Opinión: Entrarle al toro.

Por Nicolás Alvarado.

No soy entusiasta de la fiesta brava pero tampoco su detractor: he ido una sola vez; me interesó pero no como para volver. Más que fervor o indignación, me produce curiosidad intelectual, sobre todo desde que viera el extraordinario documental «Un filósofo en la arena (Aarón Fernández Lesur y Jesús Manuel Muñoz, 2018; a la renta en YouTube) y, a partir de él, conociera al francés Francis Wolff, autor de una Filosofía de las corridas de toros (Bellaterra) que invocaré para tratar de pensar lo que sucede hoy con los toros en la Ciudad de México.

Ante un amparo promovido por una asociación civil, el juez federal Jonathan Bass ha ordenado la suspensión definitiva de toda corrida de toros en la capital del país, con el argumento de que el trato “degradante” que se prodiga a los animales en ellas se opone al derecho ciudadano a un medio ambiente sano. (Los afectados –es decir la Plaza México– tienen 10 días hábiles para impugnar la decisión, lo que preparan ya, y redundará en un proceso judicial largo).

El libro de Wolff –cuya lectura recomiendo no tanto para reivindicar las corridas de toros como para internarse en la complejidad del tema– ayuda a desmontar ese argumento con facilidad. Primero porque sostiene con lucidez que el trato que se da en vida a los toros de lidia es mucho menos degradante que el que se dispensa a las reses criadas para darnos leche, privadas de libertad de movimiento, presas en estructuras metálicas en las que no son sino mero engranaje intercambiable de una máquina de ordeña. Especie en todo distinta a las reses de engorda, y desarrollada como tal a partir de una voluntad humana por apropiársela sin por ello hacerla mansa, la natural desconfianza de los toros de lidia y su agresividad hacia el otro –en particular hacia el otro humano– son reforzadas en su crianza. Viven libres y a su aire hasta los últimos 20 minutos de su existencia, cuando mueren en lo que Wolff llama un combate “desigual pero leal”, eminentemente digno. El razonamiento es sólido, tanto como para hacernos cuestionar la idea de degradación.

Más frágil aún es el argumento ambientalista, ya sólo porque quienes mueren en la arena pertenecen a una especie que no tiene función distinta a la fiesta brava, y que ante su imposibilidad de brindar leche, carne o cuero se extinguiría de manera irremediable en caso de triunfar la prohibición. Súmese a esto la súbita pérdida de empleos en esa industria, y la decisión intempestiva de suspender las corridas se revelará todo salvo sustentable.

La ética de la tauromaquia y sus repercusiones jurídicas ameritan un parlamento abierto en el Congreso capitalino, una instrumentación gradual de la ley resultante, y políticas de reconversión industrial y ambiental. Ameritan, pues, no andar posando con orejas y rabo sino entrarle al toro.

Publicado en El Heraldo de México

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