La mirada taurina de Brines: “El toreo es arte o no es nada”

El Cervantes fue seguidor de Antonio Ordóñez, del que sus amigos más íntimos le han escuchado lamentarse por no dedicarle un poema.

Por Jaime Roch.

Los aficionados a los toros de toda la vida siempre sabían dónde mirar cuando querían ver al poeta Francisco Brines en la plaza de toros de València. El escritor de Oliva se sentaba en un palco de sombra, justo debajo del palco en el que se encuentra la banda de música y arriba del tendido de toriles. El poeta no se instalaba en primera línea, sino que estaba arropado en el interior del palco porque, de esta forma, apoyaba su libreta en la pala extensible que traía incorporada la silla de escritura.

Su objetivo no era otro que dejarse llevar por la sensibilidad para emocionarse del toreo sin fisuras. Brines intentaba no perderse ningún festejo taurino -incluso viajaba a Madrid y Sevilla- y de todos apuntaba algún dato, una mera referencia que le había inspirado, con la que luego valoraba las faenas en el jurado taurino de la Diputación de Valencia.

El triunfo revolucionario de Manuel Benítez “El Cordobés” retiró al poeta valenciano de los toros durante un tiempo, pero Esplá, Paco Ojeda y Antoñete lo volvieron a enamorar

Porque Brines es un escritor de su tiempo, con un compromiso personal con la realidad que vive y toca. Un buceador de la curiosidad infinita que le llevó a valorar el mundo taurino y ser fiel seguidor de la tauromaquia de Antonio Ordóñez, su torero predilecto, del que alguna vez sus amigos más íntimos le han escuchado lamentarse por no dedicarle un poema.

La relación del poeta valenciano con el mundo de los toros fue más íntima y sencilla que social y aparente porque él solo quería ser un simple aficionado con alergia a brillar sobre los demás. «El toreo es arte o no es nada», afirmó, en el sentido de vivenciar el toreo como un acontecimiento sublime, radicalmente misterioso. Es decir, sin artificios y con la pureza de poner la vida en juego: «El arte crea el placer, nos otorga la emoción de la belleza, la intensa felicidad del goce, pero nunca nos transmitirá esto el toreo sin la presencia de lo que oculta. Si el toro falta sólo se producirá el simulacro del arte, su parodia, y el espectador sensible (el espectador artista) lo rechazará, y no desde el entendimiento, sino desde la sensibilidad, porque no habrá sentido nada», escribió en un artículo en 1983 publicado en la Revista Quites.

Brines ha escrito algunas de las reflexiones taurinas más importantes en la Revista Quites que dirigieron Carlos Marzal, Tomás March, Salvador Domínguez y Antonio Doménech, pero no ha dedicado ningún poema a la tauromaquia, como sí lo hicieron Gerardo Diego, Miguel Hernández o Rafael Alberti.

“Relato superviviente”

La única referencia a los toros en su poesía, según ha apuntado el propio Marzal, pertenece a un poema de su libro ‘Palabras a la oscuridad’ (1996), titulado «Relato superviviente», en el que el protagonista, después de salir de una corrida de toros de la Feria de Julio de València en la que toreaba El Cordobés, narra su decepción mientras camina por la ciudad hasta evocar experiencias plenas de vitalidad sentado en una terraza.

Brines: “El toreo es esa fascinante representación en la que celebramos el deseado triunfo de la vida, pero en la que asistimos al sucesivo cumplimiento de unos destinos en la única oscuridad de la muerte”

El triunfo adocenado y revolucionario de El Cordobés retiró a Brines de los toros durante un tiempo porque él era más seguidor de los toreros de arte, como el mismo Ordóñez, Rafael de Paula o Curro Romero, y sentía que la fiesta estaba huérfana de torería, esa singularidad que calibra la distinción entre los toreros. «Las repetidas y rutinarias ficciones me los hicieron aborrecer», explicó sobre su ausencia en los tendidos de las plazas. Volvió a una plaza en la Feria de san Isidro de 1983, en dos tardes que le permitieron ver a tres toreros que le interesaban: Antoñete, Luis Francisco Esplá y Paco Ojeda. Ellos le volvieron a enamorar del toreo.

La mirada taurina de Brines es un itinerario emocional íntimo, un ejercicio de deslumbramiento fugaz que también exponía en su poesía, en la que la honestidad intelectual estaba por encima de la inteligencia. Porque, como escribe, el arte nos concede la intensificación de la vida: «El toreo es esa fascinante representación en la que celebramos el deseado triunfo de la vida, pero en la que asistimos al sucesivo cumplimiento de unos destinos en la única oscuridad de la muerte».

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