Santander: Mucho más que dos paseíllos.

Por Javier Lorenzo.

Marco Pérez llegó a Santander pocos minutos de las cuatro de la tarde. Lucía aún en Santander en una jornada luminosa. Venía además con la luz del triunfo de una mañana gloriosa en Mont de Marsan, donde los novillos de El Parralejo no se lo habían puesto fácil, uno le pegó una formidable voltereta; a otro de los tres que tuvo que estoquear (por percance de Tristán Barroso) le cortó las dos orejas. Las Arenas de Plumancón es escenario de máxima categoría en Francia. Y el país galo lo tiene entregado: dos actuaciones de primera allí, ésta y Arles, y las dos por la puerta grande. El reto de la jornada no acababa ahí. En torno a la una del mediodía terminó el festejo y tenía 350 kilómetros hasta llegar a Santander. A las cuatro y diez se bajaba de la furgoneta para descansar apenas una hora y vestirse de nuevo de luces. En la habitación su mozo de espadas preparaba el reluciente terno blanco y plata con los remates en negro que estrenó en Cuatro Caminos. En torno a las seis y cuarto llegó al coso. Casi cinco minutos tardó en recorrer los apenas veinte metros de la furgo al patio de cuadrillas. Fotos, autógrafos… Marco es el nuevo ídolo.

Sobre el impoluto terno un capote de paseo de ‘estreno’ que le ha dejado su apoderado Juan Bautista, en color rioja, que ganó en su día como triunfador de la feria de Logroño. El contraste con el blanco lo hacía precioso. Un operario de la plaza se atrevió a aconsejarle que no se tirara de rodillas porque la mancha con la negra arena, tan peculiar de este coso estropea los vestidos. No sabía lo que le esperaba a ese pobre vestido… Marco estaba sonriente y desafió con Zulueta en esa guerra que se marcan desde el primer día que se vieron las caras en Olivenza, allá por marzo, por no querer salir primero al ruedo.

La historia de lo que sucedió en el ruedo está en la crónica, la otra se vivió en la enfermería. La congoja con la que llegaron los familiares de Marco a la enfermería sobrecogía, hasta conocer las noticias felices que llegaron. Segundos antes de la salida del quinto, Marco ya estaba de nuevo en la antesala del ruedo, a la misma puerta de la enfermería. Quería salir de nuevo, pero no sabía si podía. le trajeron una muleta, y la manejó a duras penas. Hizo el ademán de montar la espada. Y sucedió lo mismo. Le trajeron un capote empapado de agua. Y casi no podía. El dedo roto, la nariz seguramente también, no podía con la mano derecha. Pero de repente dijo:«Adelante. ¡Vamos!». Y se fue de nuevo a por una parte de la gloria del gran pedazo que le espera.

Antes otro detalle. En esa misma puerta de la enfermería, le dio un beso a su hermana y se abrazó con ella y con su madre. Veinte minutos después tuvo que volver a entrar en la enfermería, porque se cortó con el descabello. Salió de allí pasadas las nueve de la noche. De vuelta al hotel. Y camino de regreso a Salamanca. le esperan pruebas médicas para saber si tiene rota la nariz o no. Todo indica que sí. ¿Una máscara como a Mbappé? El domingo que viene tiene la siguiente cita, en el Puerto de Santa María, donde seguirá escribiendo la historia que promete y mucho.

Una tarde accidentada

La tarde no dio tregua. Ni en el ruedo ni el cielo. A la hora del paseíllo unas nubes cárdenas cubrieron Santander y cuando salió el primer novillo de Marco Pérez comenzó a descargar la lluvia. No fue lo peor… vendría segundos después. Había saludado el joven torero salmantino a Mordedor con las dos rodillas en tierra, sin llegar a sujetar las abantas embestidas, hasta que se centró en el mismo platillo por chicuelinas. Trató de atemperar la mansedumbre Alberto Sandoval en el encuentro con el caballo del que también salió de naja. Marco decidió dejarlo crudo, aunque llevaba ya el puyazo encima y bien sangrado. Se quedó solo el torero en los medios y se echó el capote a la espalda para quitar por gaoneras y, en la tercera, el torete, ligeramente gacho, abrochado de cuerna, largo como un tren y de formidables hechuras, salió escupido al terreno de chiqueros. Allí esperó a Marco Pérez que aguardaba un poco más afuera del tercio esperando la nueva acometida. Cuando se arrancó el de Casasola a la contraquerencia no hizo caso del toque del vuelo del capote, se le vino al cuerpo a discreción y se lo llevó por delante sin ningún miramiento. El impacto fue tremendo, cayó al suelo de mala manera y, perdida la noción de donde estaban cada uno de ellos, Marco Pérez cometió el error de levantarse en la misma cara del animal, que hizo presa de nuevo. Con más saña, con más violencia y con más poder si cabe. Lo lanzó de nuevo por los aires y en el suelo aterrizó de cabeza. Y de ahí de nuevo hizo presa, sin soltarlo. El torero quedó como un guiñapo en el suelo, inerte. Como si lo hubieran desconectado. La imagen fue terrible. Lo recogieron las cuadrillas del ceniciento ruedo de Cuatro Caminos y se lo llevaron a la enfermería ‘off’.

LA FICHA

Primer festejo de abono de la feria de Santiago. Casi tres cuartos de entrada en tarde lluviosa desde el segundo novillo.
GANADERÍA 6 novillos de Casasola, de preciosas y armónicas hechuras. Con fondo de nobleza y calidad.

DIESTROS

SAMUEL NAVALÓN. GRANA Y ORO Oreja tras aviso, silencio en el que mató por Marco Pérez, y dos orejas

MARCO PÉREZ. BLANCO Y PLATA Cogido en su primero y oreja tras aviso con petición de la segunda.
JAVIER ZULUETA. PALO ROSA Y ORO Silencio y silencio tras aviso.

Publicado en La Gaceta de Salamanca


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