De Toros e iniciativas Por Jorge Camacho.

El lunes 8 de diciembre se aprobó en comisiones de la Cámara de Diputados de la Ciudad de México una iniciativa para suspender o eliminar las corridas de toros. La iniciativa apenas tuvo repercusión en los medios de comunicación.

Aprobar la iniciativa supone alinearse con una defensa interesada de los animales. Los toros de lidia son una especie criada precisamente para saltar al ruedo. La prohibición de las corridas tiene como consecuencia inmediata abocar a la raza del toro de lidia a su desaparición. Nadie estará dispuesto a financiar vacadas si no recibe cierto rédito económico. El problema no es únicamente la desaparición de hierros y divisas taurinas. El toro bravo es el último eslabón de una cadena que proporciona miles de trabajos. Prescindir del toro implica, en automáticos, la cancelación de éstos. Supone terminar con la sustentabilidad de un campo ajustado a la cría de ganado.

Todo indica que los legisladores no valoraron los efectos de su iniciativa. Además de los puestos de trabajo, el deterioro del campo mexicano estará asegurado.

La fiesta taurina no es en exclusiva el enfrentamiento entre el matador y el morlaco. No es asistir a una fiesta ordenada en función de los tercios que culminan con la muerte del toro y en ocasiones del torero. Es un rito en que se dan cita vida y muerte en los límites del albero de la plaza. Una corrida es un rito, una liturgia de la que se desconocen sus orígenes, aunque la fiesta tal y como la conocemos se remonte al siglo XVIII. A ese siglo se remontan los trajes de luces de los toreros inspirados en el del majo español. Cada tercio tiene su propio significado: tercio de varas, tercio de banderillas y tercio de muerte. No cualquier toro de la dehesa está en condiciones de salir al ruedo. Se necesita trapío, esas características del toro que exige la lidia. Por cada toro que enfrenta al matador, otros no pisan nunca la arena.

Las corridas contribuyen al equilibrio de la raza taurina en que demuestran nobleza y bravura. Los toros son historia en virtud de sus encastes, algunos de los cuales se remontan también al siglo XVII. Pero no son sólo historia, son también cultura. Los toros han alimentado la imaginación de artistas y escritores desde el principio. Sin los toros, Velázquez no hubiera podido ejecutar La suerte de varas, ni Pablo Picasso su Guernica, ni Pedro Garfias escribir tantos poemas, ni Federico García Lorca su Poema de cante jondo. El toro es indisociable de la memoria hispánica y mediterránea, de esa porción de sangre que corre en las venas mexicanas.

La iniciativa para prohibir las corridas se inscribe en las campañas progres de un legislativo más interesado en aparentar que en trabajar en favor de sus ciudadanos. La iniciativa atenta de manera directa con las minorías a quien se supone atienden quienes la presentaron. La ideología progre subvierte la razón, trata de imponer ignorando el alcance de sus propuestas, orientándose hacia un autoritarismo intolerable. Sería interesante conocer con cuántas personalidades del mundo de los toros se han reunido: desde mozos de campo hasta toreros profesionales, desde empresarios hasta monosabios. Se trata de un falso debate levantado sobre algo próximo a lo políticamente correcto que no deja de ser una profunda incorrección cívica. La riqueza cultural del toro eclipsa la que nos proporcionan nuestros políticos. ¿Habría que prohibir a los políticos? Las falsas polémicas exhiben la hipocresía del gremio.

Publicado en La Razón

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