La historia de “El Pinturero”, el torero paracaidista.

En la tarde del domingo 18 de diciembre de 1966, en la antigua plaza de toros de Cartagena de Indias, con el fin de dar un espectáculo inolvidable, Luis Ríos, novillero español de 24 años más conocido como ‘El Pinturero’ tenía pensado llegar a la plaza en un paracaídas. 

Sin embargo, lo que se esperaba fuera algo trascendente, resultó siendo una tragedia. ‘El Pinturero’ no logró aterrizar en la plaza de toros y murió en el intento.

Por Carlos Lapeña.

Luis Ríos Losada «El Pinturero» es el único torero paracaidista que recuerdan los añales de la historia. Nació en el Lugo (Galicia, España) hambriento de la posguerra civil y se hizo paracaidista en la mili. Una tarde fue a los toros y al ver triunfar a la estrella del momento, Manuel Benítez «El Cordobés», decidió hacerse torero. En 1965 se acercó a la fama en la plaza de Getafe, a la que entró vestido de paracaidista ante las cámaras del Nodo y un crítico del ABC. Su consagración iba a ser en Cartagena de Indias. Caería del cielo a la arena del coso de la Serresuela y, ante el delirio del público, se enfrentaría a dos novillos. Solo que El Pinturero saltó con tal ímpetu que se pasó la plaza y cayó sobre el mar. En las aguas del Caribe, el torero paracaidista se hundió por su propio peso. Un final trágico para un carrera triunfal que aún no había comenzado.

Cuando Luis Ríos Losada nació frente a la muralla de Lugo el día de San Fermín de 1942. Con apenas 15 años, Luis tenía, por separado, iniciativa y una máquina de escribir. Un día conjugó las dos cosas y, gracias a ser presidente de un club balompédico Lucense que no existía, se hizo estrella y promotor de un fútbol local que, como no tenían campo, siempre se jugaba a domicilio y en domingo.

Un día, la patria lo requirió y se fue a hacer en la mili. Como ya iba hecho un hombre de casa, en la mili le hicieron paracaidista. Pronto se le quedaron pequeños los cielos españoles y los militares, y probó suerte en Francia y Canadá. Un domingo que debían de estar cerrados los aeródromos, unos compañeros lo llevaron a los toros y ahí se truncó su carrera de paracaidismo. Esa tarde Manuel Benitez «el Cordobés» triunfó apoteósicamente ante el asombro de Luis y a nuestro protagonista no le valió con ser paracaidista, mecánico de máquinas de escribir y presidente de un club de fútbol que no existía, decidió que ahora quería ser torero. De poco le sirvieron las advertencias de sus amigos. efectivamente, él no sabía torear, no tenía ni idea, pero El Cordobés tampoco empezó siendo un maestro en el arte de Cúchares pensaría Ríos. Su nueva aventura como torero le hizo abandonar la carrera militar.

En el mundo civil, Luis Ríos se hizo instructor de paracaidismo en una escuela particular y buscó diferenciarse del resto de los maletillas para encontrar una oportunidad en los ruedos y, a base de codazos, empujones y tremendismo, abrirse paso en el escalafón ya con una edad avanzada para ser novillero.

Un día de agosto de 1965 decidió conjugar sus dos pasiones y saltó en paracaídas a la plaza de Getafe. Aunque cayó a un kilómetro de la plaza y tuvo que volver andando con su casco y su paracaídas. Esa tarde un novillo le pego una seria cornada. No salió por la puerta grande, pero si en todos los diarios.

Perfeccionó su técnica taurina trabajando de camarero en Salamanca e intentó repetir su hazaña en la plaza de toros de la Serresuela, en Cartagena de Indias. Pero esa tarde no enfrento a ningún novillo. El viento llevó su paracaídas hacía el mar y a la plaza nunca llegó.

El capitán Jaime Borda Martelo, quien presenció la situación, narró los hechos.

“Era una tarde radiante con las brisas decembrinas naturales de la época. Todos estos aspectos fueron tenidos en cuenta para los análisis necesarios y requeridos en tal proeza. Álvaro Quijano fue el piloto del monomotor Piper Tripacer PA22, que llevó al temerario Pinturero a las alturas. Él monomotor era propiedad de Julián Villegas y desde el cual se realizó el tan anunciado salto a 3000 pies de altura. Se hizo todo un plan y los arreglos que él mismo pidió. Él iba en traje de luces y traía su propio paracaídas. Incluso se le colocaron unos polvos en las piernas para que cuando cayera diera la sensación de que estaba botando humo de las piernas”, dijo. 

El servicio eléctrico fue suspendido en los barrios de San Diego, Marbella y El Cabrero de manera preventiva; en caso de que el torero paracaidista resultara enredado en alguno de los cables de alta tensión circundantes no muriese electrocutado. Unas botas de hierro también se habría calzado para lograr con más exactitud el aterrizaje. En fin, las precauciones de rigor de aquellos tiempos con tal de preservar la vida del personaje.

Contó, entonces, que “lo ascendieron a 2.800 o 3.000 pies, pero hizo una caída libre. En esa caída se observó un comportamiento raro, que se veía cuando él iba cayendo, ya que no tenía los brazos arriba asegurados con el paracaídas”. 

“Venía seguramente asfixiándose con el arnés porque el paracaídas le apretó el pecho, los pulmones y el hombre siguió volando hacia el mar. Luego lo encontraron ahogado unos pescadores y nos avisaron que estaba muerto”, dijo.

Relató que cuando lo examinaron los profesionales de la salud, se confirmó que la muerte había sido por asfixia y no por ahogamiento. 

“Él tenía experiencia, en otras plazas en España creo ya había aterrizado en el ruedo o por lo menos cerca. Él sabía lo que estaba haciendo, pero esa tarde el destino le jugó una mala pasada”, concluyó.

Luis Ríos en realidad no tuvo ninguna trascendencia en el mundo taurino, solo era un joven ilusionado con la fama y el renombre alcanzado por algunos de sus ídolos en la tauromaquia. Fue alguien cuya escasa capacidad económica lo obligó a venir de polizón en un barco mercante a tierras colombianas; fue esta misma estrechez de capital, aunada a su muerte sorpresiva en las playas de Marbella, la que dejó sus restos sembrados para siempre en Cartagena. Mas exactamente, en el cementerio del barrio de Manga, ya que el cónsul español de la época no consiguió los recursos necesarios para regresar los restos mortales a su natal Galicia.


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