Opinión: El rey de la plata.

Hijo de Cayetano Ordóñez ‘Niño de la Palma’ y hermano de cuatro toreros vivió desde su infancia el toreo en una de las principales dinastías.

Por Víctor García- Rayo.

“¿Tú cuánto has ganado esta tarde, Alfonso?” El maestro Antonio Ordóñez, visiblemente serio, le preguntó con premeditada intención a su hermano -y banderillero de su cuadrilla- en la habitación del hotel tras la corrida. Esa tarde, en la plaza, Alfonso le había soltado el capote a una mano, la izquierda, a un toro arrancando una clamorosa ovación del respetable que provocó la contrariedad del torero de Ronda. El banderillero y hermano del diestro le hablaba siempre de “maestro”, mostrando así en el tratamiento su incuestionable respeto por su jefe de filas. “Yo… (tanto)… maestro”. El matador de Ronda le miró fijamente y le espetó, “pues yo esta tarde he ganado… (tanto)… muchísimo más que tú, así es que deja que los naturales los pegue yo”.

Alfonso Ordóñez abandonó la habitación del hotel que ocupaba su hermano y matador, Antonio, que acababa de explicarle, de recordarle su lugar en el mundo, de llamarle la atención para que todos los aplausos, todos, tuviesen como destino al jefe, al hombre de oro, a uno de los toreros por cierto más grandes e importantes que ha dado la historia del toreo desde que éste llegó a ordenarse y convertirse en la actividad artística que es hoy. Alfonso no olvidó jamás que un banderillero debe velar, sobre todo, por ocupar ese lugar casi desapercibido en el que se trabaje, a veces sin destacar, por el bien último y exclusivo del matador. Cuando se retiró, y aún hoy, ya decía la afición que Alfonso Ordóñez ha sido uno de los mejores banderilleros de todos los tiempos.

Han pasado los años, las temporadas, las tardes, la gloria y la épica. Alfonso Ordóñez Araujo, hijo del Niño de la Palma y hermano de un puñado de toreros grandes entre los que destacó Antonio, vive en una residencia junto a la casa e los artistas, en la calle Feria, a pocos metros de San Juan de la Palma, donde habita la Amargura.

Hace tiempo que Alfonso perdió a su mujer, Blanca, enterró incluso a algunos hijos varones. Pero no ha perdido la sonrisa, esa que tanta luz desprendió en la arena de los cosos y en las luces de unos vestidos de torear la vida y los bureles que hoy cuelgan del armario de su habitación.

Sigue teniendo a sus hijas, el respeto de una afición que le sabe figura y una horda ingente de personas que le quieren, como yo. Hoy le llamo a la habitación de este artículo para explicarle que me permita que sea yo quien escriba las letras que él merece.

Alfonso Ordóñez -después del adiós de Tito de San Bernardo– se ha convertido en el rey de la plata, sí, con corona de torero grande. Por edad, por mérito, por torería. Y porque a esta hora, cuando se escribe de su grandeza, lo imagino asomado mirando a la casa en la que vive la Amargura.

Publicado en Andalucía Información

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