Feria de San Isidro: Triste encerrona de Ureña: historia de un naufragio.

El matador lorquino se estrella en su apuesta en solitario con seis escogidos toros de apagado juego y corta la única oreja a un sobrero de Mayalde.

Por Zabala de la Serna.

Paco Ureña, desde el túnel de los seis toros, o desde el filo de ese abismo al que una contratación compleja de San Isidro le había abocado, se asomó a la inmensa soledad del ruedo, a su encerrona -vestido de coral y oro-, agarró un puñado de arena y se lo guardó en el corazón. Un modo de decir dónde lleva esta plaza que lo rescató del ostracismo, rendida a la pureza de su entrega. Madrid ardía en pie con una ovación de reconocimiento a su gesto, la apuesta de un hombre con un solo ojo.

Los plácemes pronto se tornaron lanzas por la presencia del primer toro del soliloquio, el único cuatreño de los seis ejemplares de diferentes hierros, que definía perfectamente el estereotipo del toro de Sevilla. Un tacazo de La Ventana del Puerto, hecho con un gusto extraordinario. Lo malo es que carecía de poder alguno en sus buenas intenciones.

El cinqueño de Domingo Hernández, abierto de cara, bajo, cortas las manos y prominente morrillo, apuntó notables cosas tras (y en) su paso por el caballo. Una humillación no percibida hasta entonces. Ureña despejó el ruedo y se clavó por chicuelinas de compás abierto, coreadas por su ajuste. El vuelo de la hermosa larga mirando al tendido provocó un estallido de entusiasmo. No era la primera vez que el lorquino practicaba el guiño efectista ni sería la última: abusaría de ello. Prometía el garcigrande. El brindis al público lo presagiaba también. A los estatuarios sobre la boca de ruedo siguió una serie de naturales larguísimos, el viejo Ureña renaciendo. Pero el toro se encogió en las siguientes tandas, sin darse. Cuando el torero se fue de la cara, le dejó respirar y volvió sobre la otra mano el toro le regaló otra vez una repetición de notables embestidas. Como un oasis antes de retraerse de nuevo. Ureña insistió por demás, queriendo extraer agua del desierto. La espada, otra vez, funcionó regular.

El cárdeno toro de Adolfo salió presagiando mansedumbres, desentendido de capotes, sin celo en el caballo, tras la mata en banderillas, esperando cual predador agazapado. La cuadrilla pasó las de Caín para dejar los cuatro palos como las cuatro plumas. Paco Ureña se puso sin saber bien cómo meterle mano. Procedía doblarse, una macheteo de pitón a pitón, una faena de aliño. Pero se expuso por una y otra mano encontrando instintos navajeros, una pelea de barra como repuesta. Un desarme con el toro por dentro, un ¡ay! por la barriga, una cesárea fallida. No pasó de una sola vez con el acero, y en viaje siguiente tampoco cruzó: una estocada corta, atravesada y tendida necesitó del descabello. Ocho golpes como una tortura china.

El cielo se fue cargando de nubes negras, los pronósticos también, augurando tormenta. El bochorno irrespirable parecía pesar también en el toro de José Vázquez, que se dormía con un somnolencia contagiosa. Sus hechuras cinceladas, de zapato, escondían un fondo bondadoso sin motor, una humillación sin empuje. No hubo quites, ni ritmo, ni opción a la variedad. La faena fue un planeamiento de derecha, izquierda, derecha. Como jugar al frontón con el toro agarrado al piso, acochinado en su ser.Tras una tanda extraída con sacacorchos por la mano derecha, se oyó una voz: «¡Hay que elegir mejor el ganado, Paco!». Pero Ureña y su equipo habían elegido todo con sumo esmero, apostando por las hechuras. Qué más hubiera querido que saber qué escondían los bombones. La espada fue su cruz de nuevo.

Por si fuera poco el tostón del triste espectáculo, saltó el de Juan Pedro, altón y lavado de expresión, el peor hecho y el menos serio. Fue devuelto porque se abría y porque tocaba. Como envío previo a su corrida, a la que van a esperar para celebrarle los éxitos (sic) de Sevilla, JP es un genio. Sobre el buen sobrero del Conde de Mayalde, el cielo descargó la tormenta. Y, como si la lluvia y el viento recargaran la energía de Paco Ureña, se desgarró en una faena que arrancó todos los oles contenidos de la tarde. Un bramido atávico y agreste. Tras la última serie de naturales, tan roto y desmadejado Ureña, montó la espada y cobró la estocada que tanto se le resistía. Al diluvio se sumó una lluvia loca de almohadillas. Un entusiasmo mega paleto que inundó el ruedo de cojines. La oreja cayó como un trueno de pasiones, dejando una rendija abierta a la esperanza.

Pero el último cartucho, de Victoriano del Río, alto, desentonando de las armonías anteriores, como el de Juan Pedro, traía la pólvora mojada. Tan desentendido. Ureña se expuso en el otro quite de la tarde -por gaoneras- y quiso sin opciones con aquella embestida desengañada. Ahora metió, de nuevo, bien el brazo con la espada. Que no evitaba ya la historia de un naufragio.

Monumental de las Ventas. Sábado, 21 de moyo de 2022. Décimo cuarta de feria. Tres cuartos de entrada. Toros de Toros de La Ventana del Puerto, Domingo Hernández, Adolfo Martín, José Vázquez, Juan Pedro Domecq y Victoriano del Río, todos cinqueños menos el 1º; y un sobrero del Conde de Mayalde (5º bis), el mejor; de buenas hechuras en conjunto y apagado juego; 5º y 6º altones y cuesta arriba rompieron las armonía.

Paco Ureña, de coral y oro. Pinchazo hondo y tres descabellos (silencio). En el segundo, media estocada tendida (saludos). En el tercero, pinchazo, estocada corta atravesada y tendida y ocho descabellos (silencio). En el cuarto, tres pinchazos y estocada (silencio). En el quinto, estocada (oreja). En el sexto, estocada (ovación de despedida).

Publicado en El Mundo

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