La ocasión perdida (Balance taurino de 2020, parte 1ª)

Por Gonzalo Santonja.

Hay muchas formas de auto engañarse, y una de las más habituales, consuelo de muchos, es la de, poniéndose estupendo, echar mano de los numeritos, que si tantos encierros lidiados a pesar de la pandemia, que si el nivel altísimo de las ganaderías, que si los toros indultados o las orejas cortadas, que si patatín, que si patatán. Es un recurso que apasiona a los taurinos internautas, gente a quienes piden la hora que ahora precisamente se cumplen cien años desde que Belmonte lució un traje azul y pavo en vaya Vd. a saber dónde, porque cualquier cosa los sirve para lucirse, mejor dicho, cualquier cosa salvo el desastre sin paliativos que salta a la vista y cuya magnitud se impone si no se participa en el juego de los intereses creados, que entonces no.

¿Y cuál es ese desastre?

Lo mejor para entenderse es poner un ejemplo, y en este caso además un ejemplo súper mayúsculo, innegable por evidente: el de Las Ventas, la primera plaza del mundo, rompeolas de inquietudes y expectativas, rompeolas también de postureos y fracasos.

Postureo de los mandamases, fracaso de los mandamenos.

Sobre insostenible, la situación de Las Ventas clama al cielo. Y me refiero, por supuesto, a la necesidad de una reforma integral de las instalaciones, no de parches de cuatro tejas, que es lo único que se ha hecho para hacer como que se hacía. Y en esto ni siquiera cabe consolarse con aquella dolora de Campoamor: “Y es que en el mundo traidor/ nada es verdad ni mentira:/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”.

Menos cristal y menos pamplinas, llamemos a las cosas por su nombre: un desastre sin paliativos y un desastre que desgraciadamente pudiera pasar factura a cortísimo plazo.

Pero cómo es posible que de la mano de Florentino Pérez el Real Madrid haya aprovechado el año nefasto de la pandemia del maldito Covid-19 para, ganando tiempo al tiempo, dar un impulso definitivo a la remodelación de su estadio, remodelación total y obra de muchísima envergadura, mientras la Comunidad de Madrid, titular de Las Ventas, dejaba pasar los meses en blanco, o sea: en negro, porque negro de funeral pinta su dejadez al respecto, indiferente la Sra. Ayuso, que enfáticamente se auto proclama taurina, de perfil la empresa del lenguaraz promotor Simón Casas, que no da ni deja de dar puntada sin hilo, y siempre con gafas de sol Miguel Abellán, torero valiente pero gestor al parecer únicamente comprometido con la causa del momio que le ha caído en suerte, y ojala me equivoque, aunque de momento esto es lo que hay, ya que, como sentencia el refranero, “quien calla, otorga”.

Por no tocar, no han tocado ni las escaleras, que siguen siendo las del lejano día de la inauguración, mejor dicho, de las inauguraciones, porque la Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo, además de la consabida puesta de largo oficial, conoció el anticipo de otra, extraoficial y solidaria, solidaria con los obreros en paro de la construcción, a cuyo beneficio los diestros Diego Mazquiarán “Fortuna», Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Fausto Barajas, Luis Fuentes Bejarano, Vicente Barrera, Fermín Espinosa «Armillita Chico» y Manolo Bienvenida se encerraron  el 17 de junio de 1931 con otros tantos astados de Juan Pedro Domecq, Julián Fernández, Manuel García-Aleas, Concepción de la Concha y Sierra, Graciliano Pérez-Tabernero, Andrés Sánchez (Coquilla), Indalecio Rincón y Agustín Mendoza, privado por la República del título de Conde de la Corte, aunque los morlacos de Aleas y Mendoza fueron devueltos y sustituidos por sobreros de Moreno López de Villena.

Por cierto, el organizador fue el Ayuntamiento de la Villa y Corte, a dicha sazón regido por el socialista Pedro Rico, alcalde de la capital en dos ocasiones, en 1931-34, candidato de la conjunción republicano-socialista, y 1936-39, elegido por el Frente Popular,  salvando la vida al final de la guerra incivil gracias a El Nili, banderillero de Juan Belmonte, que se jugó la suya para salvarlo, llevándolo escondido en el maletero de su automóvil hasta Valencia, donde se embarcó hacía América, peripecia esta con doble implicación por partida triple (la solidaridad con los obreros en paro, la condición apasionadamente taurina de aquel alcalde socialista de Madrid, la valentía y el compromiso de un banderillero) que algunos silencian y otros pretenden desconocer. 

A su vez, la inauguración oficial se retrasó un trienio, “vísteme despacio, que tengo prisa”, corriendo de la mano de una terna de postín, la formada por el mismísimo Juan Belmonte, “el pasmo de Triana”, Manuel Lalanda y Joaquín Rodríguez, “Cagancho”, que se midieron con los murubes de Carmen de Federico, a uno de los cuales, concretamente a Desertor, cortaría Belmonte el primer rabo de la historia del coso.

Pues bien, estupendo Belmonte, rematadísimo “Desertor” y para los anales aquel trofeo.

Pues mal, sin embargo, el que los aficionados que llenaron los tendidos aquella tarde y los que en 1919 seguimos sus pasos, unos y otros ascendiéramos y descendiéramos por las mismas escaleras y entrásemos y saliéramos de los tendidos por idénticos vomitorios. ¿En qué otros recintos recreativos públicos, ya campos de futbol, ya teatros, no se han llevado a feliz término, tan feliz como obligado,  las debidas obras  de remodelación?

¿Adónde ha ido a parar el dineral que temporada tras temporada rinde Las Ventas a una administración que, hasta ahora, siempre se ha proclamado taurina? El canon de la plaza, el navajazo del IVA, los mil y un impuestos de cuanto se consume. Y nada de minucias, al contrario: se trata de millones y millones, de decenas de millones de euros, de los cuales solo una mínima parte, impura calderilla, ha revertido en la adecuación y mantenimiento de la gallina de los huevos de oro, abandonada Las Ventas al albur de las circunstancias.

Yo he visto la enfermería con goteras, con cubos pare recoger el agua de la lluvia en el quirófano. Y no me remontó a 1920, ni a 1940, ni a 1960, ni a 1980, ni al año 2000. Me refiero a hace nada, concretamente al otoño de 2016, cuando Simón Casas ganó el concurso de Las Ventas. Por una circunstancia cuyo detalle no viene a cuento, entonces me movía a mis anchas por su interior. Tengo fotografías que cortan el aliento, mejor lo dejamos, ya habrá (o no) ocasión de volver sobre ello. De momento, valga con el ejemplo del cubo de metal sobre la mesa de operaciones…, qué horror.

Aquello, vaya por delante, se arregló, me consta como testigo de vista. Pero las escaleras de acceso, pero los vomitorios, pero un sinfín de cuestiones, ahí siguen, más o menos como en 1931 y 1934, sin que en su estado haya repercutido la lluvia de millones que Las Ventas han reportado a las arcas públicas.  

Florentino Pérez ha sabido aprovechar el desastre de la pandemia, y ese es su gran mérito. Y los políticos de turno, arroyados por la contundencia de sus argumentos y por su capacidad de decisión, se han puesto en posición de saludo, facilitando todos los permisos y gestiones que han sido necesarios. Es lo que sucede cuando el toro de las obras lo toma por los cuernos un empresario de verdad.

Que es justamente lo que falta en Las Ventas, porque Simón Casas, el “promotor”, solo parece versado en ocurrencias, apaños y pagarés, mientras a este respecto la muy taurina señora Ayuso mira a la luna y torea a Abellán con el cargo y la nómina.

Las Ventas, insisto: la primera plaza del mundo, no puede perder un año entero, un año cerrada y sin toros y un año, para colmo de todos los colmos, desaprovechado para sacar adelante una reforma ineludible, porque así como está es inviable para otros espectáculos, sin los cuales no es posible su viabilidad económica. 

Así pues, para empezar qué desastre el balance taurino de este 2020 que ya concluye. En los dos artículos siguientes abordaré lo que en los ruedos ha dado de sí, pero a mi juicio el principio era este, y no cabe engañarse. Ni políticos ni empresarios han estado a la altura del reto.   

Publicado en Noticias Cyl

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