójicamente todos los personajes, en especial el protagonista (que se quedó impotente y en parte de ahí la imposibilidad de su relación con Lady Ashley), están heridos por esa guerra cruenta que dejó 20 millones de muertos, pero a la vez añoran su estado de excepción, su simplicidad y su camaradería.

Por ejemplo, tras pescar en el río Irati, Jake exclama: “No había sido tan feliz desde la guerra”. O en otro pasaje, sentado junto a sus amigos en las sillas de mimbre de la terraza del Café Iruña: “Aquella noche, bajo los efectos del vino me sentí feliz y todos ellos me parecieron encantadores. Me acordé entonces de ciertas cenas durante la guerra, con mucho vino, tensión latente y la sensación de que se aproximaban acontecimientos inevitables. Algo había aprendido. No me importaba el sentido de la vida, lo único que quería saber era cómo vivir”.

¿Y cómo vivir? En su ideario, Hemingway se decanta por lo “auténtico” y lo “esencial”, por el antiintelectualismo; por las cosas frente a las ideas; por la rudeza, por lo atávico y por lo estoico; por las lealtades irracionales, por el honor, por el silencio cargado de significado, por el boxeo, por las leyes depredadoras de la naturaleza y su vivificante verdad…

Admira a los toreros y a las prostitutas y detesta a los que no pagan la cuenta y a los que esquivan los golpes o lloran por amor.

Un ideal vital que, en realidad, es un modelo de masculinidad que hoy (y menos mal) está en pleno desmontaje, y que convirtió al escritor a una cierta edad en caricatura de sí mismo.

En Fiesta todos esos valores positivos se aúnan en Pedro Romero (alter ego del diestro Cayetano Ordóñez). Un hombre de 19 años inocente y perfecto, que representa una masculinidad ideal basada en la confianza en sí mismo, la valentía, la virilidad, el talento y la rectitud de sus valores morales.

Porque a juicio de Jake/Hemingway, lo que sucede en una plaza de toros es un drama existencialista en el que el torero desafía a la muerte; un asiento de primera fila a una guerra donde (al contrario que en las de verdad, que son puro caos) los contendientes se atienen a las reglas del juego y tú (espectador) no vas a morir.

¿Resulta incómoda su perspectiva desde 2020? Tanto como sus comentarios homófobos y antisemitas. Lo sabemos, también el paradigma que ignora el dolor animal está en pleno desmontaje, aunque los taurinos, como el personaje de Montoya, el dueño del hotel donde se hospedaba Hemingway, se sigan remitiendo en sus argumentos a un misterio que –como una fe– no a todos les ha sido revelado:

Montoya siempre me sonreía como si las corridas de toros fueran un secreto especialísimo entre los dos –dice Jake en la novela–, un secreto más bien desagradable, imposible de explicar a la gente pero realmente profundo del que ambos estábamos enterados. Montoya sonreía siempre como si ese secreto tuviera para los extraños algo de obsceno, algo que sin embargo nosotros dos sí éramos capaces de comprender”.

Lo siento, en un tiempo de Coronavirus y mascarilla profiláctica; una época huérfana de muchedumbre y catarsis colectiva, la lectura de Fiesta no te va a dejar indemne y sin mácula.

Es posible que a los caballos se le salgan las entrañas y la sangre te salpique o que una mujer te haga trizas el corazón y vuelvas a por más.

De esto va The Sun Also Rises, del amor y de la muerte. De su perpetua danza. ¿Cómo no te vas a manchar de vino o de sangre? Siempre es inevitable si cruzas ciertas líneas de la ebriedad o la literatura.

Publicado en Conde Nast

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