Fernando Sánchez, el banderillero del momento: “Creerme el mejor pudo frenar mi carrera pero rectifiqué a tiempo”

Por Javier Lorenzo.

“Tener la mente fría, ponerte en los medios y esperarlo. Esperar que llegue y ser consciente de que vas a entrar en la cara del toro y a salir apoyándote en los palos. Y otra cosa crucial, aunque suene mal, hay que tener dos cojones para llegar ahí”. Es Fernando Sánchez hablando del secreto del par de banderillas.

Un torero. Uno de los representantes y mejores intérpretes del segundo tercio. Puede que el más puro. Puede que también el mejor, aunque él no lo diga. Este fin de semana estuvo en Salamanca, en una de las muchas paradas que le llevarán de nuevo a las grandes ciudades de la temporada para recoger premios. La recogida de la siembra de un año glorioso.

Ciento y un paseíllos, todos en corridas de toros. Nadie superó su marca. Es uno de los nombres del año. Premio Manolo Montoliú al mejor par de banderillas de Fallas, también es suyo el que le acredita como el autor del mejor par de banderillas de la feria de Abril de Sevilla y el de San Isidro de Madrid. No son los únicos. La primera corrida de toros que banderilleó fue una de Miura en La Magdalena de Castellón en 2013 y, desde entonces, creció casi sin descanso.

Reconoce sus errores de 2015, pero supo rectificar a tiempo para seguir su ascenso. Autodidacta y discípulo de los más grandes. Siente verdadera admiración por Manolo Montoliú, a quien tiene como gran referente, además de reconocer que bebe de las fuentes de otros como Julio Pérez ‘Vito’, Paco Honrubia, Luis González… que pasaron a la historia con letras de oro.

Confiesa, sin falsa humildad, que aún tiene mucho que aprender. No le hacen falta presentaciones para saber que es torero. Calza zapatos de torear, pantalón vaquero y jersey azul marino de cuello alto, un elegante abrigo de tres cuartos lo cubre todo. Y así atraviesa la Plaza Mayor, con el porte de torero que no le abandona ni cuando no viste el traje de luces.

¿Siente el runrún del público al coger los palos?

—Desde por la mañana… Entras en Madrid y empieza el estómago a rugir, llega uno y te dice que te están esperando, que vienen a verte… Y ya empiezas a acumular responsabilidad. Cuando coges las banderillas y te vas a los medios, sientes ese silencio, ese runrún y no puedes fallar a tanta gente. A veces quisiera no tener tanta responsabilidad.

¿Cómo se supera eso?

—¿Sabes cómo lo he superado? Fallando…

El fallo os hace humanos…

—¡Claro! Al final tienes que fallar, tanto con la puntilla como con las banderillas para demostrar que no somos máquinas.

¿Qué le aporta Fernando Sánchez al toreo?

—Ni más ni menos que mis compañeros. Solo trato de engrandecer el tercio como han hecho todos los banderilleros. Hoy se banderillea y lidia casi perfecto, a un nivel máximo. Puede que estemos en el mejor momento del toreo.

Todos los toros son diferentes, los matadores le deben dar a cada toro su lidia, en su caso ¿también aplica una forma distinta al banderillear?

—Desde que sale el toro te fijas en todos los detalles: si tiene prontitud al llegar a los burladeros o se frena y lo tienes que llamar. Si remata o no, si a la hora de pararlo se abre en los vuelos del capote o no, si se vence, si embiste recto, si al finalizar el capotazo se va suelto o se queda corto, si repite. Me fijo mucho en el tercio de varas, la reacción en el caballo. Si lo ponen largo y va con prontitud, sé que en banderillas se me va a venir. La concentración es total desde el primer momento para absorber al máximo y actuar de una u otra forma.

En su caso además se ha notado una evolución bárbara hacia la pureza de la suerte… dos maneras diferentes de banderillear, yéndose al paso en busca del toro en sus inicios, o ahora, esperarlo en los medios para aguantar al límite.

—Conforme vas toreando, coges veteranía. Cuando empiezas, tienes tu concepto y no te sales. Pero hay toros que te exigen otros registros, dentro de la pureza, para banderillearlos. Dejármelo llegar es por eso. Si ves que hay un toro franco, que galopa, a la gente le emociona ver a ese toro como el banderillero lo espera, sin moverse, para dejarle los palos en apenas dos palmos. Eso es bonito. Lo hice tambien por ver si era capaz de aguantar o si solo sabía hacerlo andando. Algo psicológico.

¿Eso no se le puede hacer a todos los toros?

—Hoy se manejan mucho los toros en las fincas, aprenden y eso los hace muy complicados. Hoy el toro que sale a la plaza es muy difícil para banderillear. El más duro hoy puede ser el de Garcigrande aunque luego, para la muleta, son extraordinarios, pero para nosotros, creo que ha superado al toro de Cuadri en dificultad.

¿Qué ganaderías son las que más le inquietan?

—Me preocupan, no por banderillas sino por la puntilla. Cada encaste tiene una muerte diferente en el testuz. Eso me obsesiona. Con los palos, las que más me incomodan son Garcigrande y Victoriano del Río, por su movilidad, fiereza, elasticidad. Luego son muy buenos para el triunfo y para los toreros, extraordinarios. Entonces que sigan saliendo así para que haya triunfos de los toreros, que son los que deben brillar. Las que más me gusta banderillear son Victorino y Adolfo por cómo lo hacen por abajo y como enseña el lomo y te deja llegarle a la cara y luego no te aprieta mucho.

Sin preguntarle me lo ha dicho varias veces, ¿le preocupa más la puntilla que las banderillas?

—Sin duda, lo que me da de comer de verdad es la puntilla, es lo que hace que me llamen los toreros. La regularidad con la puntilla es mi obsesión.

¿Y si se le levanta un toro al apuntillar?

—Cuando fallo es como si me hubieran pegado dos tiros. Es lo peor que me puede pasar, una sensación amarga. Si fallas, lo levantas y se vuelve a echar, el corazón se pone a tres mil. Hay que pensar que no ha pasado nada porque te desmoralizas y es peor. Este año levanté uno de Samuel dos veces en San Isidro. Lo tuvo que descabellar Morenito. Es de las peores tardes de mi vida, por bien que banderilleara. Prefiero poner un par mal y que no se me levante un toro que al revés. Si fallo con la puntilla la tarde ya es catastrófica para mí.

Los aficionados nos fijamos en su pureza, en lo bien que banderillea y usted valora la puntilla…

—Cierto. Hay veces que piensas, me meto encima. Y, antes de que se levante, dices: Si me tiene que coger que me coja. Si me coge es la excusa que tengo. Muchas veces lo pensamos y es verdad. Es sobre todo preparación mental. A lo largo de la temporada, desde que llevo toreando a pie, hay 4 o 5 tardes en las que me quiero morir con la puntilla, estoy loco porque los descabellen, me entra un pánico… que incluso tengo que ir a un psicoanalista para que me de esa fuerza y me enseñe a controlar eso. En el momento en el que fallo un toro, y todas las temporadas me pasa, hay un tramo que me quiero morir. Cojo la puntilla y me da calambre. Hasta que llega otro toro, le pegas otra vez, coges la confianza y ya te olvidas. He tenido que llegar a tomarme algunas gotas de extractos de flores de Bach que te dan calma y te fortalecen la mente y te ayudan a controlar esa presión.

¿Formó parte de aquella cuadrilla memorable que fraguó Javier Castaño e hizo historia con aquella vuelta al ruedo en Las Ventas y tantas actuaciones estelares. Entre toda la pasión incluso surgieron críticas. ¡Qué absurdo! ¿no?

—Eso es muy difícil de explicar. A las críticas no le eché cuentas. Los dos o tres primeros días no lo entendía, si ha sido bonito, lo han pedido, lo ha consentido el matador. Llega un punto que dices… quién lo critica, cuatro sobre 24.000, me da lo mismo. Y si encima son profesionales, más lo mismo me da. Al final cuando un profesional critica eso es porque no es capaz. Lo digo bien claro. De las figuras, de Curro Javier, Trujillo, Rafael Cuesta, Pablo Delgado, Carretero… jamás oí una crítica, al contrario, es más nos admiraban. Me llenaba de orgullo llegar a una plaza y que te reconocieran y pasados 9 años aún se siga recordando.

¿Cuál fue el mejor consejo que le dieron y quién?

—El mejor consejo me lo voy a quedar, pero sí te digo que me lo dio Miguel Martín. En aquel 2015, en el que toreé poco y me quedé un poco parado, en invierno me preocupé de ver en qué me había equivocado. Miguel es muy amigo mío, hablé con él, trabajé sobre él y volví a remontar.

¿En qué falla un torero para que le llame todo el mundo y de pronto nadie se acuerde?

—En muchas cosas, pero sobre todo en creerte que eres imprescindible y que solo estás tú. Creerte que eres el mejor puede frenar tu carrera. Ahí vienen los problemas. Cuando crees eso y vas con esa chulería, te dejan de llamar. Rectificar es de sabios. Los errores te hacen madurar y aprender. Eso me pasó en 2015. Aquí nadie es imprescindible.

¿Quién es el banderillero que más le motiva?

—No solo uno. El que más Iván García, es un pique sano, pero es con el que más me aprieto. Cuando iba Joao Ferreira con Castaño también, con Raúl Ruiz, con Curro Javier, con Andrés Revuelta, que es otro grandioso banderillero…

Nos hablaba durante de la Feria de septiembre de los encantos de La Glorieta…

—Y lo repito, La Glorieta para mí, junto a Gijón, es de las plazas que más me enamoran y en las que más a gusto me siento.El piso es como una alfombra y me hace sentirme seguro, el color de la arena en contraste con las tablas la hace más especial. Y luego que es una plaza preciosa. Siempre se me ha dado bien. Son plazas que tienen encanto, muy toreras y donde te sientes de verdad a gusto ¿Es más torera Sevilla? Sí, pero allí no me siento a gusto. Cada vez que toreo allí me pongo malo. La responsabilidad, tanta seriedad, no se porqué.

Dónde no se sentirá extraño es en Madrid…

—Madrid es diferente, allí me gusta torear. Es un miedo y una responsabilidad diferente. Es la plaza más cómoda, por colocaciones y tercios, pero la presión que mete Madrid no la mete ninguna. Allí se te aflojan las carnes. El 12 de octubre hice allí la 101 de este año, y hubo un momento que me faltaba el aire, pensé que tenía que ir a ver a don Máximo para que me pusiera el oxígeno. Una presión con la que creí que no podía… no podía.

¿Y la experiencia de superar los 100 paseíllos?

—Ha sido muy gratificante pero a la vez muy dura. No creo que lo vuelva a hacer, al final es un gran desgaste brutal. Salvo que vayas con una figura del grupo especial que las toreé, pero suelto y toreando con diferentes matadores… no. Es un desgaste mental y físico, una locura. Tienes que organizar tu coche, tus viajes, viajar por las noches solo, conducir. No creo que lo vuelva a hacer.

Publicado en La Gaceta de Salamanca