La tauromaquia aprueba un curso difícil, pero arrastra varios suspensos de importancia.

Por Antonio Lorca.

Parecía que no, pero la temporada taurina de 2021 ha sido larga y fructífera en acontecimientos, algunos de ellos inesperados, sorprendentes, positivos y esperanzadores, junto a otros que confirman que la enfermedad producida por el virus no era pasajera, ni solo fruto de la pandemia.

La fiesta de los toros salió del coma con cierta alegría, aunque renqueante y con el semblante ceniciento, se la vio endeble y escasa de fortaleza en los primeros tramos de la temporada, se vino arriba entrada ya la primavera, galopó en verano y acabó con movilidad, celo y codicia en el otoño. Ha aprobado un curso muy difícil, cargado de malos augurios, después de sufrir la peor cornada de la historia de la mano de un contagio que a punto ha estado de apuntillarla para siempre.

Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen; algo tendrá la tauromaquia cuando es capaz de abrir los ojos, abandonar los cuidados paliativos y el suero milagroso, y afrontar el invierno con luces verdes en el complejo horizonte.

Ciertamente, nadie daba un duro por la fiesta cuando, a mediados de enero, el Ayuntamiento de Valdemorillo suspendía la feria que servía de antesala a la temporada.

La limitación de los aforos y el fatídico metro y medio de distancia entre los espectadores parecían acabar con las perspectivas de un año aún demasiado enfermo. A pesar de todo, el empresario de La Maestranza, Ramón Valencia, presentó el 12 de marzo los carteles de la Feria de Abril, cuya celebración condicionó a que la Junta de Andalucía aceptara el 50% del aforo de la plaza.

Perdió el pulso, como no podía ser de otra manera, y el 15 de abril anunció la cancelación del abono de 12 corridas y dos novilladas y su traslado a la Feria de San Miguel de septiembre. Para entonces, arreciaban las justificadas críticas a la Comunidad de Madrid y a la empresa Plaza1 por el cierre continuado de Las Ventas, al tiempo que la Casa Matilla anunciaba una Feria de San Isidro alternativa del 13 al 23 de mayo en la plaza de Vistalegre.

Allí, lejos del barrio de Ventas, acudió poco público, triunfó a lo grande Daniel Luque, hubo toros encastados de Victoriano del Río, Hermanos García Jiménez y Alcurrucén, y el subalterno Juan José Domínguez, el novillero Manuel Perera y el matador Pablo Aguado visitaron la enfermería con heridas serias.

Para entonces, por fin, se habían abierto tímidamente las puertas de Las Ventas para celebrar un extraño festival el 2 de mayo, organizado por el Gobierno regional; los toros de verdad volvieron el 26 de junio con reses de Victorino Martín y el 4 de julio salió a hombros Emilio de Justo tras cortar tres orejas a reses de Victoriano del Río.

El 28 de junio, Enrique Ponce anunciaba su retirada “por tiempo indefinido” de los ruedos. En una breve nota daba las gracias por el cariño recibido, y ahí acabaron las explicaciones.

Y por esas fechas se conoció el suceso del año: Morante se encerraría en solitario con seis toros de Prieto de la Cal el 7 de agosto en la plaza de El Puerto de Santa María. Y la gesta, cargada de expectación, fue un fiasco por culpa de los toros… y del torero.

A pesar del mal rato y de la gran decepción, el diestro sevillano superó la adversidad, se apuntó a todas las ferias, y, erigido en motor de la temporada, mostró una sorprendente regularidad como inspirado artista.

Y todas las pinceladas que había esbozado tantas tardes las hizo una con motivo de la Feria de San Miguel en La Maestranza, donde esparció borbotones de genialidad en una faena arrebatadora a un noble e inválido toro de Juan Pedro Domecq, la tarde del pasado 1 de octubre. Pero días antes ya había dejado notas de su embrujo con el capote, en sana competencia con otro artista, Juan Ortega, quien, por fin, pudo debutar como matador en la plaza sevillana para dejar constancia de su fina alma torera.

Urdiales fue otro torero que dejó una honda huella en el albero maestrante; en esa misma feria, Emilio de Justo se ganó al público ante un victorino al que le cortó las dos orejas, horas antes de que volviera a salir a hombros de Las Ventas en la Feria de Otoño

Ferrera no alcanzó su objetivo en su encerrona en Las Ventas el 3 de octubre con toros de Adolfo Martín; Ginés Marín abrió la Puerta Grande madrileña el 12 de octubre —otra tarde en la que también triunfó Morante—, Fernando Adrián se alzó con la Copa Chenel y el Ministerio de Cultura concedió a Morante el Premio Nacional de Tauromaquia.

Sí que ha sido larga y fructífera la temporada a pesar de la mala cara que presentaba en el comienzo del año.

Pero el aprobado general no oculta que han quedado en el tintero asignaturas importantes que siguen pendientes y amenazan serios nubarrones en el inmediato futuro.

He aquí algunas:

-A pesar de la limitación de aforos, muy pocas tardes se colgó el ya descolorido cartel de “no hay billetes”. Es verdad que el miedo al virus contribuyó a que no se formaran grandes colas en las taquillas, pero ahí está el dato.

-El nivel de exigencia de los tendidos de Madrid y Sevilla ha bajado varios peldaños. Este año ha prevalecido el triunfalismo sobre la exigencia sabia y generosa.

-Las ganaderías de Domingo Hernández, Garcigrande y Juan Pedro Domecq han sido las que más han lidiado en 2021, según la estadística del portal Mundotoro. El taurinismo aún no es consciente de que la previsibilidad del toro comercial no es el mejor reclamo para la afición.

-La desunión del sector sigue siendo la nota más destacada de la tauromaquia del siglo XXI, junto a la sensación real de que los principales enemigos están dentro del sistema.

-La fiesta de los toros aún no cuenta con una estrategia común para afrontar el futuro, que no se presenta nada fácil.

-Y el Gobierno… El pasado 7 de octubre anunció que los toros quedaban excluidos del bono cultural al que tendrán derecho quienes cumplan 18 años en 2022.

Luces y sombras de una temporada extraña; lo mejor es que la tauromaquia sigue viva; lo peor, que aún padece graves patologías que exigen un tratamiento urgente y eficaz si se pretende que el semblante ceniciento de principios de año no se vuelva intensamente lívido.

Publicado en El País.

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