Obispo y Oro: ¡Viva el Toreo! Por Fernando Fernández Román.

Los Lozano quisieron ponerle variedad al lote de toros que embarcaron para la corrida de Beneficencia, y lo lograron. Del que abrió el festejo, negro meano, al cárdeno claro salpicado, alunarado, botinero, caribello y coletero que lo cerró, las pieles de los toros de Alcurrucén eran todo un muestrario de cromatismo: berrendo en negro, lucero corrido, coletero y gargantillo, el segundo; negro., sin más matices, el tercero; colorado, el cuarto, y también el quinto. Los pones alineados en un corral y forman un cuadro de variedades, sí, pero de pelo. Lo del famoso “fondo” de Alcurrucén solo se intuyó en el colorado de Morante… y porque es Morante, que si es otro el torero, a lo mejor atosiga al toro y no le da ni uno. En realidad, la corrida no se comió a nadie, pero tampoco alimentó la buena fama del dichoso “fondo”, ya que ninguno se puso a embestir con fuerza y transmisión, que es lo que se pretendía; de esos que acaban desbordando al toreador si les da por embestir con derechura. Hurgaba Morante en el primer zapatito, bajito de agujas, cortito de manos… y cortito de todo y no hacía pie, es decir, no encontraba el “fondo”. Le protestaron (al toro), pero era un Núñez legítimo, ancho de pechos y estrecho de sienes; lo que ocurre es que era tal su negación de participar en la lidia que el de la Puebla no se dio coba. Ya desenvainó la espada de acero al pedir la muleta, señal de que el trasteo iba a ser breve. En efecto, tras un cortejo de acá para allá, sin pizca de convencimiento, Morante atacó con el estoque varias veces, pero no lo hundió suficiente hasta el cuarto intento, refrendado con dos descabellos… y sonaron pitos. A continuación, El Juli se metió de firme con el berrendo, esperando que la humillación que ofrecía ante los capotes continuara, incluso aumentara, ante la muleta; pero, quiá. Solo encontró un retazo de “fondo” ya bien avanzada la faena, a base de provocar la arrancada con el estímulo del pisotón, animando en el arranque y el viaje con la voz animadora del “¡vamos, toro! ¡vaaaaamooos!”, porque la animación en estos casos provoca una catarsis colectiva, un estado de ánimo que suele ser el inicio de grandes obras, a su vez valedoras de grandes triunfos. Para entendernos: que el “fondo”, cuando se encuentra, es poco menos que un hallazgo valiosísimo. Y en eso estuvieron Morante, El Juli y Ginés Marín en la primera parte de la corrida, hasta que se desengañaron de tanto picar piedra; sobre todo Ginés, que tenía que revalidar el éxito lisonjero de hace unos días; y tanto el uno como el otro se tuvieron que conformar con pegar pases y más pases, cada uno con su preámbulo de pisotón y tente tieso, para seguir con el “¡vaaaaaamos, toro!”, de viva voz. En esas cosas estábamos cuando sonó un aviso, con el toro herido de muerte por una estocada hasta la mano. Hasta ese momento, nada de nada. Si acaso, alguna verónica de Marín… y para usted de contar. Tedio. En puridad, la corrida no se comportó como esperábamos. Hubo toros que se arrancaron bien al caballo, derribando con estrépito, y otros que salieron de naja en busca de salidas. O que pregonaron su mansedumbre sin el menor recato. Más tedio.

En unos andurriales de vacas viejas y sementales nuevos me había enfrascado con los vecinos habituales de localidad cuando salió al ruedo el cuarto toro de la tarde. Se llamaba Pelucón y tenía el pelo colorado. La mayor virtud de este toro, la fijeza. El mayor defecto, la pereza en arrancar y la dormidera de su embestida. Entonces apareció Morante, se encendió el conmutador de la inspiración y la chispa del arte del toreo lo iluminó todo. Qué belleza de faena, comenzada por alto por ayudados magníficos rematados con la trincherilla o el trincherazo, según. Y qué largos los pases de pecho, y que soberbios lo naturales, y los adornos, y las zaragatas morantistas que Morante muestra cuando le viene en gana. Fue una sinfonía de toreo en Las Ventas, un concierto sin instrumentos musicales. Morante lo era todo, instrumento, músico e intérprete, a la vez. ¿Mejor faena que la de Sevilla? Distinta. En aquélla, hubo toro peleón; en ésta, corderillo obediente, de perezosa embestida. Ah, y clavó una estocada, de la que salió tropezado por el cuerno derecho, dio dos descabellos y le concedieron una oreja… Pero, qué más da. ¡Al cuerno los despojos! Lo que queda registrado en la memoria es la obra de arte. Y las obras de arte no se explican: se ven y se disfrutan. El arte es intemporal y etéreo. ¡Viva el Toreo!, con mayúsculas. No se me ocurre mejor explicación.

El Juli enlotó lo más desabrido de Alcurrucén, aunque es probable que su esforzada faena al berrendo, ya citada, puede que hubiera tenido premio sin llega a matar… pero no llegó, así que hubo de conformarse con el palmoteo generalizado. El quinto, frío de salida, recibió dos magníficos puyazos de José Antonio Barroso, y sin embargo llegó al tercio final con la cara por las nubes y el ánimo refractario al trasteo de la lidia. Brindó Julián a Emilio de Justo, que “lucía” un collarín gigantesco. “Para mí es un orgullo ser tu sustituto en esta corrida”, le dijo en el brindis. Una declaración que es todo un ejemplo de compañerismo, amistad y sensibilidad. Ole tú, Juli. Solo por eso el toro debería haber embestido; pero, no. Fue de una sosería abominable, tanto, que desesperó al torero, al punto de liarse a pinchar sin ningún recato. El sexto era de una belleza descomunal. Altivo, serio y retador, su pelaje era para enmarcar. Una pintura de toro… y un manso de libro. Ginés Marín se peleó con él en terrenos de chiqueros, que es donde más “pesan” los toros. Faena larga y meritoria, aprovechando las oleadas intempestivas del guapo animal, sobre todo las que se dirigían a los adentros, hacia las tablas. Le pegó una estocada que pareció suficiente para ganar la oreja, pero el toro se amorcilló junto al estribo del 3 y no claudicó hasta pasados unos minutos, los suficientes para que sonaran hasta dos avisos. De oreja a ovación hay una diferencia abismal; pero así terminó esta corrida de Beneficencia, con la Plaza llena hasta las tejas y la presencia en el Palco de Honor del Rey Felipe VI, acompañado por la Presidenta de la Comunidad y el Alcalde de Madrid.

Qué suerte tiene, majestad, va una vez al año a los toros y le toca el premio Gordo: ver a Morante inspirado. En doña Manolita no lo hubieran superado.

Publicado en República

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