El testamento de Simón Casas: “Quiero matar a Simón Casas”

El empresario de la plaza de Madrid reconstruye su identidad.

Por Juan Diego Madueño.

Alguien que se acercara lo suficiente a Las Ventas, la plaza de toros Monumental que concentra todas las ambiciones de la industria taurina, podría escuchar, si está bien atento, el eco de las diatribas, las promesas, los proselitismos, los discursos y las demagogias de Simón Casas. Desde que siete años el empresario francés completó la conquista de España al hacerse con el despacho más codiciado del entramado, su voz ha ido fundiéndose con la piedra en una cacofonía y el edificio neomudéjar ha adquirido, en todo este tiempo, hechuras de pirámide.

En su interior, el tipo más interesante del sector, el hombre enganchado a la ficción, da por muerto el personaje. Sin el fervor mesiánico del autodenominado productor artístico que había descubierto la salvación de la tauromaquia, con la elocuencia esposada, en fin, domesticado, Simón Casas está a punto de matar a Simón Casas. “Quiero seguir trabajando en la tauromaquia de otra manera”, avisa. “Asesinando a Simón Casas. Quiero matar a Simón Casas. Mi nombre no es ese. Soy Bernard Domb. Anduve disfrazado toda la vida. Ahora quiero ser yo”.

Bernard Domb ha dejado escrito el testamento de Simón Casas en Pases y pases (Demipage), una biografía a vuela pluma. Son apenas 200 páginas con retales de unas memorias. El autor levanta algunas historias, completa a los toreros que ha apoderado y ofrece una visión mitificada del toreo. También logra reunir las piezas, reconstruir su identidad. “Tengo una dualidad. Por un lado mi historia real. Y por otro, la representación que he hecho. Mi carrera, mi vida pública”.

La historia real comienza cuando un hombre de ascendencia polaca, que formaba parte de la resistencia a los nazis, deja embarazada a una mujer de ascedencia turca, originaria de una familia judía de Toledo, en el sur de Francia. “Mi padre, que se llamaba Jeek, bajaba de sus escondites, le gustó una chica y me fabricó. Se separó pronto de mi madre. Murió por las heridas que sufrió luchando contra los nazis. Apenas lo conocí. La primera vez que lo vi me llevó a los toros. Tenía cinco años. Sentado en las rodillas de mi papá, que estaba muriéndose, descubrí, en una plaza de toros, que existía la muerte. La segunda vez que tuve constancia de la muerte fue al verlo en una caja”.

Simón Casas se mueve por Las Ventas buscando la sombra. Quienes deciden los asuntos importantes están en un patio a resguardo de los aficionados. A la maquinaria del poder se acercan los habituales, como los periodistas pelotas o los trabajadores trepas. En un despacho presidido por una ilustración de Gallito, enciende un cigarro con el zippo de Sergio, el chófer. Su abuelo materno vendía chatarra cerca de Nimes. “En casa había un batiburrillo de idiomas, pero hablábamos, sobre todo, castellano”.

El primer español que vio fue a un torero. “Quería ser como aquel hombre vestido de luces, vencedor de todo, en la gloria. Si soy español, quiero ser este, me dije”, y como si el recuerdo de aquel niño a punto de quedarse huérfano, deslumbrado por el torero, le insuflara un poco de vida, un estertor de palabrería resucita al viejo Simón Casas: “El hombre, la entrega, el peligro, el animal, y otros derivativos, hacen del ruedo el escenario de la vida desde la A a la Z. La tauromaquia ha sido para mí una representación existencial. Lo puedo interpretar ahora. Soy todo lo que soy gracias a la tauromaquia y por el sentido que tiene la tauromaquia”, revela.

Aplacado el acceso de idealismo, vuelve a replegarse. Puede que la muerte de Simón Casas sea otro truco de Simón Casas. “Toda mi vida ha sido un baile de disfraces. He dejado entrar a personajes reales y ficticios. Estoy llegando al final de mi vida, aunque espero que me quede mucho tiempo todavía, y quiero quitar la máscara a todos los personajes. Quiero ser yo y que los demás sean ellos. Con el objetivo de alcanzar lo que todos buscamos: la armonía existencial. El pseudónimo de Simón Casas, este disfraz, me ha hecho bien, pero queda todavía algo más que hacer: acabar con el baile de disfraces y vivir tranquilamente aceptando mi identidad y la de los demás. Ya busco la convivencia. Quiero rechazar las amarguras, la necesidad de ser, la lucha de poder. La literatura me ha permitido llegar a estas conclusiones”, advierte.

La lucha de poder, hasta hace unos meses, era lo único que alimentaba a Simón Casas, configurado para escalar. En 2017 alcanzó -por fin- Las Ventas. La literatura ha sido la anestesia que le ha permitido encajar algunas traiciones. “Cuando llegué a Madrid, vi por la calle a una chica guapísima de unos 20 años. No me atrevía a acercarme a ella, así que la empecé a seguir de lejos. Entró en un edificio. Resultó ser el Instituto Francés. Me llevó hasta la biblioteca. Hasta entonces, no había leído ni un libro. Para adoptar una postura intelectual, cogí uno al azar. Resultó ser El extranjero, de Camus. Yo era un extranjero. Un judío francés que quería ser torero. A partir de ahí iba todas las mañanas a torear de salón a la Casa de Campo y todas las tardes a leer al Instituto Francés. Encadené una lógica literaria. Conocí a Sartre, a los existencialistas, a Rimbaud, a Baudelaire. La mezcla de mi vivencia diaria y la luz de lo que leía, dio lo que soy”.

Al libro le faltan algunas historias. Ahogó en el Gran Canal de Venecia el traje de luces de la alternativa. “Mi traje de la alternativa es algo simbólico. Me retiré el mismo día de tomarla, dándole sentido a la palabra alternativa: ser o no ser; decidí no ser. Me quedaba ese traje. Como soy un romántico, estuve enamorado de una veneciana. Así que le envié el traje de luces y le pedí que lo tirara al agua. Se supone que está ahí”, comenta, a pesar de que en Instagram aparece en una fotografía con el terno de la alternativa, recuperado por un buzo al que contrató.

Pasó una noche en el calabozo de Aranjuez. “No tenía dinero y mi sueño era ir a Sevilla. Necesitaba mil pelas. Un chico de la pensión me puso en contacto con un señor que me iba a dar mil pelas a cambio de… Ya sabes. Al final quedamos en que iríamos a un espectáculo y el hombre tendría derecho a tocarme la mano. Fue la peor hora de mi vida. No me cogió ningún coche. Llegué andando a Aranjuez. Y ya en la habitación, entra la Policía. Al parecer un señor había sido agredido por un autoestopista extranjero. Encajaba en la descripción. Al día siguiente, el señor no me reconoció. Cogí un tren a Sevilla. Y estuve todo el día dando vueltas por la ciudad en coche de caballos”.

Compró un ático en la plaza de Pontejos, donde había dormido al raso cuando llegó a Madrid. “En cuanto tuve algo de dinero me quise comprar un piso. Estaba con Marisa Paredes el día que tenía una cita con la inmobiliaria. Primero fui a ver uno que, de casualidad, era el que ella tenía a la venta. Le faltaba luz. Así que el de la inmobiliaria me dio la posibilidad de ver otro en Pontejos. No sabía que había dormido allí varias noches cuando no tenía dinero. Subí y, sin discutir ni una peseta, dije: ‘Lo compro’”.

El modo en que Bernard Domb ha manejado a Simón Casas ha dado pie a una leyenda negra. “Ni toco ese tema”, advierte. “No debo un euro a nadie. Si a cualquier torero o ganadero le preguntas por mí, te aseguro que tendría la adhesión intelectual, pasional y taurina del 95%. Luego he gestionado mi vida y mi carrera como me da la gana. Soy empresario de Madrid con mi socio -necesito de alguien que se encargue de las cuestiones técnicas- pero no tengo ganas de andar por el callejón y hacer de relaciones públicas”.

¿Por qué se esconde ahora?

-No es que me esconda, es que no me dejo ver.

Su socio interrumpe la conversación con una urgencia de última hora. Al volver, Simón Casas sonríe. Toda esta parafernalia le divierte. “He sido totalmente sincero, pero disfrazado. De esta manera he podido caminar en un mundo muy complicado. Esta búsqueda no se puede entender sin la búsqueda del sentido del amor. En mi vida hay muy pocos amigos. No soy de salir a la calle con posturas burguesas, de ser autosatisfecho. Me identifico con pocas personas. Me debo a mis hijas. A mi amor, al que sea. A mi conciencia. Y a la representación de todo eso: el mar. Me encanta ir tranquilamente hacia el horizonte en mi barco a sabiendas de que no lo voy a alcanzar”.

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“Me han nutrido las fronteras”, resuelve. Y la última es obtener el pasaporte español. “Lo he solicitado hace unos días. Todavía no soy español, porque me propuse serlo cuando llegara a ser empresario de Las Ventas”. Simón Casas, como una pastilla efervescente, ha ido deshaciéndose por el camino. Ahora queda apenas un grumo. “Quiero que me entierren en España”.

Publicado en El Mundo


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