La Fiesta está Viva: Bravura, mitos y conceptos.

Saldívar y Pistolito. Foto Angel Sainos.

Por Rafael Cué.

A la fecha no he podido leer una definición completa de la bravura, la razón es muy simple: no la hay. Esta característica única en el toro de lidia es un conjunto de cualidades en el comportamiento de este tipo de reses (machos y hembras); la gran mayoría de estas cualidades son las mismas en cada cabeza ganadera o torera, y también —cómo no— del aficionado. En este punto es donde adquiere la probable definición un sinfín de posibilidades, que van de lo general —las cualidades con las que todos coincidimos— a lo particular, donde se afinan los detalles del comportamiento, fondo, forma, postura, colocación del cuerpo al embestir, ritmos, tiempos e infinidad de exigencias que han llevado al toro moderno a ser un animal fascinante y una obra maestra de los ganaderos.

Miles de horas de tertulia hemos gozado, hemos aprendido al escuchar, discutido a rabiar, para ir cada uno en su cabeza y corazón creando su tauromaquia, ya sea como ganadero, torero o aficionado.

El destino y el toro de vez en cuando nos regalan ejemplares que ponen a todo el mundo de acuerdo, donde no importa encaste, pinta, hierro o región ganadera, donde la complejidad de la bravura es evidente de manera sencilla, palpable y con la grandeza de ver un toro embestir con absoluta entrega ante los sutiles vuelos de una muleta manejada desde el corazón hasta las yemas de los dedos, también con absoluta entrega por parte del hombre. Sin esta ecuación se traiciona la bravura y se traiciona el toreo.

El 16 de septiembre en la plaza de toros Monumental Rodolfo Rodríguez “El Pana”, durante un festival taurino para celebrar a nuestro México, salió un toro al ruedo apizqueño que puso en orden conceptos, ideas, complejos y cualidades acerca del comportamiento del toro bravo y el toreo moderno: “Pistolito”, del hierro de Xalmonto, sangre de origen tlaxcalteca por la vía inmediata de Manuel de Haro, Piedras Negras y La Laguna. Esta ganadería pasta en Lagos de Moreno, Jalisco, y es propiedad de Pablo de Haro González, de estirpe ganadera por los cuatro costados.

El honor de torearlo recayó en un gran torero hidrocálido, Arturo Saldívar, hombre que desde niño se ha preparado para ser capaz del día que le toca medirse ante la bravura total, estar a la altura en entrega, valor, nobleza, y exponer las cualidades de su toreo a las virtudes de la embestida del toro que tiene enfrente.

Si fuéramos capaces de preguntar a cada uno de los ganaderos de bravo alrededor del mundo sobre las cualidades que buscan en sus toros, la primera respuesta sería “bravura”. Ahora bien, este concepto reúne un sinnúmero de matices, acometividad, por tanto movilidad, pero no es sólo necesario que el toro se mueva y se desplace, sino que esta movilidad se convierta en embestida, y una vez que sucede esta magia, la embestida se puede analizar en distintos tiempos, ritmos, formas y postura del cuerpo del toro: cómo coloca la cabeza, si humilla hasta el suelo, si mete los belfos entre las patas delanteras y éstas llevan un ritmo al avanzar, “gateando” —al referirse Alejandro Talavante hace unos años durante una entrevista que le hice, pensando en la postura y manera de moverse de los felinos al acecho—, etc.

Cuando esta magia irrumpe, el toreo adquiere la dimensión por la que todos los que amamos la tauromaquia sentimos el alivio en el alma de que lo que nos apasiona existe, es rotundo e incomparable.

Saldívar y “Pistolito”, uno de charro y otro de plata, se abrazaron en la danza eterna del toreo. La vida acariciando a la muerte en movimientos sutiles de tremendo poder, con la parca en cada embestida sometida ante la belleza del campo bravo, del ritmo en las muñecas y de la disposición total de ambos protagonistas a morir en el intento.

Faena rotunda y plena, en la que quedaron a un lado los mensajes de mercadotecnia taurina; donde la bravura no encuentra región o hierro, sino realidad y vida.

El toro bravo sale en distintas plazas y con distintos hierros, comprobando la universalidad de este arte. Enhorabuena a Xalmonto y su escrupuloso ganadero Pablo de Haro. Enhorabuena para Arturo Saldívar por su tauromaquia, capaz de torear un toro bravo, creando arte, drama y vida.

Publicado en El Financiero

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