Histeria y devoción: José Tomás vuelve al ruedo tres años después.

Por Rubén Amón.

Resulta que las reservaciones de hotel se agotaron nada más al anunciarse, el pasado 7 de marzo, la reaparición de José Tomás en Jaén. Y con las entradas sucedió lo mismo. La venta ‘on line’ —17 de marzo— precipitó tal psicosis que se consumieron 12.000 localidades en cuestión de un par de horas. Vuelve JT a los ruedos. Lo hace este domingo en Jaén (12J). Y congrega una romería de partidarios que reanudan el culto al ‘monstruo’ tres años después de haberse producido la última ‘revelación’ del maestro.

Y es verdad que se celebra el día de la patrona, pero los vecinos de Jaén no han tenido privilegio ni ventaja respecto a los foráneos. José Tomás torea en su propia burbuja, en su líquido amniótico. Con su gente. Para su gente. Una endogamia elocuente y… relativa, pues la vuelta del torerazo de Galapagar engendra un impacto turístico desproporcionado y estimula a la casta de la reventa, como sucedía en los ‘viejos tiempos’.

La excepcionalidad concierne hasta al cartel. Porque lo ha pintado Miquel Barceló, amigo del matador y expresión cosmopolita de un fenómeno taurino que define o describe una trayectoria heterodoxa. José Tomás torea cuando quiere, donde quiere y como quiere. Muy poco, pero a su antojo. Cuestión de mandar. Y de reanimar la leyenda que alumbra al último figurón contemporáneo. Nadie ha ocupado el sitio de José Tomás. Y no solo por las apreturas o por el carisma, sino por el grado de repercusión en la sociedad. Un héroe extemporáneo, un caballero andante, una categoría espectral.

El acontecimiento de la reaparición también concierne a la plaza de Alicante (7 de agosto), aunque es Jaén la plaza que remarca la reanudación de las pasiones, más todavía cuando el diestro madrileño comparece como único espada y en el contexto de una fórmula insólita: no lidiará seis toros, sino cuatro. Se explica así el desconcierto que ha originado el regreso en el ‘sector taurino’. Por la solución abreviada del espectáculo. Y porque José Tomás ha eludido las reglas de la competencia, no ya sabiéndose primer beneficiario de un público devoto y entregado —aficionados de toda España, de Francia, de México, de Portugal—, sino porque tampoco ha querido anunciarse con otros colegas. Y porque esta encerrona a medias define una reaparición a medida. Incluidos los toros y las ganaderías que él mismo ha seleccionado (Juan Pedro Domecq, Victoriano del Río, Álvaro Núñez).

Es el contexto en el que los taurinos reprochan a JT haberse desentendido de las obligaciones generales con la tauromaquia. Más ahora, cuando a la Fiesta le convendría identificarse con un símbolo tan rotundo, tan poderoso. Y es verdad que José Tomás nos hace falta, pero la entrega del maestro en los años de plenitud, las cicatrices que martirizan su cuerpo y su condición de torero de época, le conceden todo el derecho a administrarse como quiera. Un elixir escaso. Un prodigio que se consume a cuenta gotas.

Y un torero fuera del espacio y del tiempo. José Tomás no se mide ni con las primeras figuras (Morante, Juli, Roca), ni con los colegas artistas (Aguado, Urdiales, Ortega), ni con los currantes de la clase media (Luque, Ureña) ni con las figuras emergentes (Rufo, Téllez).

Es el contexto de histeria y de devoción que implica la presencia ausente de José Tomás. Se ha convertido el maestro en la definición taurómaca de Salinger, o de Kubrick. No estar es su manera de manifestarse. Menos torea y se exhibe, más se propaga y se radicaliza la leyenda, hasta el extremo de haberse convertido en una religión dogmática e intransigente. Ha regresado JT de la extremaunción un par de veces y tiene un chaval de once años, motivos suficientes no para abjurar del linaje de los ‘bushidos’ japoneses, pero sí para espaciar los episodios de exposición sobre las vías del tren.

José Tomás (Galapagar, 1975) es el torero que menos torea y que más dinero gana. Y el único que ha llevado al extremo de la inmolación la guerra contra la televisión y contra el sistema empresarial. Por eso se ha ido acorralando a sí mismo. Y por la misma razón sus actuaciones evocan el delirio de los viejos tiempos. Cuando los aficionados se informaban por la radio. Y cuando los toreros se convertían en escultura de bronce, como pasaje de iniciación hacia la inmortalidad. Jaén es testigo.

Publicado en El Confidencial

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s