Cuando Curro paro el tiempo en Madrid Por Joaquín Vidal.

Por Joaquín Vidal.

En Madrid, los relojes no marcan la hora. Se han parado a las ocho y media de la tarde de un miércoles de lluvia que pasará a la historia. A la historia de la tauromaquia, por supuesto, pero también a la historia de esta villa y corte. Aquí, a esa hora de ese día, en la barriada de Las Ventas del Espíritu Santo, Curro Romero volvió a inventar el toreo. Por esta plaza y por esta feria han pasado gentes de seda y oro de todos los colores, de todas las hechuras, de todos los gustos y de todas las artes, pero el toreo lo ha hecho Curro. El toreo es Curro. La inspiración brotó en el cuarto de la tarde, sobre un suelo húmedo, parcheado de serrín. No se sabe cómo brotó. El toro era una mole de 638 kilos que había derribado tres veces y había rajado las tripas a un caballo. Era un toro, nadie podía dudarlo.

Debieron cruzarse Saturno con Marte, y el plenilunio y un, apunte de aurora boreal. Algún extraño fenómeno de la naturaleza debió ser. Pero es el caso que el milagro se produjo. Y Curro construyó la faena cumbre que este público venía esperando, que este público había soñado cuando el diestro en cien tardes atrás, cien, garabateaba el apunte de su sentimiento. Esa faena la llevaba en el corazón.

El torero se doblaba con el toro, cimbreaba la cintura en la pincelada exquisita del derechazo, embarcaba al natural con caricia de terciopelo. Y el ayudado. Y el pase de pecho en amalgama de hondura y arte. Y la serenidad de aguantar un parón con los pitones a centímetros de los muslos. Y el rodillazo en tierra para enroscar al toro en seguimiento del engaño. Y la muleta en la izquierda otra vez para el natural hondo. Y el trincherazo de nuevo. Y el quiquiriquí. Y el pase de la firma. Y el flamear escarlata en el cambio de mano. Y volvía el toro al engaño, prendido en sus vuelos. Armonía, cadencia y embrujo.

Decir del alboroto que se produjo en la plaza es no decir nada. Había quien enronquecía con los olés, quién se echaba las manos ala cabeza quién daba saltos de júbilo, quién lloraba, quién tiraba besos, y allí era la locura.

El acero pinchaba de cualquier forma al toro, sonó un aviso, pero ni el propio torero podía desgarrar con sus horrendos mandobles la tauromaquia que había vuelto a inventar. Los relojes de Madrid se habían parado a esa hora. El latido de la ciudad detuvo su ritmo. Un ángel bendijo la villa y corte para que en ella se consumara el prodigio.

Al toro le dieron la vuelta al ruedo, aunque no había sido bravo, pues de sus brutales tarascadas salía suelto. Bravo de verdad fue el siguiente, un precioso colorao, cornalón y astifino de Juan Pedro Domecq, que se arrancó desde muy lejos al caballo, le derribó y, encelado con él, no podían quitarlo ni con el coleo. Con este toro se descaró Curro en las verónicas aguantando la fortísima y codiciosa embestida. Llegó congestionado a la muleta y no tenía un pase. Curro le porfió, con finura metido entre los pitones. En el otro toro que le correspondió -segundo de la tarde- estuvo voluntarioso con capote y muleta. Se le veía muy decidido, intentó todas las suertes, pero pocas le salieron bien. Era un Curro cualquiera. No era el Curro de la gloria infinita que llegaríamos a ver después.

Torería de la mejor ley exhibió Antoñete en el toro que abrió plaza, tanto en los lances de capa como al pasarlo de muleta. Los doblones, ya en los medios, poseyeron enjundia e hicieron restallar los olés. Luego dio distancia y trazó series en redondo y trincherazos de impresionante empaque. La embestida era fuerte, y la calidad de los pases bajó en el toreo al natural, pero el conjunto de la faena, del más puro clasicismo, tuvo el toque inconfundible de la maestría. Antoñete vive un otoño fecundo.

Para el sueño del arte estaba también en el ruedo Rafael de Paula. Pero Paula, con el día al revés, no se sentía, trucaba las suertes de aflamencada afectación. Los engaños se le enmarañaban. Quería ser él, y le salía su propia caricatura. En la tarde de toros cuajados, fuertes, nobles, el embrujo del toreo se le desvanecía. Era inútil que los buscara. Ese embrujo sólo estaba en Curro. Y Curro había detenido el tiempo. Era el sino.

Plaza de Las Ventas. Vigésima corrida de feria. Cuatro toros de Juan Andrés Garzón, de gran trapío, con poder y manejables. Quinto y sexto de Juan Pedro Domecq, el quinto muy bravo, el sexto manso, ambos muy bien presentados. Antoñete: tres pinchazos, estocada trasera, rueda de peones y descabello (ovación y salida al iercio). Lesionado, pasó a la enfermería, de donde no volvió a salir. Curro Romero: dos pinchazos, media estocada tendida baja y estocada (pitos). Tres pinchazos, otro hondo, estocada contraria perdiendo la muleta, aviso Y siete a descabellos (clamorosa vueltaalruedo). Pinchazo hondoydosdesabellos (palmas). Rafael de Paula: cuatro pinchazos y bajonazo descarado (división y saludos). Siete pinchazos y bajonazo (pitos). Lleno. A causa de un fortísimo aguacero, la lidia se interrumpió durante cerca de media hora, después de arrastrado el segundo toro.

Publicado en El País un 04 de junio de 1981.

1 comentario »

  1. Con todo respeto por lo aquí escrito por el señor Joaquín Vidal, de lo hecho por el matador sevillano Curro Romero, de que paró el tiempo y los relojes, está fuera de cacho y lugar pues, dicha narrativa, la mueve más la pasión del que escribió dicho artículo, que lo que hizo el diestro sevillano.

    El toro era manso, tardo en la embestida, incierto y acometía con arreones, saliendo con la cara alta y suelto, atropellando la muleta y punteando.

    si bien es cierto que Curro Romero, toreó con clase y con arte pero, nada del otro mundo y mucho menos, nada de que paró el tiempo eso, es una exageración y un gusto muy personal del señor Vidal.

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