Sólo para villamelones: Ernesto San Román.

Ahí, en su entorno, siempre se respiró el olor a toro, la pasión por esa adrenalina que inunda el cuerpo ante los pitones de una res brava. Por eso, Ernesto San Román supo desde siempre que sería torero, como lo fueron también sus hermanos Agustín y Jorge, como lo serían tres sobrinos, una nieta y un sobrino nieto.

Llevó por todos sitios donde se presentó, incluso librando el Atlántico, el apelativo de la tierra que lo vio nacer en 1946, el de “El Queretano”, triunfó en muchas plazas, y también recibió muchas cornadas, alguna de las cuales lo acompañó, con sus secuelas, hasta la muerte.

El Queretano” tomó la alternativa en la Plaza Santa María de su tierra, en 1968, teniendo como padrino a Joaquín Bernardó y como testigo al malogrado Raúl Contreras, “Finito”, pasaportando en su doctorado al toro “Jacinto”, de Santoyo. Luego, incluso antes de presentarse como matador de toros en la Plaza México, San Román confirmó esa condición en Las Ventas madrileña, en 1970, de la mano de Juan Antonio Alcoba y teniendo como testigo a Sebastián Martín Lorenzo; el burel de su confirmación española procedió de la ganadería de Juan Guardiola y fue nombrado “Torero”.

Al año siguiente, en el 71, Pepe Luis Vázquez lo apadrinó en su confirmación en la “monumental de Insurgentes”; ahí estuvo también, ahora como testigo, Joaquín Bernardó, en la ceremonia que precedió a la faena del queretano a “Perlito”, de La Punta.

Castigado por los toros, lo que nunca hizo amainar su valentía, San Román se cortó finalmente la coleta, pero nunca se alejó del medio. Primero se desempeñó como empresario taurino, montando corridas de toros, incluso con una plaza portátil, y después se convirtió en apoderado de su sobrino Oscar, el hijo de su hermano Agustín y padre del ahora novillero revelación, Diego San Román.

En los últimos años se había concentrado en el campo, en su rancho entre San Miguel de Allende y Querétaro; no le gustaban las entrevistas y vivía una vida alejada de los reflectores, pero siempre atento al acontecer taurino. Por desgracia, vio morir recientemente a su esposa y a una de sus hijas, luego del terrible accidente que la familia padeció en la Navidad pasada, cuando estalló el gas en su casa.

Ernesto San Román, “El Queretano”, murió el pasado ocho de marzo en su ciudad natal. Un infarto le cegó la vida, mientras se atendía de las secuelas de aquella cornada que lo marcó, irremediablemente, para siempre. Con él se fue toda una época del toreo; esa época en la que los toreros se cocinaban al fuego lento del sufrimiento, el sudor y la sangre.

Publicado en El Diario de Querétaro

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