La tauromaquia en México llora aún por Valente Arellano.

Amigo aficionados…

El pasado martes se cumplieron 36 años del trágico deceso de Valente Arellano, el último gran ídolo que ha tenido la baraja novilleril mexicana.

Fue una tragedia no solo para su familia y sus seguidores. La Fiesta llora hoy en día a toreros como el joven nacido en Torreón. No ha salido un diestro, uno solo, capaz de tener el arrastre que tuvo Valente antes de perecer en un accidente de motocicleta.

Junto con Manolo Mejía y Ernesto Belmont, formaron un trío novilleril que hizo explosión en los cosos donde se presentaron y propició entradones incluso en la Plaza México. Pero tristemente, su vida se malogró.

Los especialistas lo veían como el heredero natural de la constelación que formaron Manolo Martínez, Eloy Cavazos y Curro Rivera. Era el torero que el pueblo lloraba para tomar el reinado al retiro de los anteriores.

Y eso no era solo ir a torear y cortar orejas. Dentro de sí había un algo muy especial. Lo que más añora un torero, o una persona normal, es que hablen de ella. Triste es, dicen, que quieras aparecer en todo y no estés en boca de nadie, en indiferencia total. Y de Valente hablaban todos. El joven lagunero propició eso y más, gustaba, y tenía competidores en Mejía, apadrinado por Manolo Martínez, y Belmont. Al tercio de quites le dio especial vida, y, banderillero brillante, igual pudo hacer de los palos un espectáculo, que proyectaba también, mismo que toreando con la muleta y acertando en la suerte suprema. De manera especial la gente suspiraba con sus quites. Y Valente lo sabía, entablando una comunión con los espectadores.

Pero como si fuera el pulso contrario, en 1983 comenzó una mala racha, entre tardes aciagas en resultados y en percances en los ruedos. Así llegó a la alternativa, que le concedió Eloy Cavazos el 4 de junio de 1984. Y pudo torear nueve corridas antes de encontrarse con la más dura de todas: la muerte.

Decían que si a Valente no lo mataba un toro, lo mataba su adrenalina. La noche del sábado 4 de agosto, una luz en zigzag se dejó ver por las calles de Torreón, al mismo tiempo que el ruido del derrape de llantas y un seco impacto de una Ninja 750 Turbo, una motocicleta de lo más moderna. Valente Arellano Salum era su conductor y al conocerse la noticia se impactó a todo el México taurino al que había cimbrado por sus formas de torear y de ser. Los médicos reportaron el fallecimiento en la clínica la madrugada del 5 de agosto por estallamiento de vísceras. Estaba por cumplir 20 años.

Dos años antes, un accidente de carretera había dejado al boxeo mexicano sin su gran ídolo juvenil, Salvador Sánchez. Y ahora, uno de motocicleta ponía fin a la vida del joven Valente Arellano. Quizá, años después, si vivieran, hubiera sido como ver a figuras como Hugo Sánchez, Fernando Valenzuela y Julio César Chávez.

En los toros, se llora por una figura de la talla de Valente. Dirán que no, que han salido buenos toreros que han dejado huella, pero no a la altura de Valente. Pocas veces un torero reúne cualidades tan propias de un torero completo y las explota como tal. Los toreros necesitan vocación, no padrinazgos ni compadrazgos. Lamentablemente, la pasión por la adrenalina le cobró factura. Y la Fiesta se quedó sin el que parecía el heredero de las glorias. Eso llora, a casi cuatro décadas, la tauromaquia hoy en día, especialmente en estas épocas en que se requiere un revulsivo.— Gaspar Silveira Malaver

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