Morante: la espiga y la muleta.

Si, como sostenía Rafael El Gallo, torear es tener un misterio que decir y decirlo, Morante lo proclama cada tarde de corrida. No es torero de grito ni zapatillazo en el albero, sino de dominio con guante de seda.

Por Gloria Sánchez Grande.

Morante de la Puebla nació torero. En ningún momento “decidió” serlo; simplemente, lo fue desde siempre. Cosas del destino. Pegó su primer muletazo siendo un niño, en la placita de tientas, ya ruinosa y devorada por la maleza, de Pérez de la Concha, un cortijo de finales del siglo XVIII por donde pasaron todos los grandes del toreo, como Joselito El Gallo o Juan Belmonte. Su padre, Rafael Morante, lo acompañaba a los tentaderos y herraderos de la zona de la marisma. Era Rafael un hombre humilde, como toda su familia, trabajador en la fábrica de arroz. Desde el principio, La Puebla del Río se volcó con aquel crío, con aquel torero en ciernes. Así empezó todo.

Más de treinta años después de aquello, el niño que jugaba al toro a orillas del Guadalquivir, esa cinta de plata y peladas márgenes que cantaba Fernando Villalón, se ha convertido en un torero de culto. Algo más. En el torero más imprevisible de la tauromaquia moderna donde, por otro lado, se cría y lidia el toro más previsible de todos los tiempos. Ir a ver a Morante a una plaza es una incertidumbre, una incógnita insondable. Si, como sostenía Rafael El Gallo, torear es tener un misterio que decir y decirlo, Morante lo proclama cada tarde de corrida. Todo en él huele a torero. Su tremenda personalidad ha conquistado a la afición tanto desde la vertiente racional como desde la sentimental; pero a esto también ha contribuido su conocimiento de todas las suertes y encastes, su sentido de la medida y, por supuesto, su valor, que no es un valor fatuo, sino asumir el riesgo cuando verdaderamente merece la pena. Morante no es torero de grito ni zapatillazo en el albero, sino de dominio con guante de seda.

A menudo, su barroquismo en la arena lo asemeja más con Belmonte que con Gallito, su ídolo y referente. Porque la contradicción también vive en Morante. Y las sombras del alma. Episodios depresivos, afortunadamente ya superados, lo tuvieron apartado de los ruedos en el pasado. Pero se torea como se es y como se está, y Morante, en su mesa de despacho, otrora propiedad del menor de los Gallo, ya ha firmado más de cien contratos para este año, echándose a las espaldas todo el peso de la temporada: el rey de la Feria de Abril sevillana -a lo largo de 2022 hará el paseíllo en La Maestranza en seis ocasiones-, triplete en el ciclo madrileño de San Isidro o su regreso a la Feria del Toro de Pamplona son solo algunas de las citas que jalonan los próximos meses del sevillano, quien aprovecha los pocos ratos sin torear para pasarlos junto a su familia en La Puebla. Amigo de sus amigos, el hijo de Rafael apenas ha cambiado sus costumbres y, entre sus aficiones siguen estando el boxeo y las peleas de gallos.

Ni nadie se le parece ni él se parece a nadie. Enemigo de la uniformidad, es contrario a que los jóvenes aprendan a torear en escuelas taurinas, defendiendo el ideal romántico de la tapia, el encierro popular y el tentadero, en una época en la que incluso la marisma de su niñez se ha quedado sin ganaderías, sin los toros de Miura, de Pablo Romero o de Concha y Sierra. En Morante confluye la historia del toreo, una tauromaquia cultural y sentimental, que poco a poco ya no encuentra sitio en el mundo de hoy. En las horas crepusculares de esta religión pagana, la marisma dio a su mejor torero. Sus compañeros de profesión afirman sin rubor que Morante lleva dos temporadas “intratable”. Nadie le hace sombra a la hora de hacer el paseíllo. Y todo esto sucede en su 25 aniversario de alternativa. Sus bodas de plata como matador de toros. Cuánto tiempo seguirá Morante activo es otro misterio. En otro guiño que puede recordar a Joselito El Gallo, tras los estragos económicos de la pandemia y la hostilidad del animalismo, el sevillano ha decidido ponerse al frente y llenar las plazas, anunciándose tanto en pueblos como en ferias de tronío, sin olvidar numerosos festivales benéficos.

Ya que en la vida pocas cosas son fruto de la casualidad, el símbolo de La Puebla del Río es una espiga, una espiga de arroz emblema de los inmensos arrozales que comparten espacio con los pinos y los eucaliptos. También los toreros llevan una espiga bordada en la media de torear. Aunque su origen es bastante incierto, algunos sostienen que la espiga torera es un recuerdo al pan de la vida, el oro de la tierra y la fe del sembrador. Morante, con toda su incertidumbre a cuestas, volverá a pasear la espiga por el óvalo maestrante el próximo 17 de abril, Domingo de Resurrección, e incluso los más faltos de fe, por unos minutos, volverán a creer, un prodigio solo al alcance de los genios como él. Nació torero y no podía ser de otra manera.

Publicado en Europasur

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