Reflexiones ‘antitaurinas’ de un aguafiestas necesitado de emoción.

Las obsoletas estructuras de la tauromaquia moderna reclaman una urgente revolución.

Por Antonio Lorca.

Andaba Julián López, El Juli, el pasado 28 de mayo, en la plaza de Aranjuez, dando pases tan voluntariosos como carentes de gracia a un torete tullido y amorfo de Garcigrande, mientras el público mostraba cara de supino aburrimiento y aplaudía sin ganas al final de cada tanda. El director de la banda, contagiado del grisáceo ambiente, no tuvo mejor idea que acompañar la labor del torero con la banda sonora de la película La Misión, y el festejo adquirió un extraño y sorprendente tinte funerario.

Lo mismo le sucedió minutos más tarde a Manzanares, con un animal de la misma calaña, y el mismo semblante en los tendidos, pero en esta ocasión se escucharon las notas de El Concierto de Aranjuez.

Protestó en su momento y con razón El Juli, el músico de la batuta escuchó también las protestas de algunos espectadores, lo que posibilitó que Ureña actuara a los sones de un pasodoble, aunque su oponente era otro borrego inválido.

Los tres toreros cantaron a los micrófonos de la televisión las ¿cualidades? de los toros y lo mucho que habían ¡disfrutado! delante de ellos.

No es posible. O los tres mentían sin pudor alguno o son bastante menos inteligentes de lo que se les supone. Están en las alturas por méritos propios; ellos, mejor que nadie, saben cuando su toreo llega a los tendidos, y sienten, antes que cualquiera, el cosquilleo de la emoción o la tristeza del hastío.

Pues en Aranjuez no hubo toros, ni toreo, ni emoción. Y El Juli, Manzanares y Ureña lo sabían.

¿Qué pintaban, entonces, allí, en aquella triste caricatura de la tauromaquia moderna? ¿Es esa la fiesta que ellos quieren promocionar en esta sociedad tan compleja y tan alejada, a veces, del espectáculo taurino?

Lo sucedido en Aranjuez no es más que un ejemplo. La misma película se proyectó al día siguiente en Navalcarnero, con un infumable encierro de Juan Pedro Domecq para la feliz reaparición del sufrido Gonzalo Caballero. Y veinticuatro horas después, otra vez en Aranjuez, con toros de Núñez del Cuvillo faltos de trapío y seriedad, contra los que se estrellaron Morante, Luque y Roca Rey.

No es necesario añadir que, tanto en Aranjuez como en Navalcarnero, los picadores no fueron más que convidados de piedra, pues el tercio de varas está prácticamente desaparecido, y parece que para siempre.

Un apunte más: ¿Qué pasó en la feria de San Isidro de Vistalegre? Pasó que hubo una general desolación en los tendidos. ¿Por qué?

Se ha hablado mucho de precios altos y miedo al virus, y poco de una afición cansada de toreros muy vistos junto a las mismas ganaderías de siempre.

En fin, que se plantean, al menos, dos graves problemas, entre otros, y una fatal consecuencia:

1.- Las llamadas figuras, las que están llamadas a tirar del carro, se enfrentan a animales supuestamente afeitados, criados en exclusiva para la faena de muleta, bonancibles, descastados, lastimosos, enfermos o vaya usted a saber…

2.- Esas mismas figuras, veteranísimas en su inmensa mayoría, han amortizado hace ya tiempo todo lo que llevaban dentro en su ya lejana juventud. Se han instalado en la comodidad, son muy previsibles y no despiertan ilusión.

Secuela final: la fiesta de los toros sufre una sangría de espectadores que amenaza seriamente su futuro.

El periodista Javier Lorenzo comentaba hace unos días en La Gaceta de Salamanca que “el recién finalizado San Isidro ha sido una bofetada de realidad para demostrar el tirón taquillero”. “Ni una sola figura”, añadía, “ha logrado llenar las 5.400 localidades disponibles a las que quedaban reducidas, por las limitaciones de la covid, las 15.000 del Palacio Vistalegre”.

Habrá que concluir, entonces, que los toreros no podrán seguir cobrando lo mismo que antes de la pandemia si no son capaces de acabar el papel en taquilla. Los emolumentos de quienes dependen del público están sujetos a su capacidad para reunir a multitudes. Si no se generan recursos, no se pueden exigir altos salarios. Ahí está el caso de las estrellas del firmamento futbolístico.

Otro periodista salmantino, Paco Cañamero, mantiene en su blog Glorieta Digital que “la fiesta no puede seguir instalada en su obsoleta estructura”, y que los taurinos deben esbozar una nueva tauromaquia, “cuyos planteamientos empresariales en poco o nada deben parecerse a los anteriores a la pandemia, que condujeron el toreo a un momento crítico”.

Es verdad. La fiesta de los toros ya padecía graves problemas cuando apareció el virus, pero siguen ahí, reforzados por la prolongada sequía de la pandemia.

Los taurinos han repetido que “hay ganas de toros”, y no es cierto; quizá, porque tiene razón Cañamero y sea necesaria una tauromaquia nueva al hilo de la normalidad naciente después de un año desértico.

¿Se ha sentado alguien a diseñar la fiesta de los toros de ese futuro que ya está aquí? ¿Ha pensado alguien en alguna medida para frenar la huida de espectadores, y recuperar la emoción perdida?

¿Algún taurino ha levantado su voz contra el inexplicable cierre de la plaza de Las Ventas, defendida, hasta ahora, solo por los aficionados?

¿Todo consiste en la repetición mimética de las formas de gestión del pasado?

¿Es que no hay más toros en el campo que los de Garcigrande y Juan Pedro Domecq?

Publicado en El País

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