Rafael Perea El Boni: “Maestros en el toreo no son tantos; falta educación taurina”

Torero de dinastía, fue triunfador de San Isidro en 1989. Duró la gloria lo que duró, y cambió el oro por la plata con Antoñete, Manzanares o El Cid. Rodó 10 veces la escena de la piscina con Sharon Stone en ‘Sangre y arena’

Por Zabala de la Serna.

Rafael Perea fue torero de dinastía; los Boni fueron gente en el mundo del toro. A su tío, también Rafael, le levantaron una estatua en la Monumental de México por un día en que se le durmieron los brazos a la verónica. Allí le concedió la alternativa Manolete. Él, nuestro Rafael actual, honró su estirpe una tarde un 23 de mayo de 1989, en plena feria de San Isidro, al lado de José María Manzanares y Juan Antonio Ruiz “Espartaco”; cortó una oreja, perdió dos por la espada y lo pasearon a hombros por la plaza de las Ventas en una apoteósica vuelta al ruedo. Cuando Madrid era el viejo Madrid, existían apasionadas costumbres. «Hay quienes piensan que salí por la Puerta Grande, pero qué va», cuenta desde Benalmadena, Málaga, donde vive retirado del mundanal ruido. Sigue fino, guapo, rubio y chulo. Como cuando estaba en activo. Todos los días baja al jardín de su casa con capote y muleta, y entrena de salón. Vive actualizado de cosas del toro pero ya no taurinea.

Pasó nueve años de novillero -incluido el tiempo perdido en la mili en Melilla- hasta que Manolo Chopera le ofreció la alternativa en una corrida de Oportunidad. Y lo repitió en la feria con una corrida de Murteira y éxito. Y lo volvió a repetir -igualito que los empresarios de hoy- en la sustitución de Miguel Báez “Litri” entre Manzanares y Espartaco. Aquella gloria de San Isidro le valió para firmar 50 corridas por toda España. Duró lo que duró la gloria, y siguió el camino de la plata al uso de una familia de siete toreros, su padre entre ellos. Militó en las filas de Antoñete, Esplá, Manzanares y El Cid, con quien se despidió. Su memoria es un cofre de secretos de la profesión, enigmas y madrugadas. El cineasta Javier Elorrieta lo llamó para unas escenas del remake de Sangre y Arena (1989) al lado de Sharon Stone, y la aventura acabó de un modo inesperado, cuyo desenlace será el final de esta historia.

¿Le imponía verse en la tercera corrida de su carrera entre figuras?

A mí me gustaba porque mi mentalidad era de «cuanto mejor sea el cartel, más caso te van a hacer». Lo hemos visto de toda la vida. Me vine arriba. Ya me había dado confianza haber cortado una oreja a la de Murteira. Y además estaba muy preparado. Entré en sustitución de Litri.

Y se convirtió en triunfador de San Isidro.

Realmente formamos un triunvirato de triunfadores Espartaco, Joselito y yo. Me dieron algunos premios.

Pero no salió por la Puerta Grande.

No. Antes, a veces, se estilaba que, cuando uno había tenido un triunfo muy importante pero no había conseguido la Puerta Grande, como gran premio te paseaban a hombros. O habías pinchado o el presidente no lo había considerado oportuno, pero ahí estaba la obra hecha. Me cambió la vida.

¿Cuánto ha cambiado el toreo?

El toreo ha cambiado en función del toro. Es de mucha más calidad y tiene muchos más muletazos. No digo que sea más fácil. Es una bravura diferente, que se ha modificado para pegar 40 pases. Cosa que a mí no me gusta. El toro de antes no era tan humillador y se acababa antes. Tenías que contar con mucha expresión, hacer las cosas muy bien y en 15 muletazos tenías la oreja cortada.

En qué momento decidió pasar del oro a la plata.

Creo que tiré la toalla demasiado pronto. Me faltó paciencia. También me iba a casar, que no sé para qué me iba a casar. De hecho me casé y no me fue bien el casarme. Cuando uno no está con la cabeza, no lo está para nada. Me coloqué con Chiquilín y Fernando Lozano, toreé un festival en Móstoles y me vi bien. Intenté reaparecer y la empresa de Madrid me ofreció la corrida de Escolar. Maté varios toros en el campo y, hostias, yo no pasaba la línea. Y ya me quité.

Hablemos de pasar o no la línea, ¿alguien se lo dijo?

Eso te lo notas tú. Yo sabía cuando estaba bien y cuando estaba mal. Por mi educación taurina, no me gustaba que me regalaran el oído. Gracias a mi abuelo, mis primeros pasos fueron al lado de Marcial Lalanda, Domingo Ortega o Bienvenida [Antonio]. Y eso da una educación taurina que hoy falta.

Murieron las tertulias, las fuentes antiguas.

Algunos toreros enseñaban y otros no, pero escuchabas sus historias y aprendías. Sobre todo el repeto. Hoy se dice mucho maestro, el maestro tal y el maestro cual. Yo creo que los maestros no son tantos. Maestro no es ser matador de toros, sino un torero que ha hecho historia y es un referente. El nombre de maestro es para la excelencia: El Viti, por ejemplo.

Envidio mucho su tiempo enrolado con Antoñete.

Chenel ha sido el torerazo por excelencia, experiencia y por su manera de pensar. Estábamos con un cigarrito viendo las vacas y me decía: «Mira ésa. Ponte de pie. Si das dos pasitos y pone las orejas hacia delante, ahí es cuando tiene que embestir. En el toro pasa igual». Antoñete, que no se olvide, fue un torero de mucho valor. Y viví experiencias inolvidables con Manzanares padre, que a las tres de la mañana me despertaba. «Es que me apetece torear». Se ponía un reloj militar, se fijaba una hora y… Cómo toreaba, cómo hablaba. Y sólo para mí. Aquello era una maravilla.

¿Ha perdido el mundo del toro personajes?

Personajes y personalidad. La gente no piensa en ser personal en su toreo, sino en ser técnico y cortar orejas. Y eso no puede ser.

Es cierto que Vicente Barrera no dejaba pasar de 80 km/h a la furgoneta de la cuadrilla para no gastar gasolina?

Aquella época fue tremenda. Su padre se empeñó en decir que yo pegaba lances, y no pegaba lances. Toreaba despacio con el capote, que no es lo mismo. Respondía siempre en todas las situaciones, pero cuando te sales del redil… Y ya en la última corrida en Castellón fui a sacar el toro del caballo y entonces sí que le pegué dos lances y una media. «Ahora sí le he pegado dos lances y una media», les dije. Y me echaron a tomar por culo. [Risas a mansalva].

¿Cómo ve su gremio?

No sé, bien, pero se abusa del toro. Esos capotazos con la pierna para abajo…Juegan con las inercias. Se quitan del carril y el toro pasa. Y lo que me jode es que el aficionado es muy mal aficionado cantando esas cosas. Nadie se cruza, le echa la bamba al pitón contrario y, en parado, a ver qué recorrido tiene el toro. Uno por cada lado. Que es lo que se ha hecho toda la vida. Y en banderillas cogen los toros muy en largo. Esas distancias. No digo que se quite el espectáculo, pero no con esas florituras. Los antiguos decían: «Las palmas son para el matador». Tú te desmonteras y para el matador, silencio. Es acojonante.

Lo contrataron como doble en la película de Sangre y arena (1989) con Sharon Stone. ¿Qué pasó?

Le falló a Javier Elorrieta el hombre, me llamó y me explicó la escena: «Ella sale de una piscina, te echaba un poco de agua, tú te levantas y la magreas». Y Javier, que era un cachondo, me hizo repetir la escena 10 veces. Menos mal que el bañador era grande… [ríe a mandíbula batiente].

Hay rumores con visos de leyenda con la Stone, ¿son verídicos?

Pues no porque me puse chulo. Vino la intérprete a la habitación, y no imagina cómo era. Guapa no, lo siguiente. Un tacazo de chavala. Traía el recado de que Sharon quería conocerme. Yo me las di de torero y a quien invité a cenar fue a ella, a la traductora. Y la verdad es que tuve premio… Cosas que pasan.

Publicado en El Mundo


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