Apoteosis en Arlés: Talavante vuelve desencadenado.

El extremeño corta tres orejas en su reaparición en la Goyesca de Arlés y sale a hombros con Roca Rey que se hace con el mismo número de trofeos en un gran espectáculo; dos toros -de Garcigrande y Cuvillo- exageradamente premiados en el arrastre.

Por Zabala de la Serna.

Conciliar el sueño no fue fácil en la habitación 32 del hotel L’Arlatan. En placita que lo esconde, casi un callejón, desemboca la calle Sauvage, que en un punto sin frontera se convierte en la calle de 4 de septiembre. Bullían las terrazas de la cercana plaza del Forum, hervía Arlés de gentes en fiesta la noche antes de su regreso. Pero no era el ruido lo que impedía a Alejandro Talavante conciliar el sueño. Cuando lo consiguió, durmió tranquilo.

Todas las ventanas del hotel L’Arlatan cuentan con contraventanas de madera gris. Amaneció un sol radiante en este sábado de resurrección. Su reflejo patinaba como la estela de un cometa sobre el agua calma del Ródano. Tres años sin sentir el rumor incierto de una mañana de toros es mucho tiempo. Ni por una rendija se veía a Talavante, que cabría perfectamente por ella. Alejandro es un hombre de perfil, un cuadro del Greco, un flaco por los cuatro costados. Cuando salió a pasear con el maestro Joselito, su apoderado, respiró al aire arlesiano como si le diese una calada hasta la boca del estómago.

Diego Ramos transformó el anfiteatro de Arlés en una maravillosa explosión magenta. De madrugada y a contrarreloj, decoró el ruedo con el salto goyesco de la garrocha y un toro inmenso y negro -unas graciosas pisaditas de una familia de gatos noctámbulos lo atravesaban- sobre el fondo de rosa deslumbrante. Los burladeros enseñaban toros de neón y collages grafiteros, las tablas parecían partituras de alamares y sobre el patio de cuadrillas Rafael el Gallo, Gallito y Juan Belmonte vigilaban la esencia. Cuando Alejandro Talavante apareció tardíamente bajo los tres monstruos, el anfiteatro rugió como cuando soltaban leones. A su lado Roca Rey se transparentaba, de momento. La Marsellesa erizó una ola patria en los tendidos, que la deletrearon como una sola voz.

A Talavante le esperaba en los corrales “Arreado“, de Garcigrande, designado como primero en el reparto -no hubo sorteo con cada protagonista aportando sus toros de diferentes hierros- para descorchar el acontecimiento. Único en su más amplio sentido. Por la imprevisible personalidad del torero, el marco -el inigualable espectáculo audiovisual de la Goyesca- y por el planteamiento: no toreará más en esta temporada que para él nació y murió este sábado de presentidas glorias. Una estrategia inaprehensible.

El efecto llamada de la exclusividad del evento -aplazado desde 2020 y parte del 21 a la espera del cese de las restricciones- se quedó corto para alcanzar el “no hay billetes” en taquilla, pese al ambientazo. Arlés era la primera plaza del mundo en dar el salto al 100 por 100 y decíamos ayer que no sería fácil cumplir tan elevadas expectativas. Cuando Talavante volvió a pisar el ruedo rosa empujado por una cerrada ovación, el incendio de la vieja Roma se desató de nuevo.

A las 17:21 -entre arreglos de la pista y sentimientos desatados- saltó Arreado enseñoreando su caricofosco trapío, una presencia compacta y oscura. Su carácter confería también seriedad. El eco del entusiasmo siguió sobre los lances a pies juntos, las chicuelinas y la larga de Alejandro Talavante. Dejó las transparencias Roca Rey para presentarse en duelo con un quite mixto -chicuelinas y tafalleras- tras un par de puyazos que luego se harían leves. Talavante respondió por apretadas gaoneras, susto incluido. Rascaba el garcigrande con sus aristas de temperamento y su fondo de importancia. A.T. deslumbró y sorprendió por estatuarios, y al soltar el pase del desprecio, y al librar la trincherilla de chispa y muñeca. Pero le costó tenerlo en la mano. De hecho, hasta mediada la faena no sucedió. Y no por falta de actitud. En su izquierda, tan añorada, volvió a estar el paraíso. Y ahí el poderoso garcigrande entregó lo bueno que habitaba bajo la lija. Todo desprendía destellos estéticos de Joselito, la influencia del nuevo apoderado talavantista. La soprano Muriel Tomao y los coros de Escandihado envolvían de magia la obra. Que contó con dos epílogos, uno bello por clásico y el el otro, por demás, por manoletinas. Avisó la presidencia cuando ya se perfilaba. Pinchó, enterró una estocada y cobró una oreja en justicia.

Opuesto fue el garcigrande de Roca Rey. Más amable de expresión y flexible, de poder contado pero suficiente y una clase mayor. El punto no terminó de hallarlo el peruano. Que en la tónica de su temporada lo arregló al final. Por circulares invertidos, con un arrimón de órdago -desplante a cuerpo limpio incluido- y un espadazo del copón, que le entregó un trofeo.

Las astifinísimas puntas del toro de Adolfo -el único cinqueño de los seis- que se llevó Alejandro Talavante imponían respeto, rematado pero sin exceso. Muy noble de medido empuje. Talavante supo esperarlo para dejarle meter la cara. Y desde esa paciencia cosió el temple de su izquierda. ¡Ohhh, qué tres series despaciosas! Cada natural detenía en el aire oles que se agotaban, gargantas que se agitaban. Al cárdeno adolfo le abandonó el celo antes de hora. Lo que no fue óbice para que el reaparecido persistiera ya, ciertamente, sin mucho sentido. Las luces del fervor y el entusiasmo bajaron, apagándose también lentamente. Hasta la ovación última.

El adolfo de Roca Rey, estrecho como un sable, se tapaba por delante. Pero no por dentro, tan débil. RR lo sostuvo con un trabajo interminable, entre las voces de sus banderilleros y el silencio de la plaza. Que sólo musitaba algunas protestas. Y todo para al final despenarlo con un espadazo en los sótanos que hizo guardia.

Y entonces Talavante se desencadenó. Sintió las posibilidades del último toro de Garcigrande. Cornalón y despegado del suelo, pero con un cuello inmenso para humillar, ir y venir, soltarse y volver. Muy noblemente. AT le armó un lío desde el inicio genuglexo tan talavantista. Sobre la derecha. Y desde ese punto de atrapar el corazón de Arlés liberó la faena de la rendición francesa. Cada serie, un apasionante mundo; y todo, con perspectiva, un universo. Las estructuras nunca fueron el fuerte de Talavante. Que sigue fiel a sí mismo. Voló la izquierda con una largura infinita. Aunque ahora ate más todo a una geometría joselitista. Las bernadinas cambiadas provocaron amagos de infartos. Y la estocada (contraria), la muerte y el delirio. Dos orejas y la vuelta al ruedo excesiva para el notable Bandolero de Garcigrande.

El triunfo glorificado de AT espoleó a Roca Rey. Que salió estallando por chicuelinas ante el hondo y redondo cuvillo. Y por saltilleras. Y apretando a Rosito. Que soltaba la cara. RR a veces por su camino y otras metiendose por los vericuetos y las tablas del cuello no se quedó atrás en el marcador. Pues de eso se trataba. Y con las luquecinas de popular impacto y un estocadón delantero post aviso -qué largas faenas toda la tarde- agarró las orejas. Y la apoteósica fotografía de la puerta grande con el desencadenado Talavante. La vuelta al ruedo para el cuvillo fue tan excesiva como la de Bandolero.

FICHA

Arenas de Arlés. Sábado, 11 de septiembre de 2021. Corrida Goyesca. Casi lleno. Toros de Garcigrande (1º, 2º y 5º, premiado con la vuelta al ruedo); Adolfo Martín (3º y 4º); Núñez del Cuvillo (6º), también premiado con la vuelta al ruedo; de diferentes seriedades y remates; un buen conjunto.

Alejandro Talavante, de azul pavo y oro. Aviso. Pinchazo y estocada tendida (oreja). En el tercero, media estocada tendida y descabello (saludos). En el quinto, estocada contraria. Aviso (dos orejas).

Roca Rey, de blanco y azabache. Estocada (oreja y petición). En el cuarto, bajonazo que hace guardia. Aviso (silencio). En el sexto, estocada delantera. Aviso (dos orejas). Salió a hombros con Talavante.

Publicado en El Mundo

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