La vida en seis toros, la diferencia entre gesto y gesta.

A lo largo del siglo XXI son muchos los toreros que han intentado la gesta de matar un encierro en solitario, pocos los triunfadores. El último osado, Morante de la Puebla.

Por Rodrigo Carrasco

En seis toros se puede aprender mucho, muchísimo todo. En una encerrona hay que dosificar, saber dónde hay que invertir fuerzas y dónde reservarlas, en definitiva es el arte de conocer qué merece la pena, como en la vida misma. También hay que encontrar alicientes en los pequeños detalles, cuidando cada tercio, compartiendo responsabilidades y el peso artístico, entre la cuadrilla, ya que a la hora de matar solo se compromete el mismo.

De esta forma, el banderillero de Joao Pereira, intentó sumar en la gran apuesta de Morante, porque aunque en estas hazañas el matador cuente con más miembros que los que componen su cuadrilla habitual, eso no se debe apreciar. Pero por supuesto, la gran lección de este tipo de gestas, que se anuncian a bombo y platillo con el nombre del solitario matador ocupando todos los titulares, es que el gran protagonista de la Fiesta siempre será el animal, el que tiene la última palabra, sin él no hay espectáculo, triunfo ni historia.

Pero incluso, en tardes como la del sábado, una decepción en el juego de los astados, se puede demostrar la maestría. Morante no dudó en pasaportar a aquellos, la mayoría, que no daban ninguna muestra de bravura ni condiciones. El sevillano lo había preparado todo al detalle para que el festejo pareciese un auténtico «flashback», desde su entrada en coche de caballos hasta su peculiar traje de luces celeste de arriba abajo. También se pudo recordar el error de el palco que hace un par de «sanisidros» terminaba con un toro devuelto solo por manso, sin mostrar síntomas de no estar inválido para la lidia, al igual que sucedió el sábado en el quinto. Una decisión que hizo algo más pesado el festejo, convertido en un trámite. Pero el sobrero de Parladé no levantaría la tarde, mostrando comportamiento aún más manso en el caballo.

Con los seis silencios que acumuló Morante se volvió a demostrar que estas encerronas son un arma de doble filo. Aunque con seis toros parezca que la probabilidad de cortar orejas se multiplica, la estadística no funciona en el ruedo. Los porcentajes no entienden, de cansancio, presión, calor o inspiración. De hecho, son contados los triunfos rotundos en este tipo de festejos, que suelen acabar mayoritariamente en decepción por la altísima expectación que generan. Además, son pocos matadores los dotados con la suficiente variedad y gama de recursos para concentrar por sí solos la atención del público durante más de dos horas.

Madrid en las últimas décadas ha sido la plaza que ha albergado las encerronas de mayor trascendencia, siendo cruciales en la carrera de los espadas que las han protagonizado, tanto para mal como para bien. Porque estas corridas en solitario no entienden de caché, escalafón o experiencia. Incluso, han puesto contra las cuerdas a algunos de los más grandes maestros como Esplá, Enrique Ponce, Ortega Cano o Curro Vázquez, a quienes se les atragantó semejante desafío. Pero todavía fue más perjudicial para algunas carreras como la de Iván Fandiño, quien tras acercarse a lo más alto decidió echar la moneda al aire. Pero cayó cruz y cambiaría el rumbo de su carrera, teniendo que volver a empezar casi de cero. Tampoco corrieron gran fortuna Talavante o Daniel Luque en sus intentos en la Monumental. La moneda sí que cayó cara en el caso de Miguel Ángel Perera o Uceda Leal, quienes utilizaron este triunfo para impulsar sus carreras.

Publicado en La Razón

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