Manuel Román, el niño que quiere ser torero.

Este chiquillo de Santa Marina tiene revuelto al mundillo taurino de Córdoba hace meses.

Por Francisco Potayo.

Su pueril fragilidad y su figura aniñada frente a la fuerza indómita y la estética arrolladora de un toro es un duelo mortal con el sentido común. Observa complaciente todo lo que le rodea con un gesto que apenas si varía. Mira y escucha. Cuando se quiere aprender es lo único que toca hacer. Su hablar es corto y el tono, en un hilillo indulgente de voz, parece estar pidiendo siempre permiso por algo. Como cuando de niño te llevaban arreglado a la casa de las tías y debías ofrecer tu mejor versión en una silla tiesa como la mojama y obrando el milagro de no mancharte. Sin pestañear, con cara de no haber roto un plato, ni rascarte la pierna por la franela picajosa.

Es imposible que veamos un torero en el rictus y el perfil de Manuel Román, pero su transformación es tal en el albero y delante de una fiera animal de trescientos o cuatrocientos kilos que ahí reside uno de los grandes atractivos de este novillero que quiere ser mayor en el toreo. Y en esa batalla de madurez y supervivencia, la templanza, el arte y la emoción son las únicas armas para vencer.

Este niño de Santa Marina -cumpliendo el cánon- tiene revuelto al mundillo taurino de Córdoba desde hace unos meses. Los aficionados han pasado de mostrarse como zombis a llenar, como ayer, el Museo Taurino hasta la bandera para ver a un chiquillo que ha sido capaz en pocos meses de revivir a un muerto: la Tauromaquia en Córdoba. No hablo de sus dotes con la muleta, o de su estilo, pues no soy experto en la materia -aunque las veces que ya le he visto me transmite-. Describo, simplemente, el impacto de su irrupción en una ciudad taurina por antonomasia y condenada al desarraigo y la desazón por el olvido. La resignación de tiempos ilustres pasados en un presente desértico. Donde no hace mucho se dejó de hablar de toros.

Puede que estemos exagerando o que estemos inflando una burbuja que se vuelva en contra de las aspiraciones de un muchacho que siempre tuvo muy claro lo que quería ser. Antecedentes hay de lo que otro espigado chaval de nombre Juan Serrano ‘Finito de Córdoba’ fabricó en los años ochenta y noventa con una legión de seguidores y fanáticos que llenaban los AVE a Madrid para verlo de novillero en Las Ventas. O aquella rivalidad con Chiquilín… ¿Que eran otros tiempos? Sí. ¿Que los toros hoy no son lo mismo? Puede ser. Pero, al menos, que dejen a los aficionados entusiasmarse ante la posibilidad de que la ciudad a la que llamaron ‘Casa de los Toreros’ albergue de nuevo a un diestro epítome que le devuelva el tiempo perdido en las carreteras, ante el televisor o lamentándose en un tendido.

Este revulsivo no tiene que impacientarse. Las prisas son malas consejeras. Debutará con picadores el Día de Andalucía en Linares y tras los números de vértigo en la pasada temporada, su huella en el circuito, si todo sigue su buen curso, puede ir agigantándose en menos que canta un gallo, pues la ilusión está de capa caída en un espectáculo demasiado previsible ahora mismo. Ojalá tenga suerte, y el niño, pronto se haga hombre.

Publicado en Diario de Córdoba