Hermoso de Mendoza a su padre, don Pablo: “No voy a ir a hípica, quiero ser rejoneador”

Por Natxo Gutiérrez.

Donde todo empezó para Pablín -que ha sentado cátedra como Pablo Hermoso de Mendoza, caballero en el albero y a pie de calle-, es un decorado de una época de labranza, trasiego de caballerizas y sudor de sol a sol. Noches arrebatadas al sueño por arañar las paredes del patio y abrir huecos para aposentos de caballos son historia de un hombre que es leyenda y camina por la senda de los destinados a escribir una página dorada del toreo a caballo. Dos mastines custodian la entrada a la reminiscencia de los primeros establos como si traspasar su umbral fuese un atrevimiento para los profanos en un viaje figurado al pasado.

Delante, en el espacio abierto al recorrido familiar de labriego y cuidador de equinos de tiro y montura -con aperos, correajes, collares de mula y un sinfín de complementos- emerge una figura, sin la cual no se entendería la trayectoria del caballero de lidia. Su nombre, Pablo Hermoso de Mendoza Galdeano; su edad, 96 años, y su orgullo el que le procuran sus hijos: Juana Mari, Mari Feli, Juan Andrés y Pablo. La primera de ellas, amazona y enfermera, dejó una huella imborrable en su corazón y en el seno familiar con su partida hacia la eternidad. Allá también está su madre, Natividad Cantón Baños.

Hablar de Pablo Hemoso de Mendoza en la casa familiar de Curtidores, número 7 de Estella, es hablar de Pablo Hermoso de Mendoza, padre, para comprender detalles y caminar sobre las huellas que han señalado el sendero de gloria.

Al padre – a “Don Pablo” porque tiene el don de la edad, pero también de la palabra declinada con las fatigas y las alegrías del ruedo de la vida-, la infancia y la juventud quedaron comprimidas por los imponderables de una época de estrecheces y la amargura de una contienda fratricida. “A los diez años tuve que coger el palo y el zurriago. Comencé a trabajar. No fui al colegio”.
Si así obró fue porque Casimiro, su padre -el abuelo paterno del rejoneador-, quedó malherido, sepultado bajo una galera por la tierra desprendida de un talud. Atrás quedaba la mudanza a Curtidores número, 7 de una primera vivienda que la familia debió abandonar, oculta por el proyecto y el trazado de una carretera. De Casimiro, sus cuatro hijos -Mercedes, Josefina, Ramón y el propio Pablo- heredaron los valores del esfuerzo y la humildad. Era “labrador pero también se dedicaba al transporte. Teníamos volquetes, dos galeras y caballos”.

UN CAMBIO DE VIDA

En aquellos años de estraperlo y economía de supervivencia -“al fondo, mi hermana hacía pan en un horno”, señala con su mano el narrador de la historia familiar-, Pablo Hermoso de Mendoza, padre, como varón de más edad, se las ingeniaba para acarrear con mulas y caballos, aun a riesgo de ser interceptado por agentes de la Guardia Civil por su corta edad en el desempeño de una actividad que era propia de un adulto.

A medida que pasó el tiempo, el joven transportista fue ganando experiencia y destreza, como las cosechadas con cada subida por la cuesta del Puy con carros tirados por equinos para llevar el material de obra de un convento próximo a la basílica. “Había una furgoneta pero no podía” con la carga y la pendiente

Y sucedió un hecho que propulsó un giro en el oficio y aseguró estabilidad en su plano emocional. Con 25 años, contrajo matrimonio con Natividad Cantón. Siempre había sentido atracción y valentía en la doma de caballos de montura. En Estella, donde era conocido por su habilidad con las riendas, recibía encargos para enderezar el camino díscolo de algún equino. “¡Oye Pablo, puedes venir que tenemos un caballo malo!”, atendía por propuesta de la Guardia Civil.

Cuenta como anécdota que, antes de dar rienda suelta a su condición de pionero y emprendedor, su madre, María, le llegó a advertir de la imposibilidad de abonarle su jornal a la segunda semana de estar convaleciente por un dolor estomacal.

Cuando se hubo repuesto del malestar y ganado en confianza, decidió dar un salto cualitativo en la ampliación de su cuadra con caballos de montura. En cierto modo, su carácter pionero buscó popularizar la equitación, cuando hasta entonces la disponibilidad de un caballo de montura estaba acotada a una licencia de economías pudientes.

Poco a poco, extendió su iniciativa con picaderos en la propia Estella, Pamplona o Logroño. “Me ofrecieron una casa en Logroño con tal de que llevase caballos”. Y he aquí, en la capital riojana, donde despertó una chispa en el benjamín de sus hijos que iluminó su vida.

-“Pablo, mañana tienes competición de hípica. ¡Te tienes que preparar!”, le advirtió el padre.

-“Que no papá. Que quiero ser rejoneador”, obtuvo por respuesta.

Al padre, aficionado a la tauromaquia, aquella respuesta le ilusionó. Pero claro los caballos que entonces tenía no se ajustaban al perfil de un ejemplar corpulento y a la vez ágil para quebrar la amenaza de las astas. En esto, sabía de un conocido que disponía a “unos 50 kilómetros de Estella” de un potro con las cualidades necesarias. “Me ha pedido 90.000 pesetas y no me lo ha dado”, le confesó su hijo en un primer intento. “Vete mañana con María José y en vez de 80.000, dale las 90.000 pesetas que pide”, reaccionó el padre. Cerrado el trato, llegó el primer caballo de rejoneo. Su nombre: Cafetero. “Fue un caballo muy nombrado, muy loco pero muy bueno”, concluye Pablo, el progenitor.

Metido el gusanillo del rejoneo, los establos, que el entonces Pablín abrió con sus manos en jornadas que no parecían tener fin, fueron engordando con nuevos caballos. “Fuimos comprando poco a poco. Una vez, le compramos a Fidelín unos caballos. Pablín se fue enfadado. No quiso montar ninguno y traje a casa cinco después de montarlos. Al día siguiente, había un Raid e iba yo a correr con ‘Silver’.

  • “¡Papá, yo voy correr con él!”, escuchó del hijo.
  • “O sea que ayer no querías y hoy sí”.

Ahí quedó el diálogo de padre a hijo.

Y en esa progresión contemplada, no olvida la curiosidad de un primer caballo para tomar la alternativa, que se murió justo en los días previos tras una operación de hernia. A cambio, recurrió a un “caballo grande, que me lo había dejado un americano”. El día señalado, el dueño no salía de su asombro. “Mi caballo torero, mi caballo torero…”, repetía sin comprender.

Cuando se le pregunta por sus dos hijos varones, el padre sonríe orgulloso por ambos y también por sus dos hijas. “Juan Andrés es más señorito, digamos”, ríe el padre. (ríe). “Quizás la palabra no es la adecuada. Al principio le compré una furgoneta vieja para hacer el porte de caballos. Trabajó después con un notario. Una vez fue a Villava a salir en un Raid y un caballo se puso de manos y le golpeó a una persona. Ha tenido mala suerte con los caballos”.

A Pablo no le gustaba la escuela, pero sí los equinos. “No sé cómo ha salido tan listo”, vuelve a reírse su padre. Hoy, mirado con el prisma del tiempo quien se ha hecho un hueco en el olimpo de los caballeros de lidia, el orgullo de padre se desborda en una voz quebrada por la emoción. “He llorado de emoción” muchas veces como testigo directo de los éxitos en el albero y del esfuerzo que ha debido realizar hasta alcanzar la cima de reconocimiento. “Él hizo todos los boxes que hay aquí”, en el patio de Curtidores número 7, de donde -subraya- “salió torero”. Ve a su hijo “muy contento, satisfecho, muy entregado y con muchas ganas de seguir”. Eso sí, el tiempo impone sus reglas. Días atrás le aconsejó tomarse un respiro: “¡Hijo, estás cansado! ¡Échate a dormir! Vamos a dormir los dos y nos echamos un poco”. Atento, como sus hermanos, a cualquier necesidad que tenga e incluso a invitarle a comer en la finca de Zarapuz, a la que acude a diario, le respondió: “Y tú papá, ¿qué hacías? Hacías lo mismo que hago yo. No has hecho más que trabajar”.

Ahí -dice el padre- “me deja sin habla”.

Publicado en el Diario de Navarra


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