Feria de Julio: Delirio con Roca Rey.

El diestro peruano cuaja una gran tarde, en la que Román frustra a espadas una actuación importante.

Por Vicente Sobrino.

Roca Rey reventó la plaza en su primer turno. Sin paliativos. Como suena. Ya con el capote, en un quite combinado entre chicuelinas y tafalleras, la cosa lanzó el primer aviso de cómo llegaba el torero peruano. El toro, un castaño de proa muy seria, se sumó a la fiesta, aunque manseara en varas. Dos pares de Antonio Chacón, fueron ovacionados. Y Roca entró en acción. No hubo probaturas a la hora de tomar la muleta: Roca se hincó de rodillas en la boca de riego y de tal guisa le pegó dos cambiados por la espalda y otros tantos a modo banderazo. La fiesta no había hecho más que empezar. Con una insultante seguridad, y un tremendo valor, la faena fue una sucesión continuada de toreo por ambas manos. Muleta poderosa, mano muy baja, y un toro convencido para la causa que no paró de embestir. Los cambios de mano, sin espada en la mano, fueron la traca final. La plaza, un volcán. Y la estocada final, el colofón. Al toro, que manseó en varas, pero fue una máquina de embestir en la muleta, se le dio la vuelta en el arrastre. ¿Discutida decisión del palco? ¡Seguro!

No tuvo entrega el sexto. Toro que también manseó en varas, saliendo disparado del caballo al notar el hierro, y de oleadas en banderillas. Pero a Roca Rey le sirve cualquier toro. Y este manso, sin entrega, no fue menos. La faena, esta vez, no fue brillante, pero sí tuvo un gran fondo de capacidad. De cerca o a media distancia, cualquier posición le sirvió a Roca para traer y llevar al toro a su gusto y capricho. Mucha porfía, librando las embestidas del toro con una insultante solvencia. El toro no quería, pero su matador sí. Los alardes finales fueron la previa a una contundente estocada. Delirio en los tendidos.

Difícil el segundo de la tarde, primero de Román. No se dejó fijar con el capote, manseó en varas y en banderillas pasó un mundo antes de cambiar el tercio. Morante se puso galones de director de lidia, pero ni aun así. Por su parte Pablo Simón, que lidiaba este toro, sudó la camiseta en una labor de brega muy laboriosa. Descompuesto, barbeando tablas, llegó a la muleta de Román hecho una prenda. Pero el valenciano, firme y muy valiente, le sacó partido a un envite muy complicado. Con el toro aparentemente entregado, la faena tuvo poder: mano baja y trazo largo. Una labor de frenesí. Lucha sin cuartel. Por los dos pitones se puso Román y por ambos logró imponerse. Uno de pecho circular, monumental, fue una rúbrica acogida con entusiasmo. Para entonces, el toro ya se había puesto incómodo y más que se puso a la hora de matar. Román tuvo que rectificar varias veces, pero la espada no entró cuando debía.

De embestida cálida y de calidad, el quinto. Toro también de finas puntas, que tuvo su punto de mansedumbre en varas, pero que se entregó en el último tercio. El toro sorprendió a Román, que interrumpió la dedicatoria al público improvisando sobre la marcha unos ayudados. Brindado el toro, empezó la fiesta. Entrega total del valenciano y series muy ligadas en el toreo en redondo. Muy cosido el toro en la muleta poderosa de Román. Descarado siempre, Román abrió el compás en el toreo sobre la mano izquierda, por donde el toro también mostró su calidad. Los cambiados por la espalda, ligados sobre la derecha, llegaron mucho a la gente. Pero ¡ay! La espada de nuevo se cruzó en el camino y la posible puerta grande se esfumó. Una lástima. Se repitió la historia y al toro se le dio la vuelta en el arrastre. Solo cuenta, al final, el juego en la muleta. La mansedumbre en varas es cuestión baladí. O eso parece.

No solo le costó varios minutos al primero saltar al ruedo, sino que una vez presente se plantó ante los capotes sin querer saber nada. Laboriosa labor para que, al fin, el toro entrara al capote de Morante, que esbozó un par de verónicas marca de la casa. Pero el toro ya había cantado su condición. Bien castigado en varas, el de Victoriano del Rio se puso remiso, reservón e incierto. Un par de series con la derecha, con algún muletazo enjundioso y pare usted de contar. Incluso el propio Morante pidió a la música que dejara de tocar, en signo claro de que aquello no tenía presente. Breve trasteo y apuros al final cuando el toro hizo hilo y el torero puso pies en polvorosa.

El cuarto, muy gastado en varas, llegó a la muleta cansino, sin chispa. De embestida mortecina, solo le sirvió a Morante para dibujar algún natural, un par de ayudados y una trincherilla. Por el pitón derecho, el toro se puso en tierra de nadie e incomodó a Morante.

Del Río / Morante, Roca, Román

Toros de Victoriano del Río, de correcta presentación y desiguales de juego. A tercero y quinto, de gran calidad en la muleta pero que mansearon en varas, se les dio la vuelta al ruedo en el arrastre.

Morante de la Puebla: dos pinchazos (silencio); metisaca y media (silencio).

Román: cuatro pinchazos y estocada-aviso- (saludos): pinchazo, estocada, descabello -aviso- y otros dos (vuelta al ruedo).

Roca Rey: gran estocada sin puntilla (dos orejas); estocada sin puntilla (oreja).

Plaza de Valencia. 15 de julio. Segunda de Feria. Casi tres cuartos.

Publicado en El Pais

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