Obispo y Oro: ¡Ahora o nunca! Por Fernando Fernández Román.

Me da la impresión de que puede ser la última vez que eleve el tono en el titular de un artículo. Me cansan –a la vez que me enervan– la urgencia ante la desidia, el alegato ante la dispersión, la admonición ante la impotencia. Veo al toro bravo en el campo y me apena el vislumbre que se le viene encima. No lo tengo claro. Creen los ganaderos españoles (unidos a los franceses y portugueses) que por haber ganado en Europa –mal que bien—la baza de la PAC tienen el riñón cubierto para la crianza de sus ganados de aquí a poco más de un lustro. La PAC (Política Agraria Comunitaria) no es la paz. Ni la panacea. En verdad, es un parche. Un parche Sor Virginia –al que alguna vez he hecho referencia–, la purga de Benito de mi niñez. El curalotodo de una farmacopea de andar por casa. No cabe duda de su trascendental apoyo, dadas las circunstancias. Realmente, ahora mismo, sin este parche milagroso, el campo bravo se agostaría sin remisión; y, sin embargo, la pasta gansa de este Organismo europeo no pasa de ser un paliativo de amplio espectro, pero no el antibiótico definitivo.

El ganadero de La Palmosilla ha alzado la voz de alarma en el Portal Taurino Cultoro: la “tormenta perfecta” nos amenaza, y el ‘sector’, a verlas venir”. Advierte Javier Núñez, propietario del citado hierro ganadero, que el desplome de los precios de los cornúpetas destinados a la lidia, la escasez de festejos y por el contrario, la subida escandalosa y exponencial del precio de la electricidad y su reversión en los combustibles, junto con la carestía de los piensos, también en escalada imparable, aboca a la crianza del toro bravo –con PAC y todo—a un futuro del color de la bolsa genital del toro murubeño. O la del asaltillado que nos mira desde arriba con unos ojos saltones y retadores. Tanto me da.

El toro bravo, en general, se halla instalado en estos momentos en una situación de emergencia absoluta, y aquí nadie mueve un dedo por remediarlo. Ya me dirán, pues, cómo se alimentará al toro si la otra bolsa, la del dinero que cuesta llenar los morriles, no da para más que lo que da: lo imprescindible. Y así un día y otro, porque los toros y las vacas no llenan –no pueden llenar– la panza con la yerba, el ramoneo de las encinas o el forraje que crece de la madre Naturaleza, en un año de sequía como este 2021.

Llegará febrero y el toro que necesita un “remate” definitivo de carnes se quedará flaco… y no “sirve”. Ni llena el ojo del amo, ni engorda al caballo, ni mueve la aguja de la báscula que debe certificar su idoneidad para la lidia. Esto, dicho en referencia a la materia prima, base de la Tauromaquia. Después, el “sector” habrá de ponerse las pilas para atacar otro problema de difícil solución: el coste de producción de los espectáculos taurinos, especialmente los de abajo, las novilladas con o sin picadores. En este tema, el oráculo ha sido, una vez más Jesús Hijosa, el alcalde de Villaseca de la Sagra, que no se calla ni debajo del agua. Y con razón. Con el actual Convenio de los colectivos gremiales de la fiesta de los toros –matadores y subalternos—organizar festejos para novilleros es una aventura inabordable… a no ser que entren en liza los golfetes de turno, esos empresarios de ocasión que dejan a deber más que Alemania tras la Gran Guerra. Si los salarios se mantienen para los intervinientes en la forma y manera que estipulan las “ordenanzas” actuales y los precios de las localidades se abaratan hasta convertirlos en “populares”, el resultado económico es de libro: ruina total. Y si no se dan estos festejos, la fiesta de los toros se convertirá en un espectáculo “de culto” para gentes pudientes, en plazas emblemáticas y poco más.

Esto se muere por inanición. Lo he repetido varias veces (consultar esta sección) y ya no voy a insistir en ello, porque no faltará quien abra la espita de la demagogia y me ponga delante algo tan sagrado como inviolable: “el pan de sus hijos”. Sin embargo, alguien tendrá que bajarse del burro –o del caballo—y poner los pies en el suelo, si se quiere que los toros y sus circunstancias colaterales tiren para adelante. Y ese alguien se concentra en las distintas asociaciones de profesionales, divididas en dos grupos: los que organizan y los que intervienen. No se puede tener encendido eternamente el cirio pascual de la televisión para sostener la luz divina de lo posible, de lo realizable. La televisión puede que, en algún momento –en cuanto no sea rentable–, se retire del conflicto, como hicieron en su día las cadenas privadas, que entraron a saco al calor de la audiencia que tenían las corridas en TVE. Pónganse las pilas, por favor. Y no vengan con el sonsonete del “afeitado”, como si fuera la hidra de la caja de Pandora de la Tauromaquia.

El “afeitado” es una corruptela que habrá que perseguir y, por supuesto, aniquilar; pero lo que tenemos ahora mismo es una enferma –la Fiesta—en estado catatónico. Y no exagero. Lo importante, lo imprescindible, es redactar nuevo y único Reglamento que desarrolle la Ley Taurina –también susceptible de algunos retoques– y comprometer seriamente al gobierno de la nación para que cese el acoso y derribo de la Tauromaquia desde el Consejo de Ministros. ¡Ahora o nunca!

Publicado en República

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