Solo para villamelones: Triste destino.

Por Manuel Naredo.

No es un hecho tan común, pero tampoco es inédito. El que toros de lidia, de pronto, irrumpan en la vía pública, por algún descuido humano o un percance fortuito, se ha dado en repetidas ocasiones a lo largo de la historia.

Todavía recuerdo, por ejemplo, las imágenes de un diestro, que si no me equivoco era Arturo Gilio padre, lidiando a una res en el estacionamiento de una plaza de toros, luego que el burel alcanzara esa zona tan peligrosa. Hasta allá se fue el torero a pegarle muletazos en un hecho por demás controvertido.

Hace unos once años, en Cádiz, pospusieron el inicio de grabaciones, en esa bella localidad andaluza, de una película protagonizada por Tom Cruice y Cameron Diaz, luego de que siete toros que se iban a utilizar en la cinta escaparon y se pasearon a sus anchas por la céntrica calle Barnié, incluso hiriendo a una mujer y causándole a otra un susto lo suficientemente grande como para que tuviese que ser atendida por los servicios médicos.

El año anterior a ese episodio gaditano, la Guardia Civil española tuvo que cerrar la autopista de Madrid a la Coruña, cuando también siete toros, escaparon de una fica de El Espinar, en Segovia, y se dedicaron a embestir a los coches que por la vía transitaban.

Y ya más recientemente, en Algemesí, en Valencia, un novillo fue liquidado a tiros después de recorrer varias calles y herir a una mujer; y en Tula, otro toro se paseó por las calles Melchor Ocampo y Atanasio Bernal, hiriendo igualmente a una señora, que, despreocupada, se dedicaba a la compra del mandado.

Ahora le tocó a Querétaro un episodio similar, cuando la semana pasada se escapó un toro de la plaza Santa María e incursionó en el transitadísimo Paseo Constituyentes, en plena mañana. El burel arremetió, dando muestras de su bravura, a varias camionetas que lo seguían, incluyendo una de Protección Civil que intentaba cerrarle el paso, y luego, sobre el largo puente frente al Club Campestre queretano, se fue a encontrar con un taxi al que le estropeó severamente el cofre.

El toro, negro, bragado y cómodo de encornadura, acabó muriendo, no en el ruedo de una plaza de toros, sino sobre el negro asfalto de una calle cualquiera. Triste destino para quien fue criado con el propósito de demostrar esas virtudes que dejó entrever en la calle, sobre la arena de un coso taurino. Eso sí, protagonizó una de esas anécdotas que le dan especial color al mundo del toro.

Publicado en El Diario de Querétaro

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