Por Fernando Fernández Román.
Leo en la revista Aplausos (superviviente del “revisterismo” taurino de las últimas décadas) una larga, profunda y provechosa entrevista, firmada por el director de la publicación, José Luis Benlloch, a José Luis Lozano, de cejas para arriba el más lozano de la popular dinastía, en lo que a conocimientos, vivencias y experiencias taurinas se refiere, dicho sea con el debido respeto a las fraternales excelencias que se apuntalan a sí mismos por los cuatro costados de la familia Lozano-Martín; a saber, Manuel, Pablo, Eduardo y José Luís.
Los conozco bien a todos ellos, pero he de confesar que, en cuestión de conocimientos, sobre todo de la historia del toreo de mitad de siglo XX para acá, me siento subyugado por los extremos de la fraternal cuaterna, Manuel (Manolito) y José Luis, sin que ello suponga desdoro alguno para los otros dos que se quedan entre medias, porque cada cual tiene su prurito de sapiencia y experiencia en el “arte” de labrar en los diversos campos de labor del mundo de los toros… y de los toreros. Todos los hermanos han sido una importantísima pieza en el entramado piramidal que conforma la estructura del tinglado multiforme que sostiene esta vieja Fiesta de oro, plata, sombra y sol, que dice la letra del pasodoble, y que tiene a la muerte cierta como cabecera de cartel.
La entrevista, que es un género periodístico manejado con enorme soltura por Benlloch, no tiene desperdicio. Son dos jeseluises en plena faena, tête a tête, de tú a tú, dos trapecistas que piruetean sin red. Uno, el preguntador y otro, el preguntado, conocen bien todos los resortes del arte de la zorrería en este tipo de encuentros; por eso, se han metido en profundidades sin cortapisas, ni líneas rojas, ni leches en vinagre: han hablado a calzón quitado, dando un repaso, “de cabo a rabo”, al toreo contemporáneo.
José Luis Lozano es la biblia (taurina) en prosa. Entra con absoluta seguridad a la suerte de varas del coloquio sin volver la cara ante nada ni ante nadie. Domina la situación porque la conoce. No duda porque nada teme. Da gusto hablar con José Luis, sobre todo –como es el caso—cuando no está directamente involucrado en el tinglado; o, dicho de otra forma, cuando ve los toros desde la barrera de la Plaza, la pantalla del televisor o la valla empedrada de un cercado.
Entonces surge la diafanidad que muestra el espejuelo de sus ojos azules, inmutables ante el abordaje de temas comprometidos, por espinosos que fueren. Entonces es cuando este Lozano es un brillante de doble filo: el que corta por lo sano lo vidrioso, y el que reluce impulsado por al fragor de una realidad incontrovertible. Por esta razón me ha llamado la atención la última parrafada de la entrevista sobre una cuestión largamente debatida en diversos foros desde hace largo, pero muy largo, tiempo: el de simultanear la labor de empresario con el apoderamiento de toreros.
Dice José Luis Lozano: “El que los empresarios de las plazas de primera sean apoderados hace retroceder a la Fiesta. Eso faltó en el pliego de Madrid, que es un pliego cojonudo, que dijese que el nuevo empresario no podía apoderara a nadie. Pero eso tendrán que imponerlo los propios empresarios. Por casa vienen empresarios que llevan plazas de pueblo y vienen con su torero…, y lo que les digo, hombre, si por llevar a un torerito vas a fastidiar el cartel que hagas, no lo lleves. Dedícate a empresario solo y deja el apoderamiento para otros. Saldrán ganando, les digo. Alguno me ha hecho caso”.
Cómo me gusta que este José Luis emérito, sincero y didáctico, suelte esta perla en la concha donde moja la pluma su tocayo Benlloch. Llevo años, muchos años, buscando este relato en boca de los grandes empresarios taurinos, pero que si quieres arroz, Catalina. A mí (que no soy quién), me han hecho mucho menos caso que a este Lozano (que sí es quién), vivífico y formal en la actual tesitura; es decir, ningún caso; por tanto, hace tiempo que he dejado de predicar en el desierto. Hay un simún dunático (y no solo se apellida Casas) que abrasa otras arenas: las de las plazas de toros.
Mira que he hablado de este tema con gente del toro a quienes compete cargar con altas responsabilidades como gestores de plazas de toros. Supongo que también lo habré tratado con José Luis Lozano; pero no recuerdo una respuesta suya tan contundente como la que transcribo de José Luis Benlloch. Cómo me gusta que el benjamín de esta reata de toreros-empresarios-apoderados-ganaderos haya pulsado, por fin, la tecla que nos reconduce a la sensatez, abandonando, de paso, el contrasentido, al que, por cierto, también ellos se prestaron en sus mejores tiempos.
En cualquier caso, me alegra que este Lozano se haya explayado con el tema y clame por una solución urgente. Aunque huela a canto de palinodia, también sirve. Hace también lo mismo con su antimanoletismo primerizo, influido por engañosas consignas durante su niñez y adolescencia, una etapa en que echa raíces con facilidad las filias o fobias prefabricadas por sectores interesados de las elites taurinas, en este caso contra el ídolo de la posguerra española. Pero esta es cuestión de otra envergadura. Caza mayor. En ello estamos.
Publicado en República




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