Corridas de toros, teatralidad de la vida.

Por José Cueli.

Al descartar la Suprema Corte de Justicia de la Nación dar estatus de patrimonio cultural de la humanidad a las corridas de toros, se la está dando. En última instancia, las corridas de toros son la representación teatral de lo que es la vida de los habitantes de un país. La famosa crueldad a los animales que se menciona una y otra vez para considerarlo patrimonio de la humanidad es parte de la esencia misma del ser humano y de los animales.

En cambio, lo prohibido confiere un valor propio a lo que es objeto de prohibición. Lo prohibido de la acción prohibida, un sentido del que antes carecía. Lo prohibido incita a la transgresión, sin la cual, la acción carecería de esa atracción maligna que seduce, reflexionaba Georges Bataille.

En el pensar de Bataille, el fondo es religioso, trágico, a veces inconfesable, su origen perdido en los tiempos, o sea, no hay origen, es cercano a lo divino. Tal vez, el único sendero para aproximarse al erotismo incluida la crueldad será el estremecimiento que guarda íntima relación con otro estremecimiento, aquel con que nos sacude la angustia de muerte. No podemos pensar el erotismo si lo despojamos de lo religioso. En la misma forma que a las corridas de toros y la crueldad.

Fue Dionisio, el dios, cuya esencia divina es la locura y la religión como básicamente subversiva impone el exceso, el sacrificio y lo festivo a la culminación que llevaría al éxtasis.

La divinización dionisaca del mundo es el camino abierto hacia lo que Nietzsche llama nuestro nuevo infinito, y bajo seductora sonrisa Dionisio es un dios cruel, incitador de la vida como dispendio y como proceso perpetuo de sí misma.

A lo que Jacques Derrida agrega que, a lo largo de toda la historia, nuestra sociedad occidental se ha definido invariablemente por unas aspiraciones muy concretas: la búsqueda y el logro de la máxima eficacia, el enriquecimiento y la utilidad más absoluta; es decir, la conquista del saber del poder cogida por una mezquina lógica utilitaria, necesaria para la sobrevivencia del sistema y de las instituciones, en un sistema que no arriesga absolutamente nada. Las instituciones imponen un lastre de violencia a los grupos sociales, moviéndose solamente entre la búsqueda de la familiaridad y el rechazo del riesgo.

En resumen, tomo de Jacques Derrida en su lectura de Freud, tratar de lo que no está presente en el discurso y en lo que, por así decirlo, consiste paradójicamente su efectividad. Propone buscar la “a-tesis”, las “resistencias”, y no la presencia del discurso, sujeto oblicuo, interesado así en atrapar los recorridos de la escritura interna en que se mueve el sistema en sus gesticulaciones, la dicha escritura, el desciframiento, el abrirse paso que es la escritura interna. La mitología blanca (márgenes de la filosofía) que no se ve, pero está presente.

Publicado en La Jornada

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