Defendiendo la fiesta brava desde Africa.

Por Antonio Fernández.

Vino a mis manos como una hoja volandera. La llama de fuego de la bandera orlaba, como un grito al aire, la convocatoria. Y la plaza y el toro. Y la queja reivindicativa. Paseillo en defensa de nuestra fiesta, de nuestra plaza de los toros; en esencia de nuestra cultura y de nuestra tradición.

Luego vino la suspensión por motivos de las restricciones debidas a la pandemia.

Pero yo no quisiera hoy, día en el que debía tener lugar el paseo taurino, dejar de sumarme al mismo siquiera fuera con unas líneas en forma de media, lenta, lentísima como las de Curro, que abrochara las verónicas del paseo con la ‘pata p’alante’.

Dije antes que la convocatoria vino a mis manos como hoja volandera. ¿Habrá forma más taurina que esta?

Antes, en mi infancia y en mi sevillana juventud, las hojas volanderas eran como un pregón que anunciaba la entrada de un diestro sustituyendo a otro que se había ‘caído del cartel’ por Dios sabe qué causas.

Así entró Curro Romero en la Maestanza de novillero; anunciado en una hoja volandera, sustituyendo a Juan García ‘Mondeño’, que había tirado de parte facultativo alegando no sé qué y así quitarse de en medio .

Curro entró con una hoja volandera y se despidió como faraón, como lo que es.

Así era el paseíllo que iba a celebrarse hoy.

Era algo más que un paseíllo… Era la reivindicación de las gentes del toro, de aficionados de verdad de nuestra ciudad que huyen del postureo de los ‘taurinos’ y reivindican, con un clarinazo de aviso, la defensa de lo que es obvio defender.

He dicho clarinazo porque el silencio por la suspensión de la corrida de feria ha sido clamoroso. Los ‘perfileros’ de la situación han salido como matojos a la vera de los caminos calvos del desdén…

Ha habido interés en confundirlo todo; la desgracia humana, la suspensión del festejo, el deterioro imparable de la plaza, la beligerancia anti taurina confesada por miembros del todavía gobierno tripartito, por la parte mas ‘pijoprogre’ y sectaria, los campos colindantes hoyados por reyertas y alborotos, la queja justificadisima de los vecinos de las casas que circundan la plaza de toros, la sin razón de los sin ley…

Por encima de todo, el gallináceo silencio de los corderos, el miedo a salirse del carril de lo ‘políticamente correcto’.

Con toda sinceridad tengo que decir que aquella valiente frase del presidente Imbroda, garantizando la celebración del festejo de feria y el cuido y decoro de la plaza de los toros, se ha volatilizado como su mandanto en Melilla. Desde entonces todo va camino de extinguirse y pocos festejos vamos a celebrar, visto lo que vemos y lo que es peor, lo que vamos a ver.

Vamos a echar de menos la frase y al autor. Así suelen pasar aquí las cosas; una racha de viento enloquecido se lleva todo por delante. También a los gobiernos.

Por eso, el paseo que iba a tener lugar hoy, tenía algo de aviso y reivindicación. Aviso por lo que puede suceder, reivindicación frente a lo que ha sucedido ya.

No sé si al paseíllo que la pandemia ha abortado iba acudir mucha gente o poca. No se cuántos aficionados y cuántos ‘taurinos’ acudirían en defensa de la Fiesta. Me hubiese conformado que asistieran los que de pescuezo abarrotan el callejón de la plaza el día de la corrida.

Dejemos volar la imaginación y recreemos una hermosa concurrencia clamando ordenadamente, alegremente, románticamente, por nuestra cultura, por nuestra plaza, por nuestra identidad.

El paseíllo ‘non nato’ de hoy nada tenía que ver con tanto paseíllo de figurones, de ‘taurinos’, de bullebulle interesado en una foto con el gobierno que al final no hubo ni va a haber. Aquello fue todo una vergüenza.

Esos ‘taurinos’ son aquellos que cuando uno está en la cola de la taquilla para ver una corrida de las llamadas ‘grandes’ pasan por el lado y te dicen: “Dé usted la vuelta y entre por la puerta de la oficina de la empresa”. Como entran ellos.

Como una hoja volandera que contiene la tríada más clara de lo que se reivindicaba la he guardado en el bolsillo, cerca de mi corazón, admirando a quienes la querían tirar al aire de Melilla –¿verdad, Román?– como un grito quizás desesperado pero quizás lleno de esperanzas.

Una hoja volandera. La lengua de fuego de la bandera, la plaza, el toro… A lo mejor la Fiesta dormida de Melilla despierta con el aire de los caireles y el refulgir valiente de los alamares.

A modo de virtual paseo, yo ofrezco estas líneas a quienes, desde la ilusión y desde la soledad, siguen defendiendo, aquí, en este espolón español en África, nuestra Fiesta con admirable espíritu de entrega y, sobre todo, con admirable lealtad.

Publicado en El Faro de Melilla

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