La Muleta de Castilla no pudo con el coronavirus

Pablo Lozano padre e hijo ejerciendo de apoderados. / aplausos.

Por José Luis Benlloch.

La mala noticia llegó por sorpresa, como tantas y tantas en estos tiempos de Coronavirus: anunciaba la muerte de Pablo Lozano, al que muchos aficionados le reconocían justamente como don Pablo de manera tan atinada como cuando en sus tiempos de matador el gran K-Hito le bautizó como la Muleta de Castilla por su poderío frente a los toros y su estilo desprovisto de ornamentaciones innecesarias. Nada que le haya permitido lidiar a sus noventa años las embestidas traicioneras del virus, que le ha sorprendido en su finca ganadera de Egido Grande donde se había refugiado pensando que era zona segura.

Fue el primer matador de alternativa de una familia que lo alcanzó todo en el toreo más allá de que varios de sus componentes –él, su hijo Fernando, su hermano Manolo, José Luis y Luisma– vistiesen las taleguillas de seda: aficionados, apoderados, empresarios en España y América, ganaderos… facetas todas ellas que desarrollaron con éxito al más alto nivel. Él, Eduardo y José Luis sin olvidar a Manolo –el mayor de la saga que navegó como más independiente–, y ahora sus hijos, formaron un compacto equipo de trabajo en el que había un equilibrado reparto de papeles de los que a don Pablo le correspondió, era lo que le gustaba, la formación técnica de los toreros a los que apoderaban y el toro en el campo, tareas en las que ganó gran prestigio como lo prueba la consolidación de la ganadería de Alcurrucén, encaste núñez con la impronta de los Lozano, y las carreras estelares de Palomo Linares, César Rincón, Espartaco, su hijo Fernando, Manolo Caballero y también el valenciano Vicente Barrera, por citar solo algunos con los que estuvo desde las primeras letras taurinas y a los que añadió últimamente a Álvaro Lorenzo.

Le conocí dedicado en cuerpo y alma a la formación de toreros como una pasión y una fe que enternecía tanto como llamaba la atención en hombre tan curtido en las batallas más duras. Frecuentemente mostraba más confianza en el éxito final que el que tenían los propios toreros. «A mí me faltó ambición e inteligencia. Luego tuve mala suerte, me pegaron alguna cornada a destiempo, pasé las fiebres tifoideas… pero yo no creo en la mala suerte, si uno es como debe ser todo eso lo tiene que vencer. Pensar así me da fuerza moral para hablarles a los chicos que apoderamos. Les puedo decir lo que hice yo que no se debe hacer», razonaba realista sobre las circunstancias que separan el triunfo del fiasco.

El torero

Buen conversador, en una de las múltiples charlas que mantuve con él tras los tentaderos de Egido Grande o en El Cortijillo, me recordaba sus mejores tardes como torero, profesión en la que pagó un duro peaje con trece cornadas, una de ellas, la de Figueras, le partió la safena y le dañó la femoral siendo calificada por los médicos que le salvaron la pierna de gravísima.

«Lo mejor de mi carrera lo situaría en Madrid, primero con un novillo de Benítez Cubero. Después de cuatro pinchazos me dieron una oreja y como no me dieron la otra me hicieron dar dos vueltas al ruedo. Y de matador de toros también rescataría una faena de Madrid, con una de Escudero Calvo la tarde en la que me bautizó K-Hito como la Muleta de Castilla. Ese día corté dos orejas y pude cortar otra más a cada toro pero fallé a espadas o no cayeron los toros. Otro día maté seis toros de Cobaleda y corté cuatro orejas. Me acuerdo de ese día con gran satisfacción». Y aún así reconocía: «No logré ser máxima figura del toreo».

Nadie le apeaba de una idea: «Hoy se torea más bonito, no mejor», solía reconocer

A nadie se le escapaba su devoción por determinados toreros, todos castellanos, que marcaron su concepto: Domingo Ortega, muy amigo de su familia, Luis Miguel Dominguín y Parrita. «De Luis Miguel me atrajo su personalidad y su amor propio. Nunca le vi rajado ante nada. Parrita era la mayor y posiblemente la mejor aproximación al estilo de Manolete. De Domingo había que quedarse con el temple y con la manera de andarle a los toros. Era un estudioso del toro, muy inteligente delante de él, y creo que fuera de la plaza también»; y nadie le apeaba de una idea: «Hoy se torea más bonito, no mejor», solía reconocer.

Ganadero y empresario

Muy conocedor del toro, su pasión de base, defendía al actual como el más bravo de todas las épocas que había conocido por cuanto actualmente tiene que superar en la plaza unos inconvenientes que no se les oponía en los años cuarenta, tiempo en el que el caballo era más chico, el toro más liviano y más joven y las faenas más breves: «Ahora sucede lo contrario y a pesar de eso embiste».

En la faceta empresarial él mismo le reconocía a la familia un toque de aventurera, argumentando para ello sus experiencias en el continente americano, en donde llegaron a gestionar los cosos de Bogotá, Quito, Medellín, Cartagena de Indias, Caracas, Valencia de Venezuela… organizando más de cincuenta corridas de toros en una sola temporada. En España gestionaron entre otras muchas las plazas de Zaragoza, Valencia, Albacete, Pontevedra en propiedad y Madrid como buque insignia de todas ellas. «Llegar a ser empresario de Madrid es como en la religión llegar a ser Papa», solía decir.

Publicado en Las Provincias

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