Obispo y Oro: El Foro y el Faro Por Fernando Fernández Román.

Ahora que el otoño del 21 ya es historia (según Sabina, “dura lo que tarda en llegar el invierno”), ahora que la Tauromaquia navega a la deriva por el Mar Muerto de la dejación de quienes debieran defenderla y potenciarla y el absentismo laboral de quienes la practican; ahora que, por este año, el toro ya se ha muerto, muerto está, que yo lo vi; ahora que de las Américas no nos llegan sino rumores taurinos inconcretos y lunes destemplados de resaca, es tiempo de hablar de toros en esos reductos sempiternos, especie de albergues que se convierten en foros improvisados, donde los aficionados encuentran refugio para echar combustible al depósito de ese vehículo de larga rodadura que llaman “afición”. Para los que hablamos o escribimos de toros, un foro taurino –o cualquier sede de asociación de aficionados–, es lugar de peregrinaje obligado en estos días de prematura oscuridad… para tratar de esclarecer cosas y casos, en la medida que el acervo taurino halle competencia para ello. Hay que ir a compartir tiempo y charla, con la mochila al hombro, que, en mi caso, no es sino el cúmulo de experiencias que almacena la veteranía.

El viernes pasado estuve en el Foro Taurino de Zamora. Repetía, al cabo del tiempo –ni me acuerdo de la fecha–, pero lo hice gustoso, a pesar de los inconvenientes e imponderables que, a veces, suelen entorpecer la idoneidad de la fecha elegida, para mí –por el compromiso adquirido– considerada cita ineludible.

Debo reconocer que me gusta hablar de toros en noches de gabán y bufanda. Es como rememorar aquellas largas tertulias de mis tiempos de informador taurino incipiente, donde me ponía frente a un patio de butacas cubierto de público y me temblaban las canillas. “¡’Ahí está el toro!”, me decía a mí mismo, mientras pulsaba el botón de encendido del micrófono; pero era acercarme a la “alcachofa” y pronunciar ese formulismo de barraca de feria que dice: “¿Se oye? ¿Se oye?” y me venía arriba; incomprensiblemente arriba. Ya por aquél entonces descubrí que el micrófono, con pie o sin pie, de filtro o bigotera, sería de por vida mi compañero de fatigas. Pena que las fatigas vayan in crescendo. Es el peaje del trotamundos: una misma ruta se hace cada vez más larga.

Para quienes piensen que a las gentes de la vieja Castilla les pilla muy a trasmano la cosa del arte del toreo, les quiero sacar de su enorme error. Zamora es taurina mucho antes de que el Duero compartiera en los Arribes sus tierras con las de Salamanca campera. Hasta una ciudad zamorana, preciosa, medieval y de excelencia vinícola, tiene un nombre bien significativo: Toro, con su venerable coso taurino magníficamente restaurado, y su excelencia vinícola, universalmente reconocida.

Y una confesión personal: En Zamora, años ha –tiempos de mocedad– , escuché cantar a Camarón, Fosforito, Lebrijano y un elenco soberbio de cantaores de altísimo nivel, en un festival flamenco celebrado en los años 70, sobre el escenario instalado en un parque, al aire libre, en noche de luna llena. Aquí, en Zamora –como en otros muchos lugares de esta comunidad autónoma– se chanela cantidad de toros y de cante. Cuidadín con Zamora…

En recuerdo de estas vivencias, me ha confortado especialmente volver a Zamora a hablar de toros; en este caso a su Foro, que es Faro taurino del Duero. Más Foros y más Faros, precisa la Tauromaquia, en estos tiempos de oscuridad e incertidumbre. El ascua de la Fiesta está falta de vientos que la vivifiquen, y estos encuentros nocturnos bien pueden servir de brasero que ayude a combatir fríos perniciosos. En eso estamos.

Publicado en República

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