La Fiesta Viva: Don Julio.

Por Rafael Cué.

Despertar el lunes y leer una noticia dolorosa deja mermado el ánimo y genera preguntas sin respuesta. Ha fallecido don Julio Esponda, importante abogado penalista, hombre respetado y admirado. Sus cualidades, seriedad e inteligencia le acompañaron siempre. Al momento de su incursión en el mundo del toro, de inmediato destacó su capacidad de liderazgo y acción. Julio se involucró con importantes taurinos y lideró el último gran proyecto taurino mexicano: Tauromagia Mexicana. Como aficionado detectó un problema, la formación de toreros, asumió el reto, generó un grupo fantástico de personajes claves para hacer que las cosas sucedieran, con un plan, con una estrategia y con un objetivo muy claro.

La vanidad y el protagonismo no tuvieron cabida en este proyecto. Se invirtieron recursos, tiempo y talento. Tres elementos clave, pero de los que, si se carece de los dos últimos, el primero es insuficiente e incluso una losa.


Julio fue de estas personas con las que da gusto estar, de pocas palabras pero siempre precisas, escuchaba más de lo que hablaba, cualidad sólo de las personas inteligentes. Su paso por el toreo revolucionó al medio taurino, que es siempre celoso, egoísta y miope. Ante su personalidad y la claridad de ideas, el valor para sostener y ejecutar los planes que tantas y tantas veces se quedan en tertulia, no sólo fue aceptado, sino que se adueñó de un sitio de privilegio, el consejo, la opinión y la aprobación.

Mario Aguilar (q.e.p.d.), Arturo Saldívar, Octavio García “El Payo”, Sergio Flores, son matadores de toros que saben la importancia en sus vidas y en sus carreras de Julio Esponda; niños que se hicieron hombres a la vera del gran abogado, que supo ser apoderado, guía y amigo, un segundo padre cuando aquellos niños, lejos de casa, entregaron su infancia y juventud a cambio del sueño de ser lo que ahora son, grandes matadores de toros. Julio estuvo ahí, en lo profesional y en lo personal.


Además de los antes mencionados, esa generación de toreros cuenta con más nombres, “El Canelo”, “El Piti”, Carlos Montes, Armando Ramírez “El Bam Bam”, algunos en activo y otros que decidieron tomar un camino distinto, pero sin duda fueron marcados de manera positiva por Julio y hoy son hombres de bien.

No me lo cuentan, lo vi y lo viví. Corría el año 2004, Empretauro había firmado un convenio de apoderamiento con los alumnos de Tauromagia Mexicana, excepto “El Payo”, que desde niño se ha administrado bajo sus ideas y conceptos. Mi relación con Julio, yo siendo director general de Empretauro tenía mucho que ver con la formación de aquellos niños con mirada de hombres y ojos soñadores en tardes de gloria. Una lección inolvidable fue un sábado, recuerdo que fue el día que murió el Papa Juan Pablo II. Me citó Julio en su casa, era un día de tentadero. La cita, la ganadería de San José, propiedad de otro gran taurino, Arturo Jiménez Mangas. Suponía que me llevaría yo a los chavales. Mi sorpresa al entrar a su casa fue ver a la familia en pleno, su mujer y sus dos hijos, niños entonces, convivir con aquellos aspirantes a novilleros en la mesa. El trato, el respeto y la familiaridad de todos me dejó perplejo. Eso no es común en el medio. Por lo general quien ayuda a un torero, siente o demuestra cierto derecho sobre él. Aquella escena era una familia. La cereza fue que al tentadero fuimos todos en la camioneta de la señora Esponda, éramos como una familia de vacaciones. Una vez iniciado el tentadero Julio observó y disfrutó en silencio. No pegó gritos, ni voces, ni instrucciones, como suele pasar con los “apoderados” que no saben estar, eso era menester del maestro, que les arreaba y en serio. Durante el regreso, tras exitoso tentadero, hablamos de la importancia del Papa, de su legado, de los pros y contras del poder eclesiástico y de muchas otras cosas que a todos nos marcaron ese día, estoy seguro.

Ese era Julio Esponda, un hombre importante que nunca utilizó su importancia más que para aportar. Taurino de acción, no de verbo y bilis. Nunca lo escuché largar. Él hablaba de toros, de planes, de ideas. Echaré de menos, Julio, tu presencia en los callejones, tus preguntas inteligentes, tus opiniones certeras, tu amabilidad y el privilegio de poder departir contigo sobre diversos temas.

Echaré de menos nuestras tertulias improvisadas en Ixtapa, relajados, con un buen habano, mirando al mar. Aprendí mucho de tu forma de ser, de tu manera de pensar y de tu forma de abordar los problemas y detectar las oportunidades. A tu mujer, a tus hijos y a Edurne, tu hermana, mi más sentido pésame. Se ha ido un gran mexicano, un gran taurino.

Públicado en El Financiero

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