Plazas de toros de la CDMX / Historias de cuando Benito Juárez prohibió las corridas de Toros.

De la pluma de Edgar Tavares López, bajo el título ¡Y olé por siempre!, (Relatos e Historias de México) recogemos el siguiente texto donde simplifica el inicio de los toros en el país azteca desde Hernán Cortés: “Numerosas y diversas voces se han levantado últimamente para protestar contra las corridas de toros, exigiendo su desaparición por la cruel y sanguinaria muerte que se les da a estos animales. Tales voces se olvidan de que esta fiesta centenaria impuesta por la cultura hispana arraigó profundamente en nuestro país, consolidándose como una enorme raíz difícil de extraer. 

Basta saber que en la antigua plaza de Guardiola ya se lidiaban toros a mediados del siglo XVI, participando en ello uno de los hijos de Hernán Cortés. Lo mismo ocurría en la calle de San Francisco (hoy Madero), cuando los plateros cerraban dicha vía soltando a los toros para celebrar el día de San Eligio, su santo patrono.

La importancia que tenían las corridas de toros durante gran parte del virreinato (1638-1814), se reflejaba en la solicitud de numerosas lumbreras (asientos especiales) requeridas por variadas y notables autoridades: de la Real Universidad, del Colegio de San Juan de Letrán, de la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe; el contador y tesorero de la Casa de Moneda; el relator de la Real Audiencia; el subdirector del Monte de Piedad de Ánimas; el juez de la Acordada; el Director de Pólvora y Naipes; los alcaldes de barrio, procuradores y marqueses.

Estas corridas se hacían algunas veces para conmemorar acontecimientos significativos, como el ascenso al virreinato de don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta (1732); o la coronación de Fernando VI. Con los productos de las entradas se solventaban obras públicas como la introducción del agua en el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios.

Se tiene noticia de que los carmelitas habían comprado (17 de febrero, 1716) una plaza de toros extramuros de la ciudad, para hacer sus corridas al lado o inmediatas al convento del Carmen. También, que un bando expedido el 21 de noviembre de 1768 para el buen orden en la plaza de toros, señalaba hasta dos años de presidio a los españoles que tiraran dulces a los toreros desde los balcones, y para los indígenas bastaban 100 azotes.

Dulces y aguas nieves se vendían entonces. Los toros eran valuados en ocho pesos cada uno (12 de marzo, 1791). En aquel entonces, se mencionaban varias plazas de toros como las de El Volador, Jamaica, Bucareli y Don Toribio. Hoy, la ciudad capital cuenta sólo con la monumental Plaza México y el gusto de muchísimos aficionados a este histórico y tradicional festejo taurino, que aseguran un ¡olé! por siempre”.

Las plazas de toros en la historia de la ciudad Por Ángeles González.

Uno de los festejos que más arraigo tuvieron en el país a partir de la llegada de los españoles y del ganado vacuno, fue la costumbre de lidiar reses bravas.

En la Quinta Carta de Relación que envió Hernán Cortés al rey en 1526, menciona que a su regreso de Las Hibueras (hoy Honduras) el día de san Juan de ese año “…se estaban corriendo ciertos toros…”

Los festejos taurinos se celebraban por muy diversos motivos, como los acontecimientos de la monarquía española, la llegada de un virrey, la búsqueda de recursos para resolver desastres naturales o para la construcción obras públicas y hasta para financiar actividades militares. Para mencionar un caso concreto y que hoy viene a cuento por el atentado que padeció la notable escultura ecuestre que llamamos El caballito, se pudo realizar gracias al dinero que se logró juntar con la organización de corridas de toros.

Al formar parte de la vida cotidiana, los acontecimientos sociales, políticos, militares y económicos tuvieron un gran impacto sobre la fiesta brava. En varias ocasiones se prohibió y después venían vientos favorables y volvía a la legalidad. Pero nunca se dejaron de realizar corridas, como suele suceder con ciertas prohibiciones que van contra tradiciones muy arraigadas, que forman parte de la historia y de la cultura; los toreros y el público se iban a otros estados cercanos.

Llama la atención la gran cantidad de plazas de toros que ha habido en la ciudad de México a lo largo de los siglos; platicaremos de algunas. En 1851 existían dos muy populares, la de San Pablo, en el rumbo que conocemos como La Merced; y la del Paseo Nuevo, que se encontraba en el cruce de la actual avenida Juárez, Paseo de la Reforma y del entonces nuevo Paseo de Bucareli.

En ese periodo los numerosos conflictos políticos y económicos, tanto internos como internacionales y las consecuentes guerras, no permitían la celebración permanente y constante de festejos taurinos.

El 7 de diciembre de 1867 la fiesta brava sufrió un severo golpe: se publicó el decreto del presidente Benito Juárez, por el cual se prohibían los festejos taurinos en el Distrito Federal; no se mencionaba ninguna razón.

Al fallecer Benito Juárez en julio de 1872 la prohibición siguió vigente. El decreto permaneció por casi 20 años, hasta que el 17 de diciembre de 1886, durante el mandato de Porfirio Díaz, se publicó su derogación.

De inmediato se desató el más eufórico y desmedido taurinismo de la historia del toreo en México, comenta Miguel Luna Parra, estudioso del tema y aficionado de hueso colorado. El problema era que ya no había plazas de toros; rápidamente varios empresarios construyeron nuevos cosos, pero sin calibrar suficientemente las consecuencias: en menos de 11 meses ya existían cinco plazas con una capacidad de unos 9 mil espectadores. Ademas de que eran demasiadas, todas estaban cercanas; iban de la colonia San Rafael a la esquina de avenida Chapultepec y Bucareli.

Luna Parra, quien realiza un interesante recorrido por los lugares donde estuvieron esos cosos dice: “No tenemos conocimiento de un hecho histórico similar en la historia taurina de todos los países que presentan este espectáculo”.

Platica que de enero de 1888 hasta el mismo mes de 1889 en que las cinco plazas estuvieron funcionando, se dio la abrumadora cantidad de ¡151 festejos taurinos!, lo que equivale a casi 13 corridas al mes, caso insólito en el mundo.

Esa pasión por la fiesta brava, no ha desaparecido; hay un fuerte transfondo cultural e histórico, que es necesario considerar cuando se discute el tema de su prohibición.

¡TOROS SÍ!, ¡TOROS NO! DEL TIEMPO CUANDO BENITO JUÁREZ PROHIBIÓ LAS CORRIDAS DE TOROS

Por María del Carmen Vázquez Mantecón.

Uno de los decretos más polémicos del gobierno de Benito Juárez fue el que a partir del 28 de noviembre de 1867 prohibía las corridas de toros en el Distrito Federal. La orden, emitida por el presidente en uso de facultades extraordinarias, se mantuvo vigente por 19 años y formaba parte de la Ley de Dotación del Fondo Municipal de México, que entre otras cosas, estipulaba cuáles eran las diversiones públicas permitidas, incluidas sus licencias, patentes e impuestos. A contracorriente con una longeva tradición que, tanto en España como en América, destinaba los productos de las corridas de toros para emprender obra pública, llama la atención que el gobierno de Juárez, en un momento tan delicado de reconstrucción de las exhaustas arcas de la nación y de la propia ciudad de México, hubiera decidido prescindir de las nada despreciables entradas que dejaba la diversión que, desde la época colonial y a lo largo de todo el siglo xix, ocupaba el primer lugar en las preferencias de los públicos de todas las clases y condiciones que conformaban a su variopinta y desigual sociedad.

Las voces que por entonces pedían la proscripción de las corridas de toros tampoco eran una novedad, incluyendo en esto a la misma “madre patria”. España fue la primera en testimoniar muchas oleadas de condena contra las corridas, que sucedieron y siguen sucediendo a lo largo de su taurina historia. En cada época, sin embargo, el discurso en su contra y su prohibición por parte de las autoridades ha variado. Partió de las consideraciones sobre la honra y la deshonra legal, pasando luego por el tenor de la moral imperante, la elección entre el bien y el mal, la amenaza de excomunión, la necesidad de orden, la contraposición de la civilización contra la barbarie y, finalmente, la defensa de los animales y las denuncias por la crueldad ejercida contra ellos.

Entre 1567 y 1596 los papas prohibieron cinco veces las corridas de toros, pero se generó tal desacuerdo en España y en México, que en la práctica, esas bulas no tuvieron efecto. A pesar de que la Iglesia luego intentó condenarlas en distintos momentos de los siglos xvii y xviii, las corridas florecieron en esas centurias en la Península, con todo y la asistencia a ellas de clérigos disfrazados y a pesar de la oposición o el desinterés por las fiestas de toros que manifestaron en ocasiones algunas autoridades civiles, incluidos los mismos monarcas de la casa de Borbón. A su vez, los concilios mexicanos vedaron siempre a los clérigos presentarse en “espectáculos no honestos” dentro de los que incluían a los toros, pero nada de esto funcionó, y aunque todavía en 1805 insistía en ello el arzobispo Lizana y Beaumont,5 era público y notorio el enorme boato que flotaba en las lumbreras que ocupaba la curia catedralicia, que sin necesidad de disfraz, disfrutaba en grande cada una de las corridas. En la Nueva España también fueron y vinieron prohibiciones circunstanciales que dictaron monarcas, virreyes, alcaldes mayores, corregidores y autoridades universitarias, que, sobre todo en el siglo xviii, se preocupaban por impedir todo aquello que causara pleitos y borracheras, desplazando al discurso de dignidad moral, con el de la reglamentación ordenada y racional de las conductas.

Las corridas de toros en México sobrevivieron airosas a bulas, discursos, decretos, órdenes y desdenes, manteniendo viva la costumbre en el transcurso del siglo xix. Un caso singular es el del estado de Oaxaca, donde las corridas de toros fueron prohibidas por la primera legislatura local en el año 1826, por los alborotos, por atraer a vagabundos y a rateros y porque la policía no podía controlar a los espectadores. Aunque luego esta interdicción fue derogada, no abundaron allá, como en los demás estados, porque para ellas se requeriría un permiso especial del gobernador. Según la opinión, expresada hacia 1865 por el hispano radicado en nuestro país Niceto de Zamacois, las corridas de toros en México conservaban, respecto de las de España, “cierto aire de familia”, aunque presentaban diferencias propias que era necesario conocer. Las de allá le parecían más clásicas, más sobrias, más dependientes de la Edad Media, mientras que las mexicanas le llamaban la atención porque eran “más vistosas, más ligeras, más poéticas y menos sangrientas”, y si bien se vio obligado a decir que ambas eran igualmente interesantes, se deshizo en elogios para los “excelentes jinetes mexicanos” que ejecutaban en ellas variados y difíciles lances a caballo, considerándolos “la gente más diestra” en el manejo de los briosos alazanes. Y es que en el México decimonónico, la fiesta de los toros, además de incorporar muchos espectáculos militares, teatrales, circenses, de mojiganga, de luces y de fuego, tenía, como en miscelánea, faenas al estilo Pepe Hillo y suertes con los astados según la mexicana tradición originada en las haciendas ganaderas –que consistía en colear, lazar y montar a los toros y banderillarlos a pie y a caballo– en un espectáculo muy del gusto de todos los sectores de la población y de los visitantes extranjeros. Echar un vistazo al ambiente que, respecto a las “corridas”, se vivía en la ciudad de México en el tiempo previo al decreto de Benito Juárez en 1867, nos permitirá tener más claro el contexto en el cual pudo surgir y ser aplicada una prohibición que, como hemos visto, la habían intenta- do papas, curias y monarcas, sin ningún éxito.

Hacia 1863, la capital empezaba a acostumbrarse a la presencia de las tropas francesas que allanaban el arribo del emperador austriaco Maximiliano de Habsburgo. El 15 de agosto de ese año fue organizada una corrida de toros para festejar en conjunto a Nuestra Señora de la Asunción y a Napoleón III, a la cual convidaron al ejército francés. El Pájaro Verde, además de dar la noticia de que las corridas de toros “por fin” se habían introducido en Francia desde el último mes de mayo, escribió que la que iba a suceder en México se daba después de mucho tiempo que no las había. El día 16 de ese mes de agosto, los lectores de ese periódico pudieron conocer la opinión que al mariscal de Francia y comandante en jefe del Cuerpo Expedicionario de México, Ellie Frédéric Forey, le mereció ese espectáculo. Muy lejos de haberse emocionado, escribió una carta en la que sentía necesario explicar a la opinión del público, que él asistió por cortesía, pero no quería que su presencia se pudiera interpretar como una “aprobación”.

En pocas palabras, le parecía una costumbre “bárbara e impolítica”. Se manifestó asombrado de que en pleno siglo xix, en el que los pueblos civilizados habían refinado sus costumbres con el estudio de “las artes liberales” y con la práctica de una religión que proscribía todo acto de barbarie, hubiera una nación cristiana complacida y deleitada con un espectáculo en el que animales y hombres estuvieran expues- tos a perecer. Apeló en su discurso a la necesidad que tenían las autoridades de elevar el espíritu de sus gobernados y de no educarlos “en el agrado de la vista y el olor a sangre”, que para él, no hacía más que infundirles el deseo de derramarla y propiciaba hábitos de homicidio. Concluyó diciendo que el gobierno que modificara esas costumbres sanguinarias no sólo haría un gran servicio a la nación, sino que reivindicaría con justicia su rango entre los pueblos civilizados, y agregó que esas reflexiones dichas a los mexicanos las inspiraba su interés a favor de ellos y de un país en el que le sería muy dichoso “dejar algunos rastros de mi paso”.

No todos los militares galos pensaban igual. Los pormenores de esa función fueron narrados por el coronel Ch. Blanchot, en unas memorias escritas con posterioridad, en las que, si bien comenzó diciendo que las corridas eran reminiscencias sanguinarias y crueles de los circos antiguos y que le repugnaba la vista de los caballos despan- zurrados arrastrando sus entrañas, expresó que se había tratado de un espectáculo de “carácter extraordinario y poco trivial”, al que debía “consagrar una especial mención”. Quedó deslumbrado por el atractivo “a veces apasionante” de los “hábiles” y “audaces” toreros, banderilleros y picadores, que portaban con fiereza sobre el polvoso redondel sus brillantes trajes de terciopelo y de raso bordados, como sacados, dijo, de los salones de otro tiempo. Le impresionó de ellos su revoloteo ante el animal furioso, hasta lanzarlo “ciego e inconsciente sobre la muleta sangrienta del espada” en la que se escondía la espada traidora. También se refirió a las suertes de los mexicanos con los toros, que le parecían un “deporte de grandes señores”, que con peligro de su vida demostraban “un coraje y una destreza emocionantes”. No pudo dejar de mencionar, por último, la presencia de las bellas y elegantes mujeres en las graderías, viviendo sus emociones dramáticas “con transportes delirantes”. Aunque este autor refiere esa corrida como parte del festejo por el arribo de Maximiliano y Carlota a la ciudad de México en junio de 1864, a la que, según él, los emperadores asistieron juntos, en su recuerdo confundió, o más bien, recreó varias funciones en una, de las que identifico por lo pronto a tres: la que relata Forey en 1863; una fiesta de toros cam- pestre estilo mexicano que le fue ofrecida a Maximiliano en El Divisadero en agosto de 1864, y una corrida de toros a beneficio del gaditano Bernardo Gaviño, que tuvo lugar en la plaza del Paseo Nuevo, el 2 de diciembre de 1866.

No hay registro de que en las jornadas de fiesta por la llegada de los soberanos a la capital hubiera habido una corrida de toros, siendo por demás conocida, como señala Arrangoiz, la animadversión del emperador por los españoles y por los conservadores mexicanos y, de paso, por sus costumbres. Sin embargo, a pesar de esto, Maximiliano no aprobó una petición del Ayuntamiento fechada el 21 de febrero de 1865, donde los regidores pedían que fuera decretada la duplicación del impuesto municipal a las corridas de toros.

Volvemos a tener noticia de alguna corrida de toros hasta fines del mes de diciembre de 1866, y no precisamente en la capital del país, sino en Durango, donde se encontraban Benito Juárez y su gobierno republicano y liberal. Su ministro, Sebastián Lerdo de Tejada, contó en una carta a su amiga Antonia Revilla que los habitantes les ofrecieron una función de ópera y una corrida de toros, a las que tuvo la necesidad de asistir porque “eran actos de ceremonia”. No alude a que en la segunda se haya dejado ver don Benito, pero la presencia de sus colaboradores en el festejo hacía posible asociar a éste con la demostración de regocijo hacia la República y a sus incondicionales defensores. En todo caso, Lerdo refirió que han de haber llegado entre 2500 y 3000 personas, que el ganado era “medianamente bravo” y que aunque la compañía de toreros no era mala, capotearon, picaron, banderillaron y mataron “regular”. Quizá le pareció más interesante lo sucedido con un gran globo aerostático que fue quemado al final del espectáculo, a petición del público enardecido, que al no verlo elevarse a causa del viento, “no quiso que le quedasen a deber nada”.

Maximiliano de Habsburgo fue fusilado en el cerro de las Campanas en el mes de junio de 1867, y un mes después, Benito Juárez había entrado triunfante en la capital del país, seguro de consumar una segunda independencia. Contaba con la fuerza que le daba haber defendido la soberanía a pesar de tantos vuelcos, y se preparaba a enfrentar la opinión, no tan favorable, que tenían de él y de México en muchos países europeos, así como la de buen número de opositores mexicanos, incluidos miembros distinguidos de su mismo partido político, que alguna vez estuvieron cerca de él. Las conmemoraciones patrióticas de septiembre de ese año fueron, por lo tanto, emotivas, pero desde mi punto de vista tuvieron una nota distintiva en estrecha relación con el tema que me ocupa. El 16 de septiembre, en el periódico El Correo de México –que se autonombraba “Republicano e Independiente”– el respetado escritor Ignacio Manuel Alta- mirano, que era a la sazón su redactor en jefe, dio a conocer una brevísima pero incendiaria nota, que tituló “No más toros”. Acorde con los aires de independencia que se respiraban, se preguntaba por qué no se daban al pueblo espectáculos que lo instruyeran, mientras se le ofrecían “escenas del tiempo del retroceso y de los virreyes”. Apeló a la civi- lización que rechazaba los espectáculos de sangre y con frases cortas y directas exclamó; “¡No más sangre!”; “¡Tinta en vez de sangre!”; “¡Ilustración y no barbarie!”; “¡Educación al pueblo!”; “¡Diversiones que hablen a su inteligencia y no a sus sentidos!”; “¡Artes útiles en lugar de mojiganga!”; “¡Periódicos en vez de banderillas!”; “¡El cincel y no el puñal del carnicero!”; “¡Enseñar a pensar y no a matar!”; “¡Moralizar en vez de corromper!”; “¡El teatro por los toros!”; “¡El teatro a precio ínfimo para el pueblo!”. Altamirano resumía con esos aforismos todas las modalidades que a lo largo de la historia había adoptado el discurso contra las corridas de toros, exceptuando, por supuesto, el que ofrecía castigos por asistir a ellas. Muy propia de las ideas civilizatorias de su siglo fue la defensa que hizo de los animales “útiles”, al decir también que la Veterinaria, junto a una ley que regulara su trato, era mejor, que “la risa por la horrible agonía de un caballo indefenso”.

Entre la noche del 7 y el 8 de octubre de ese año de 1867, un tremendo huracán asoló a la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, dejando muchas víctimas, casas derrum- badas, desaparecidos y personas bajo los escombros. Los mexicanos de la capital abrieron suscripciones para mandar ayuda económica y se dieron para ello varias funciones de teatro Gótico y un concierto de la Sociedad Filarmónica. Por su parte, la Junta Promovedora de Socorros para los pueblos devastados se dio a la tarea de organizar una gran corrida de toros que, según el periódico El Globo, haría época en los anales de la tauromaquia mexicana. Fue programada en la plaza del Paseo Nuevo, para la tarde del domingo 3 de noviembre a las tres y media de la tarde. La cuadrilla de toreros sería la del infaltable Bernardo Gaviño y la tarifa se estipuló en diez pesos por una lumbrera para ocho personas, un peso por un asiento en sombra, y dos reales por uno en sol. Tanto El Monitor Republicano como La Iberia anunciaron su cartel con el orden de la función, apelando a los sentimientos benéficos de los capitalinos y, sobre todo el segundo, promoviendo los “atractivos”. En efecto, La Iberia, periódico dirigido por el hispano Anselmo de la Portilla, explicó a sus lectores en qué consistiría la corrida, que en esa ocasión, como en todas las de su tiempo, incluía toros de muerte, toros para colear, toro embolado para los aficionados, partimiento de la plaza por parte de los militares, músicas, “engalanamiento” del coso por dentro y por fuera y, por supuesto, mojigangas, que muy de acuerdo con la temporada, representarían ese día El convidado de piedra y doña Inés, con un acompañamiento de esqueletos y diablos. Aludió también, como llamativo, a que asistirían el presidente de la República y las principales familias de México, y a que el “famoso Bernardo” estrenaría un traje magnífico color de amaranto bordado en oro y plata recién llegado de Sevilla.

Fue este mismo periódico el que, dos días después, calificó a la corrida de “magnífica”, con plaza a tope, toreros que “hicieron prodigios”, coleadores “audaces”, ganado fiero de Atenco “que derramó a torrentes por la arena la sangre de los pobres caballos”, tarde soleada y apacible, público contento y divertido, pero, sobre todo, satisfecho por haber contribuido “a enjugar las lágrimas y saciar el hambre de los que lloran en las orillas del Bravo”. La prensa liberal, en términos generales, fue más parca con el asunto. El Siglo Diez y Nueve se limitó a decir que la población había acudido al llamamiento, mientras El Monitor Republicano señaló que la parte brillante estuvo en el coleadero desempeñado por aficionados, que recogieron muchos aplausos “y grandes rosas que se ataban al brazo como premio de su destreza y bizarría”. Calcularon los editores de este periódico que el producto de la corrida debe de haber sido como de 4000 pesos, “en razón de que no hubo más gasto que el de los toros que se lidiaron, el de los caballos que salieron heridos, y el del que sucumbió en combate”, siendo “gratis” el arriendo de la plaza, los trabajos de la compañía lidiadora y los ramos de ciprés con flores de zempazúchil con que fue adornado el coso para ese espectáculo benéfico. Tampoco se cobraron numerosas “banderolas de las tres garantías”, que ondearon esa tarde en alusión clara al sentimiento de independencia que la mayoría experimentaba; de esa que se convertiría simbólicamente en la última gran corrida antes de que el presidente de la nación, Benito Juárez, prohibiera la diversión de los toros en la ciudad de México.

Un rotativo más había dado su opinión sobre la corrida de toros del 3 de noviembre. Se trata de un largo artículo aparecido en El Globo, un día después, firmado sólo con las letras F. M., que El Correo de México de Altamira- no reprodujo íntegro en su editorial de primera plana del día 5, haciendo suya esa opinión. Inició el texto justificando el porqué de esa corrida, con el tema de la beneficencia. Dijo que la capital fue apelada filantrópicamente y que ésta acudió al llamado. Aceptó que para tener éxito en la empresa se usó “el señuelo del placer”, presentando al público un espectáculo que, “por desgracia” y lejos de “lo que pudieran desear los amigos de la civilización”, era muy popular. A ese artículo lo podríamos considerar también un manifiesto político en el que su autor no desconocía que las corridas de toros eran “un placer tradicional de la raza española” y “el solaz predilecto del pueblo mexicano”, entre el que ya suman muchos los partidarios, agregó, y en el que “se había replegado el interés sanguinario y salvaje del circo y del palenque”. Apeló a la civilización, al exclamar que habría que velar su estatua cada vez que ese espectáculo se ofreciera al público. Se refirió a los “sentimientos dulces” que se vivían entre los que se había “desarrollado el Evangelio”, y deseó que, abrigados bajo “el palio de ese sentimiento”, se protegieran de “los instintos feroces de la antigüedad”. Se sentía en un siglo de transición, donde cabían los contrastes, “como el de la beneficencia patrocinada por la afición a la sangre y a la matanza” y el que “convertía en caridad el combate con las fieras y el terrible suplicio de los primeros cristianos”.

F. M. llamó a esa corrida la “fiesta de la filantropía, de la caridad y de la esperanza” y repitió, que “formaría época en los anales de la tauromaquia mexicana”. No olvidó tampoco el mensaje político: la corrida, dijo, había servido como un “intermediario para la reconciliación”. Dio cuenta de cómo en esa plaza se reunió lo mejor de la sociedad mexicana; las “bellas dolientes del Imperio”; y la nova progenies que ya de costumbre “aparece en las Restauraciones”. Ahí, escribió nuestro autor, “renacieron” muchas cosas: el gobierno nacional; el pasado y el presente; la aristocracia y la democracia; el imperio y la república. Sin mencionar si Benito Juárez habría asistido, y ya un poco menos ofuscado por la contradicción de sus sentimientos, escribió que ambos mundos políticos y sociales se habían encontrado frente a frente después de mucho tiempo, “celebrando una alianza de buen agüero, bajo los dobles auspicios del placer y de la caridad”. Creía que había sido posible distraer las preocupaciones políticas, y que se podía levantar la barrera “que dividía a los hijos de una misma patria en dos bandos irreconciliables”. Hacia la última parte de su reseña, F. M. sucumbió a la seducción de la fiesta de toros y a la tentación de hacer crónica taurina con su lenguaje característico, y se refirió, asimismo, “al aire alegre y risueño que daba la decoración vegetal”, que servía de fondo para los rostros de “las bellas concurrentes que poblaban las lumbreras”. Estaba seguro de que al éxito había contribuido el desempeño de la compañía, “muy especialmente su simpático director Don Bernardo Gaviño”. A los habituados, dijo, no les faltó nada que desear: hubo incidentes feroces y sangrientos, “sirviendo los cadáveres de los caballos de trofeo a la fiereza de los bichos de Atenco”. Confió, por último, en que los pueblos europeos dirían menos maldiciones contra “la gran metrópoli” que en realidad era México cuando se vieran los socorros abundantes y oportunos a “los hermanos de la frontera”.

El decreto de prohibición del 28 de noviembre fue escasamente comentado por la prensa de esos días. Incluso, los miembros del Ayuntamiento en sus sesiones de Cabildo, habidas entre fines de noviembre y el mes de diciembre de ese año de 1867, tampoco tocaron el asunto, notándose, sólo, que en el acta del día 29 de noviembre, asentaron que al término de su reunión ordinaria, tuvieron una secreta.

Asimismo, en el Congreso, no hubo en ese tiempo alguna manifestación de oposición. En primer lugar, porque el periodo ordinario de sesiones comenzó el 4 de diciembre de 1867, esto es, cinco días después de emitido el decreto, y en segundo, porque se trataba de una decisión ampara- da por facultades extraordinarias. Fue hasta el 29 de enero siguiente, cuando hubo una alusión de parte del diputado Jesús López, quien hizo la primera lectura a una propuesta de ley, “que prohibiera perpetuamente en el suelo mexicano las corridas de toros”. Su argumento giró en torno al decreto de Benito Juárez, que calificó como “una disposición suprema” que se hizo “en armonía con la ilustración del siglo”, que le parecía un hecho “precursor” de la ley, para arrancar “de raíz esa bárbara costumbre del suelo mexicano”. Estaba seguro de que, para tener una “civilización perfecta”, había que combatir “los restos de la barbarie”, que veía simbolizada en las plazas de toros, de las que pedía su derrumbamiento oficial. La propuesta pasó a la comisión de Gobernación después de una segunda lectura, pero el asunto no volvió a ser tratado en esa legislatura, ni en las siguientes.

Como queriendo pasar desapercibida, se anunció, tan- to en El Siglo Diez y Nueve como en El Globo, otra “gran corrida” de beneficio para la gente de Matamoros, que primero tuvo que ser aplazada, y una vez que se verificó en la tarde del domingo 8 de diciembre, no contó con el entusiasmo ni el beneplácito que había causado la anterior. Además, resultó equivocada la profecía de El Globo, que había vaticinado que había motivos para creer que esa función “sería en extremo concurrida”, no sólo por su objeto filantrópico sino, dijo, “porque será quizá la última en que puedan satisfacer su gusto los aficionados a ese género de espectáculos que están prohibidos para lo adelante”. La desairada función tuvo lugar en la plaza del Paseo Nuevo y actuaron en esa ocasión “jóvenes aficionados dirigidos por Gaviño”, que colocaron banderillas, colearon, montaron a los toros e hicieron “capirotada”, alternando con los “toros de muerte” y con el toro embolado, cuya frente se adornó con monedas de plata y con piezas de ropa para que las tomaran los valientes del público que se enfrentaron a él. Ni El Monitor Republicano, ni El Siglo Diez y Nueve, ni El Globo, reseñaron la corrida, atentos a la decisión del presidente Juárez. Sólo El Correo de México de Altamirano mencionó en breve párrafo que la función se había permitido “a la caridad”, y que esos jóvenes que “creyeron conveniente poner la barbarie al servicio de la filantropía haciendo su mejor esfuerzo” no lo habían logrado, recibiendo sólo silbidos desde el principio hasta el final. Fue con una mala tarde –como se dice en el ambiente taurino– que concluyó en la capital un ciclo de fiestas de toros que había perdurado muchas décadas, congratulándose el periódico de que no las habría más en ella y lamentando que “esas bárbaras diversiones” fueran tan del gusto del pueblo mexicano, que, aseguró, “sabía más de tauromaquia, que de garantías individuales”.

En seis estados de la República se promulgó un decreto similar, pero no tuvo efecto y a la postre terminó por derogarse. Sólo la capital lo mantuvo, a pesar de que, como da cuenta El Siglo Diez y Nueve un año después, no pararon las peticiones para que hubiera toros, con sus consecuen- tes negativas por parte de la autoridad. Según el redactor –que podría haber sido Francisco Zarco, que había vuelto a encargarse de ese periódico–, ante lo difícil que resultaba romper la resistencia del gobierno al respecto, se rumoraba en ese año de 1868 que se pediría a varios diputados que presentaran un proyecto de ley derogando la prohibición de los toros, cosa que por entonces no sucedió. Durante los casi 20 años que el decreto estuvo vigente, la plaza del Paseo Nuevo se arrendaba para otros espectáculos, sobre todo ecuestres y de circo y poco a poco se deterioró, además de considerarse que para esas funciones el lugar no era céntrico ni atractivo. Plazas nuevas comenzaron a inaugu- rarse en las cercanías de la capital, como la de Tlalnepantla, a donde por lo general se desplazaba una afición que no dejó de tener toros, nuevas figuras del toreo, caballos muertos, suertes mexicanas y mojiganga, y que estaba dispuesta a trasladarse a la Hacienda de los Morales, a Texcoco, a Cuauhtitlán, a Toluca, a Pachuca, e incluso hasta la misma ciudad de Puebla. En una de esas corridas a las que los capi- talinos concurrían apelotonados en el ferrocarril, el ídolo viejo Bernardo Gaviño, vestido con traje azul bordado con abalorios negros, fue cornado “en la proximidad del ano” por un toro de la ganadería de Ayala, la tarde del 31 de enero de 1886 en la plaza de Texcoco. Tenía poco más de 70 años de edad, y más de cuatro décadas de haber sido el ídolo de la afición mexicana. Su muerte, acaecida en la ciudad de México el 11 de febrero siguiente, marcó un parteaguas en la historia taurina de los capitalinos. Coincidió con el tiempo en que los gobiernos de Juárez, de Lerdo y de los cuidados primeros periodos de Porfirio Díaz y de su compadre Manuel González –en los que se había sostenido la prohibición– habían pasado a la historia, y se iniciaba una nueva era política, en la que ya no había obstáculo para que se presentara, por fin, un proyecto de ley en la Cámara de Diputados, con objeto de derogarla.

Cuenta Enrique Olavarría y Ferrari que corría el rumor de que “poderosas influencias” se empeñaban en quitar la prohibición. El asunto se colocó en la Cámara baja a principios de diciembre de 1886. En la diatriba de los que abogaron por que hubiera otra vez corridas, volvió a aparecer la vieja costumbre de beneficiar las obras públicas con sus productos, mentando a la que era más urgente en ese momento en la capital: el desagüe del valle de México. Es conocido, además, que Porfirio Díaz –por cierto, buen aficionado a las corridas de toros– convirtió al drenaje en su proyecto prioritario. La ciudad de México, enclavada en una cuenca en la parte más alta de la meseta central, limitada por cadenas de cerros y montañas que no permiten una salida a las aguas de lluvia, padecía graves inundaciones –algunas de ellas memorables, porque duraron varios años–. Si bien desde la época prehispánica se habían hecho relevantes trabajos al respecto, el problema persistía, a pesar de que se puede considerar como la gran obra emprendida a través del tiempo que sigue siendo un problema no del todo resuelto. Durante varias décadas en aquel siglo xix, la prensa manifestó la queja de sus habitantes de ver a la ciudad converti- da en un lago; de tener que usar de los cargadores que, en brazos, pasaban de una calle a otra a los transeúntes; de los mosquitos; del mal olor por el agua acumulada en alcantarillas que no funcionaban; de las enfermedades endémicas y la falta de higiene; de los comerciantes cansados de poner puentes de vigas y cajones a la entrada de sus negocios; y entre otras cosas, del perenne lodo que lo invadía todo.

En aquel año de 1886, durante las lluvias de julio a octubre, no había faltado la petición en varios periódicos de que ya se hiciera de una vez y para siempre una obra comple- ta, que implicara el destape de las coladeras, un canal, un túnel de drenaje y un tajo de desemboque de las aguas que agobiaban a la capital. No es casual entonces que el 17 de diciembre de ese año el Congreso, después de haber recogido 81 votos a favor y 47 en contra, derogó con un decreto el artículo 87 de la ley del 28 de noviembre de 1867, estipulando que en lo sucesivo serían los ayuntamientos de cada localidad los que extendieran los permisos para las corridas de toros; que la licencia para cada corrida que pagarían los empresarios sería de 15% del importe total de las entradas, y que los fondos se destinarían “exclusivamente” a la obra del desagüe de la ciudad de México. La fiebre de los empresarios que entonces lograron abrir varias plazas de toros en la capital no tuvo parangón con ninguna otra época de la historia de las corridas. Ellos actuaron con el apoyo de varios políticos del momento, dentro de los que tuvo una participación muy importante el Ayuntamiento de la ciudad de México. Esta institución fue la que debía otorgar, con bastante velocidad, las licencias y reconocimientos de muchas plazas de toros que se construyeron de la noche a la mañana, y fue la encargada, además, de presentar un reglamento provisional para las corridas, que, por cierto, antes de su aprobación, fue publicado por el Gobernador del Distrito. Esa prisa puede evidenciarse revisando las Actas del Cabildo de los primeros meses de 1887. El martes 15 de febrero los regidores dieron cuenta, por ejemplo, del caso de la compañía Ferrer Hermanos, que había terminado el levantamiento de un coso en la calzada de San Rafael, y que solicitaba el permiso para explotarlo “desde el domingo próximo”. Sin hacer mención de la premura del asunto, en la sesión del viernes 18 lo concedieron, y para curarse en salud, quedó asentado en el acta de ese día, que, en adelante, “llevaran a cabo las indicaciones que los ingenieros de la ciudad le han manifestado verbalmente […] para aumentar la resistencia de algunas piezas”. Discutieron asimismo, si el impuesto de 15% a las corridas debía entrar o no en su caja común –votando finalmente por la afirmativa– y, quizás por cuidar de este ingreso, negaron la solicitud de exención de algunas personas que buscaban hacer una corrida “a beneficencia” y tampoco accedieron a la súplica de un empresario, de que se anulara una multa impuesta por el mismo municipio.

Sin embargo, a una década de terminar ese siglo, hubo toros pero no estuvo listo el desagüe, y la ciudad se siguió anegando, la prensa continuó con sus quejas, y sus moradores padeciendo la incomodidad y los daños. Fue hasta 1900, cuando Porfirio Díaz inauguró una no totalmente terminada su obra, que consideró “la empresa mayor de su gobierno”, que si bien no erradicó las inundaciones, sí disminuyó su frecuencia y su gravedad. Nunca se publicó el dato sobre lo que las corridas habrían aportado al total de la obra, pero seguramente se necesitó muchísimo más capital e inversión que los impuestos con que pudo haber contribuido el raudal de funciones y de cosos que caracterizaron ese régimen. El primer mandatario –sin tener que intervenir directamente– reinauguró el mundo taurino de la capital que viviría en ese tiempo de “entre siglos” episodios muy intensos y claves, además, para el camino propio que tomarían la sangrienta tauromaquia al puro estilo español, y las mexicanas suertes con los toros, animales que en esas últimas lides, no serían más las víctimas sacrificiales a los ojos del “respetable”.

El debate que algunos diputados mantuvieron en pro y en contra de las corridas partió del dictamen que elaboró una comisión que buscaba la anulación del decreto. La discusión, en la que volvieron a aparecer los temas que se habían barajado 20 años antes, parecía por momentos reproducir el ambiente encendido y envalentonado de las plazas de toros, con todo y su pantomima y sus cómicos. Durante varias sesiones, la mayoría de la cámara escuchó complacida todas las posturas, respondiendo con exclamaciones, con aplausos, con risas o con abucheos. Hubo algunos chistes vulgares, como el del diputado por Jalisco, Francisco Romero, que abominaba de las corridas y que provocó carcajadas y batido de palmas de sus partidarios, diciendo que no se encontraría entre los mexicanos muertos por la patria, ninguno que hubiera recibido una estocada por detrás, como la cornada que recibió Bernardo Gaviño. Se escuchó mentar en esa plaza pública al instinto, al placer, a la virilidad, a las emociones, al valor, a los hábitos, a las costumbres, a la identidad, a la higiene, a la escuela, a la voluntad del pueblo. Un silencio absoluto produjo la intervención del diputado Justo Sierra, quien expresó que, antes de aprobar la permisión, había que derogar el capítulo IV del Código Penal, que estipulaba que “cometía faltas de tercera clase el que en los combates, juegos y diversiones públicas atormente a los animales”. Respingó el diputado Tomás Reyes Retana, minimizando la importancia del dato y agregando que era una simple falta de tercera clase que ameritaba sólo la pena impuesta por la autoridad del pago de uno a diez pesos y que, por lo tanto, no había necesidad de modificar el Código, pudiendo cubrirse tan pequeña indemnización.48 La Ley de protección a los ani- males para el Distrito Federal vigente en nuestros días, considera maltrato, todo hecho consciente o inconsciente que pueda causarles dolor y sufrimiento, o que ponga en peligro sus vidas y afecte gravemente su salud. También prohíbe las peleas entre animales, exceptuando, en este rubro, las peleas de gallos y las corridas de toros y novillos.

Pocos filósofos modernos hicieron propuestas con respecto a la protección de los animales. El alemán Franz Rudolph von Weiss, por ejemplo, trató el tema como una parte más del complejo mundo de la sociedad de su tiempo, en un libro que apareció por primera vez en 1785, que fue muy reeditado durante la primera mitad del siglo xix. En un pequeño apartado que tituló “Digresión sobre los animales”, mostró ejemplos muy interesantes en torno a los deberes a que eran merecedores, y a las obligaciones recíprocas entre ellos y los seres humanos. Dijo que su siglo, llamaba “bárbaras” a muchas naciones del pasado, que, sin embargo, habían sido nobles con los animales, y comparó el maltrato de algunos hombres hacia ellos, con el de los tiranos a sus súbditos. Exaltó sus sentimientos y cualidades, estando seguro de que tenían un alma, y de que eran más las barbaridades que se cometían contra ellos, que los actos para su beneficencia.

Se refirió a las corridas de toros españolas, y a otras luchas de animales en Londres, París y Viena, nombrándolos “espectáculos sanguinarios” y “escuelas de crueldad”, a los que eran aficionadas las mujeres bellas que aplaudían “las escenas más atroces”. Reconoció el derecho de los humanos de servirse de algunas especies como alimento, y de destruir a las que podrían destruirlo, pero negó, categóricamente, que tuvieran el privilegio de darles tormento, apelando a la compasión, a la justicia y a la generosidad. Este apartado fue publicado en México en una revista de Ignacio Cumplido en el año de 1841, a partir de una traducción que hizo el político mexicano José María Tornel, quien aprovechó para decir que el texto de de Weiss, era una doctrina que podía contribuir “a mirar con horror todo acto reflexivo de crueldad”. Por su parte, Ignacio Manuel Altamirano fue el único que, en su tiempo, abogó por una ley que protegiera a los animales del maltrato que les infligían los hombres.

Con respecto a las élites porfirianas, asiduas o no a los toros, el tema de la brutalidad contra los animales no estaba entre sus principales preocupaciones, mientras los rostros de las bellas de la “gran sociedad”, siguieron adornando los cosos y las crónicas taurinas. Pocos autores lo mencionaron, abusaban de su poder y de su inteligencia contra ellos,!entre ellos Antonio García Cubas en El libro de mis recuerdos aparecido en 1905, donde abiertamente dijo que había mucha “crueldad” en las corridas de toros. A su vez, en un articulito anónimo publicado en la revista Anales Mexicanos del mes de mayo de 1904, un escritor, preocupado por la herencia que se dejaba a las futuras generaciones, alertaba sobre la desapa- rición, ocasionada por los seres humanos, de valiosas especies de la flora y de la fauna de distintas partes del planeta.

Otra fugaz, pero muy interesante referencia a la relación de ese grupo social con los animales, apareció en Álbum de Damas en febrero de 1907. Se trata de un breve artículo que dio cuenta de la “moda extravagante” de las mexicanas “de alta alcurnia”, de consentir a perritos “pequeños y feos”, a los que les ponían nombres raros en inglés, los llevaban a las exposiciones caninas y por los que pagaban cuantiosas sumas. Fieles al romanticismo de su siglo, tampoco dejaron de manifestarles ternura, reconociendo su valiosa compañía y sus sentimientos de amistad.55 La sociedad de entonces no era, sin embargo, indiferente al maltrato de los animales en la vía pública, habiendo ejemplos de su indignación cuando llegaron a presenciarlo.

Desde la antigüedad griega, cada época había dotado de contenido a los conceptos de civilización y barbarie, y no lo fue menos la del liberalismo decimonónico, que en México encontró cabida temprana en muchos escritores y políticos como Manuel Payno, Melchor Ocampo, o Miguel Lerdo de Tejada. En la obra del primero, aparecieron con frecuencia en dos temas que lo obsesionaron a lo largo de su vida: el de los “indios salvajes y bárbaros del Norte” que dieron mucho trabajo “al paso de la civilización”, y el de la propiedad individual de la tierra, que él ligaba con el progreso. Melchor Ocampo, por su parte, creía que a pesar de las convulsiones, México seguía la marcha de las civilizaciones europeas, pero ponía en total duda, en medio de la desastrosa guerra con los Estados Unidos, que éstos trajeran, a los “incultos mexicanos”, alguna “civilización, libertad o pro- greso”, como pretendían hacer creer en su discurso y en sus actitudes. En el caso de Miguel Lerdo de Tejada, el debate entre la civilización y la barbarie tocó el tema de los toros. Como miembro del Ayuntamiento en el año de 1851, seguro de fomentar la educación entre los mexicanos, pensaba de las corridas que eran “espectáculos tan repugnantes como contrarios a la cultura y civilización de un pueblo”, por lo que, entonces, propuso que se generara una iniciativa de ley para que el Supremo Gobierno prohibiera las corridas en la capital, que no fue tomada en cuenta por el congreso. Después del fusilamiento de Maximiliano, Benito Juárez sabía que necesitaba ser reconocido en el exterior como un gobernante interesado por la moralidad y la educación de su pueblo. Muy a tono con el liberalismo de punta y con sus ideas sobre las lides de toros –que podían seguir desde un enemigo político como Forey, hasta un distanciado Altami- rano– optó por convertir al Distrito Federal en una jurisdicción culta, a la altura de las principales capitales de Europa. Su decreto coincidió con la muerte paulatina de un tipo de corri- da que sepultó para siempre los trajes de máscara, los diablos en zancos y las mojigangas, y que separó los modos de torear mexicano e hispano. Quizá para muchos de sus contemporáneos, Juárez reivindicó para la capital el rango de ciudad civilizada, aunque también había otros que, representando distintos intereses, se identificarían con las palabras del diputado Tomás Reyes Retana en aquel debate de 1886: “No nos pavoneemos –dijo– de tener una ilustración que no tenemos, y menos, cuando estas lides de toros se verifican a cuatro o cinco metros de la jurisdicción del Distrito”. En medio del debate entre la civilización y la barbarie, las corridas de toros probaron, a pesar de todo, su resistencia en aquellos años aciagos. La oposición a ellas, sin embargo, seguirá existiendo mientras éstas sigan vivas, porque ambas posturas son las dos caras de la misma cultura en la que se inscribe la tauromaquia, sus pasiones y su memoria ancestral.

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