Fue el triunfador de la Feria de San Isidro en 1984. Al día siguiente se compró un Mercedes detrás del hotel Wellington. Ahora ha vuelto como empresario taurino.
Por Vicente Zabala.
«Los triunfos de Durán duran y durarán como el oro de ley de su toreo». Así rezaba la publicidad de Curro Durán (Utrera, 1960) en la revista Aplausos después de aquel mayo del 84 en que se erigió como el máximo triunfador de la Feria de San Isidro entre José María Manzanares y Paco Ojeda. Lo apoderaba entonces Manolo Lozano, que añadía el teléfono de su domicilio en el anuncio -«sólo mañanas»- y una coletilla: «Móvil: carece».
A Curro le concedió la alternativa en Sevilla otro Curro, Romero, tan sólo un año antes de su eclosión. Se cumple por tanto este año el 40 aniversario de su salto a la fama, de la recompensa de un torero que se había fraguado en un larga lucha de novillero. Hasta que Canorea lo anunció un 15 de agosto en la Maestranza, cortó dos orejas y su nombre empezó a sonar con la fuerza de sus cualidades. De tal modo que Lozano se convirtió en su mentor. Y se colocó con 53 novilladas como líder del escalafón junto a Luis Miguel Campano. Todo suena hoy extraño en este raro presente de la fiesta brava.
P. Alcanzó con fuerza la alternativa.
R. Venía respaldado por los triunfos de Valencia, Nimes, Zaragoza, Barcelona, donde corté tres orejas el día de mi presentación. Y además ese mismo año 82 salí a hombros por la Puerta del Príncipe el 19 de junio en Sevilla en una mano a mano con Pedro Castillo, que se despedía de novillero. El día de la alterniva también corté dos orejas, con petición de la tercera en el sexto.
P. Y vino el clásico parón de subida de escalafón.
R. Sí, no me valió demasiado todo lo anterior. Me quedé en 28 tardes pese a todo, fuera de muchas ferias. Cerré en Zaragoza sustituyendo a Antoñete con Emilio Muñoz y El Soro, y le corté tres orejas a la corrida de Marcos Núñez.
P. Hasta que explotó en el San Isidro del 84.
R. Después de Madrid no tenía hecho más que Plasencia y Sanlúcar de Barrameda.
P. Y acabó con 57 corridas.
R. Sí, porque corté la temporada el 23 de septiembre -había tenido un accidente de coche- en Jerez asesorado no por Manolo, sino por una gente que me quería apoderar. Y no fui a las últimas ferias.
P. Fue un año especialmente sangriento el 84 que desembocó en la tragedia de Paquirri en Pozoblanco, pero cuando José María Iñigo lo entrevistó en TVE le preguntó por el afeitado… Qué recurrente en toda la historia y, sobre todo, qué inoportuno.
R. Preguntaban entonces mucho por eso. Siempre ha estado ahí. No tenía sentido en aquellas fechas.
P. ¿Sintió que aquella gloria se evaporó demasiado rápido?
R. Conseguí demasiadas cosas en muy poco tiempo. En sólo dos temporadas me coloqué a la cabeza del escalafón en todas las ferias. Pero cambié de apoderado, no embistieron los toros a principio de año en Sevilla, no fui a Madrid todo lo bien colocado que yo esperaba… La nueva administración de mi carrera me afectó moralmente y entre todo se fue yendo esa velocidad que traía.
P. Le dio tiempo a comprarse la finca y el Mercedes.
R. La finca fue chiquitita. Y del Mercedes le cuento una anécdota curiosa: el día de mi triunfo en San Isidro junto a Manzanares y Ojeda pasé con el coche de cuadrillas por delante de un concesionario Mercedes camino de la plaza, ya vestido de torero. Y dije: «Esta tarde me voy a comprar uno de esos». A Manolo Lozano se le escuchó desde el último asiento: «Curro, primero cogerla, después pelarla». (Risas). Y al día siguiente temprano, sin apenas dormir, me fui a la tienda, justo detrás del hotel Wellington, en la calle Núñez de Balboa. Pregunté precio. Como me vieron un chavalillo, se extrañaron. Me contaron los modos de financiación. Les anuncié que un rato les llevaba un millón de pesetas y dos letras conformadas por el banco, una para agosto y otra para septiembre. Cuando yo calculaba que iba a torear más. Así que me subí a la habitación de Manolo y, después de hablar con el Banco Popular, me presenté en el concesionario con el millón de pesetas y las dos letras y me llevé el coche.
P. ¿Qué quedó de su toreo en la memoria?
R. Creo que mi mano izquierda. Tenía temple y facilidad. Y la regularidad con la espada. Con el capote llegué a torear muy bien.
P. ¿Fue decisiva en su trayectoria la tarde del 7 de julio del 85 en Madrid con unos inspiradísimos Antoñete y Curro? ¿Qué recuerdos le trae?
R. Buenos para los compañeros y malos para mí. Mi primer toro se partió una mano, y al otro lo condenaron a banderillas negras. Respecto a lo que me decía antes de la gloria efímera, bueno… Uno quiere torear 60 ó 70 corridas y estar mandando en esto más tiempo. Pero a nivel personal no se me quedó nada dentro. América también se me dio bien. Manizales, Cali, Medellín, en Colombia. Y por supuesto México. Conservo en mi casa los trofeos al triunfador, el mejor toreo de capa, la mejor faena y la mejor estocada de cuando fui a confirmar allí mi alternativa en 1987. Como profesional estoy plenamente satisfecho.
P. En las entrevistas de aquella época, usted declaraba que sus espejos siempre fueron los toreros de clase: Ordóñez, El Viti, Manzanares…
R. Y Manolo Cortés y José Antonio Campuzano. Esa línea de toreo era la que a mí llenaba. Bebía en esas fuentes.
P. Cuando su hijo, también Curro Durán en los carteles, le dijo que quería ser torero, ¿cómo reaccionó?
R. No quería. Sé lo bonito que es pero también lo duro y lo difícil que es esto. Se lo quise quitar de la cabeza, pero no fui capaz. No lo ha tenido nada fácil. El toreo está muy cerrado. Como novillero me ha costado la propia vida. Para que te paguen los gastos, tienes que ir a las ferias específicas de novilladas. Y ahí las echan muy fuertes y de ganaderías duras. Sin torear mucho, está cuajado. Ya es matador de toros y cualidades tiene. Que sea o no ya es otra historia. La facilidad con la mano izquierda la ha heredado.
P. ¿Cuánto ha cambiado el toreo?
R. Antes Sevilla y Madrid programaban de domingo a domingo. Hoy a un chaval que esté bien el público no lo vuelve a ver hasta el año siguiente.
P. ¿A qué se dedicó cuando dejó el toro?
R. A un negocio de máquinas recreativas. Ahora hemos vuelto al empresariado taurino. Para poder hacer las cosas a nuestro modo. Y este invierno armamos una sociedad -Toros y espectáculos Hnos. Curro Durán-, pensando también en que mi hijo se ruede. Tengo montadas cuatro ferias -entre ellas Morón y Priego de Córdoba-. A ver si funcionamos.
Publicado en El Mundo





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