El paraíso del toro bravo.

Por Javier Lorenzo.

“El cielo no se como será, pero debe ser algo parecido al campo bravo”, me dijo un día Moisés Fraile en una sabrosa conversación en el palco de la plaza de tientas del Puerto de la Calderillas mientras su mirada se perdía en el infinito de su finca, desde donde se otean los toros que cría con esmero. No hay mejor paraíso que el campo bravo, el cielo terrenal en el que crecen las reses bravas. Los campos que cuida y salvaguarda el rey de la dehesa. No hay mayor argumento que verlo y conocerlo para descubrir y admirar su inmensidad. Para conocer los secretos que esconden sus tapices milenarios y sus centenarias encinas bajo las que pastan los toros bravos como el ejemplo más apabullante de la cría ganadera extensiva. La más respetuosa con el medio ambiente. Al toro bravo le envidia la mayor parte de los animales que no disfrutan de algo parecido. La cría del toro bravo conserva y garantiza el medio ambiente. Su fauna y flora. Su ecosistema. Todo ello deja en evidencia, una vez más, la propuesta de los eurodiputados que quieren una PAC más verde y respetuosa con el medio ambiente y votan en contra de las ayudas a los ganaderos de bravo. Quiero potenciar el medio ambiente y, al mismo tiempo, quiero fulminar al rey de la dehesa, que es el principal protagonista para el esmerado mantenimiento de cientos de miles de hectáreas. La iniciativa antitaurina de los Verdes en Europa contó con el aval, entre otros, del PSOE que de inmediato saltó al ruedo para lanzar su enésima ofensiva más contra la Fiesta.

La lidia es lo que les duele. Y a nosotros, su desconocimiento. Y el atrevimiento para gritar y querer matar poco a poco la tauromaquia. No saben del amor de un ganadero a sus animales. Ni la admiración y pasión que despierta entre sus gentes, ni menos aún la apasionada dicotomía entre el miedo y el amor de los toreros. Son esos políticos de oficina urbanitas que quieren prohibir y no saben lo que es un cercado o un portillo, que no se atreven a pisar un charco y temen mancharse de barro sus zapatos. No harán nada de eso porque no saben lo es el campo bravo. Lo desconocen. Y así vuelven a caer en la más absurda contradicción. Vuelven a quedar en evidencia. Vuelven a hacer el ridículo. Se quedan y se amparan en la violencia como único y vano argumento para ir en contra de la tauromaquia desconociendo su inmensa grandeza. Que sí, que son los veinte minutos del toro en la plaza, sí, pero va mucho más allá de eso. La ignorancia les lleva al absurdo. Y nos les importa. Tal vez lo sean. Ignorantes y absurdos. Ahora le robo una reflexión a un buen amigo que me lanzó recientemente con brillante acierto: “Me pregunto si el Ministerio de Deportes se plantea prohibir las carreras de motos o la Fórmula 1 por los ruidos… Si de la Tauromaquia nos quedamos con la violencia, mal vamos”. Hasta ahí llegan, hasta prohibir por ignorancia. El deseo de saber no lo tienen. Prefieren prohibir desde el desconocimiento para no saber el daño real que hacen a quien de verdad quiere a los animales y a quien defiende el medio ambiente como jamás podrán hacerlo ellos desde un despacho en el que solo pueden rubricar su cobardía. Desde ahí podrán prohibir pero nunca conocer el cielo que intuye Moisés Fraile, que no es otro que el paraíso del toro bravo.

Publicado en la Gaceta de Salamanca

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