Obispo y Oro: El «mano a mano» fue un monólogo.

Por Fernando Fernández Román.

Talavante volvió, y volvió como nuevo. Hecho un pincel. Magro y atlético, con la mente ordenada y un apreciable contingente de ambiciones por estrenar. La pregunta, es: ¿por qué había de entrar de nuevo en escena “mano a mano” con un torero emergente? ¿Qué tenía que dilucidar Talavante con Juan Ortega, o viceversa? Probablemente ni siquiera habrán compartido tentaderos; o quizá, sí, en las fincas extremeñas donde se alojaban los jandillas que en la tarde de ayer se hallaban entorilados en Las Ventas de Madrid. En cualquier caso, el cartel de ayer no podía tomarse como un duelo en la cumbre, puesto que nadie había desafiado a nadie. Más bien se trataba de un arreglo –un apaño—para encajar a ambos en el laberinto de nombres, fechas y salarios que conformarían los carteles de la feria de San Isidro; en definitiva, se trata de un puzzle que recibe todas esas piezas, disgregadas en patulea, como si se tratara del campo de Agramante donde se refugia la Discordia que facilitó la victoria de Carlomagno contra los sarracenos. En un momento dado, ¡zas!, se contentó a Talavante y al joven Ortega con un toro más cada uno y… pelillos a la mar; pero no puede tomarse el cartel como un “toma y daca”, porque ambos toreros tiene muy poco –nada– que reivindicar y menos que reprocharse. Uno entiende que el “mano a mano” en el toreo debe considerarse un pleito en trance cuasi de pendencia, una cita de rivalidades, con sus correspondientes seguidores posicionados de forma visible en los graderíos. Conste: no se llama a nadie a la guerra, pero sí al estímulo y a la efervescencia de la pasión. ¿Dónde estaban los apasionados ayer en Las Ventas? En sitio ninguno.

La cosa ya se puso de manifiesto con el desconcierto generado por las ovaciones que se tributaron nada más deshacerse el paseíllo. ¿A quién se dirigía la primera, a Talavante? Así debió entenderlo el extremeño, que respondió al cerrado palmoteo con una reverencia, montera en mano, desde terrenos de tablas. Entonces, sonaron pitos, y salió Ortega, por si acaso era él el reclamado; pero, tampoco. Por fin se aclaró todo: la ovación, cada vez más cerrada y contundente, era para el “sobresaliente”, Álvaro de la Calle, heroico matador de cinco hermosos toros en este mismo ruedo, el pasado domingo de Ramos. Bien merecido tenía este homenaje. Ahora solo falta que le coloquen en un cartel en una de las corridas, ad hoc, que precisen sustituto.

Hechas las oportunas consideraciones, lo cierto es que el “mano a mano” de ayer consiguió que la Plaza se llenara. O sea, que algo de morbo debía haber. Y si no lo había, se inventaba. Solo se precisaba que los toros de Jandilla pusieran de su parte los factores que trocar una ficticia rivalidad en un obstinado enconamiento. “En cuanto embistan dos o tres toros por derecho, aquí se va a formar la mundial”, decían a mi vera los aficionados más optimistas. Tampoco se pedían imposibles. ¿No van a embestir la mitad de los toros de una ganadería tan depurada y tan galardonada en esta Plaza? Pues, no, señor. Embestir, lo que se dice embestir, solo el tercero, precisamente el que estaba herrado con el marbete de Vegahermosa –para el caso es lo mismo que Jandilla–; pero, ¡cómo embistió ese toro!, como un tren de alta velocidad en vísperas de descarrilar. Para que así fuera, Alejandro Talavante lo dejó crudito en el caballo de picar y, claro, se le vino como un torbellino desde las tablas a los medios. Allí le esperaba Alejandro con la muleta en la mano izquierda y las zapatillas enterradas en la arena, por encima de las cuales pasaba una y otra vez aquél ciclón aparentemente descontrolado, pero magistralmente conducido por el timonel Talavante, sereno, altivo, solemne, señorial. Algunos naturales salieron enganchados, porque la velocidad del toro era tremenda; pero, amigos, ¡qué emoción desprendían tales encuentros! La faena fue larga –sonó un aviso–, porque el motor del animal parecía acelerarse en cada arrancada. Solo al final el toro cedió su fiero impulso a unas acometidas más atemperadas. Fue entonces cuando las series de muletazos surgieron ceñidas y templadas, rematadas con hondos pases de pecho, o trincherillas del mejor buen gusto. La estocada, letal, dio paso a una oreja indiscutible. Nadie protestó. Solo faltaría.

Y poco más que contar, porque antes de lo recién referido Alejandro hizo su particular precalentamiento con un jandilla que se dejó pegar en varas, pero no apretó, y en seguida empezó a renegar de la pelea, comportándose como un sansirolé, que es como en mi pueblo se llama a la gente bobalicona. Por su parte, Juan Ortega solo dibujó dos verónicas de corte exquisito al segundo toro, un jandilla de preciosa estampa, acucharado de cuerna y bajito de cruz. Le dio esas verónicas y otras menos templadas, porque el toro se mostró bravo y encastado, incuso en el tercio de varas… hasta que echó el freno magdaleno y se pasó a la defensiva. Este tipo de toro, que no pasa de media arrancada y se queda con el hocico sobre el lazo de las zapatillas, desconcierta a cualquiera. Más a un torero como este Ortega, exquisito en los andares y pulcro en la delineación de los pases. Le ocurrió otro tanto en los otros dos jandillas de su lote, cuyo mal juego hizo que sus partidarios perdieran toda esperanza de gozo, viendo torear, y triunfar, a su diestro favorito; y, lo que es peor, acabaron por desarbolar a este torero, sacando a relucir su versión más pusilánime. También Alejandro Talavante hubo de desistir de porfiar con el quinto toro, blandito y de corto recorrido.

En lo positivo: se mató toda la corrida al primer viaje. La mayoría de las veces, bien, en todo lo alto, con los factores de corrección habituales, según exigencias. Ni un pinchazo. En varas brilló especialmente Óscar Bernal, en la brega y en banderillas Miguelín Murillo y El Algabeño, además de Curro Javier, que se jugó el tipo en dos pares soberbios. Ya ven que no todo fue desencanto en la corrida en que se enfrentaron uno que vuelve y otro que quiere ascender. El que no se contenta es porque no quiere; pero, en puridad, el “mano a mano” no fue un diálogo entre dos, sino un monólogo (de Talavante).

Publicado en República

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