Opinión: Sin público no hay Fiesta.

Por Javier Lorenzo.

Un espectáculo taurino sin la presencia de espectadores no tiene sentido. Si alguien tenía alguna duda, le quedaría despejada con la emisión en directo que se hizo de las dos últimas funciones del Circuito de Novilladas de Castilla y León, celebradas en Medina del Campo, hace apenas dos semanas, sin un alma en los tendidos. Una losa para las emociones. Sin el calor, ni el color, sin el bullicio o el silencio, sin el juicio de quien se sienta en el tendido para emocionarse y valorar lo que sucede en el ruedo, el espectáculo navega sin rumbo camino de ninguna parte. Pedir la celebración de la Fiesta de toros sin público y solo con el aval de la televisión es desconocer la esencia del espectáculo. Un toro embiste y un torero se juega la vida para crear arte y para emocionar al que deja su dinero en la taquilla. Lo desembolsa para eso, precisamente, para emocionarse, por las más diferentes vías, la épica o la estética, el miedo, la pasión, el arte, el valor, la ciencia o incluso la técnica. Y esa emoción, o falta de ella, venga por donde venga, es la que hace discurrir al festejo por unos u otros derroteros. Esa emoción que brota en la plaza se hace distante incluso a través de las cámaras de televisión. Nada tiene que ver el mismo espectáculo visto en directo en el propio coso o por la pequeña pantalla con distancia por medio. La distancia y las propias cámaras condicionan el espectáculo. El toreo a través de la televisión se ve pero no se disfruta de la misma forma. El alma del espectáculo se vive, se siente y casi se toca únicamente in situ. Y todo eso lo determina, entre otros muchos factores, quien se sienta en el tendido. El espectador en su sitio es tan importante como el torero o el propio toro en el ruedo. El público es el que marca sentencia e incluso el que le da la cotización y el mando a los toreros. El público es el que juzga y el que manda. Toro, torero y público. El triple vértice sobre el que se asienta la misteriosa esencia y ciencia del espectáculo. Sin una de esas tres patas la estructura de la Fiesta se resquebraja. Esas sensaciones que brotan en el ruedo y trepan al tendido son las que ponen al espectador en efervescencia o las que le hunden en la más absoluta apatía o indiferencia.

Las principales figuras buscan y eligen las fechas claves y el día concreto de cada feria para anunciarse en sus carteles. En el toreo nada se hace o surge por casualidad. Los grandes, que además son los que más llenan, siempre escogen los días en los que más público hay en el tendido, en primer lugar para argumentar su caché y también para evitar el frío de un asiento vacío. Siempre fue más fácil hacer entrar al público en una tarde, e incluso en una faena, a plaza llena que con media o un cuarto de plaza cubierto. Esa losa de una plaza medio vacía no fue capaz de superarla casi nadie. Pesa incluso más que el toro. Como pesa la indiferencia a un torero cuando no logra la conexión con el público. Un torero se crece o se hunde en función de la respuesta del aficionado. El público es juez y parte. El público es capaz marcar el rumbo de una tarde de toros. Y él es el que encumbra y el que desmorona una faena. Es imprescindible e incuestionable en una función de toros. Sin él el toreo renquea camino del precipicio. Sin público no hay Fiesta.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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