Adiós soñado de Enrique Ponce en Zaragoza.

Adiós soñado del maestro de Chiva, en una notable corrida de Juan Pedro en la que Emilio de Justo y el aragonés Jorge Isiegas se repartieron sendas orejas.

Por Javier Clavero.

Yo vi a Enrique Ponce. Mi abuelo vio a Enrique Ponce. Mis nietos verán a Enrique Ponce, sí, porque él se va pero su tauromaquia se queda. Envuelta en las dos tardes que llevamos de feria: la final de las escuelas -o lo que se enseña en ellas- y la amable puerta grande de este sábado. La última en Zaragoza de quien, guste o no, ha sido torero de toreros. Ejemplo de lo profundo y de lo superficial. De lo que cuesta y de lo que se aprende rápido. De hacer fácil lo difícil, al fin y al cabo, que es mantenerse ahí durante tanto tiempo.

El maestro de Chiva se despidió a lo grande de La Misericordia. Séptima salida a hombros en esta plaza, en dispar pero manejable corrida de Juan Pedro Domecq en la que, con otra condescendencia presidencial, Emilio de Justo y Jorge Isiegas también hubiesen sido aupados hacia Pignatelli.

Con ellos sí estuvo implacable José Antonio Ezquerra. No se dejó llevar por el aluvión de moqueros. Por las emociones desbordadas en un festejo que, además del adiós de Enrique Ponce, trajo el regreso de su querido Mariano de la Viña, vestido de calle para ahuyentar los fantasmas de aquel 13 de octubre de 2019 en el que pudo perder la vida.

Se la salvó -¿quién si no?- Carlos Val-Carreres. Y al ‘ángel de la guarda’ de los toreros le fue brindado el primer toro. Un Juan Pedro que no llevaba nada dentro. Un imposible incluso en las delicadas muñecas de Ponce. Las mismas que después, ante el notable cuarto, sí acercaron el triunfo del valenciano.

Faena de lío. Poncista a rabiar. Tantas veces repetida, y ayer rematada con una estocada algo caída que no evitó que se le pidieran las dos orejas. ¿Excesivas? Depende de lo que se tenga en cuenta. De si medimos esa labor extensísima, que transcurrió en la media altura con excepción de los lances finales con la rodilla flexionada, o reconocemos una trayectoria.

El toro fue un traje a medida, bordado a cámara lenta. Como los acordes del pasodoble ‘La Concha flamenca’ que sonaron mientras se recreaba, se gustaba, a sabiendas de que estaba ante la despedida soñada.

Era su tarde, lo que atenuó el impacto de Isiegas y De Justo. El aragonés ofreció la mejor dimensión que se le ha visto en Zaragoza. Más templado. Reposado. Puesto, ante un tercer toro de Juan Pedro que demandaba suavidad, y supo cuajar en los terrenos del 5, con notables tandas de naturales, ayudados y un circular eterno.

Enterró una estocada entera y todo quedó en una oreja, pues el usía no atendió la petición de la segunda; ni tampoco la que después se le pidió ante el sexto, un toro de escasa movilidad frente al que le costó dar el paso.

Empate a un trofeo con De Justo, que, tras no hacerse con el segundo de Juan Pedro, sí conectó con Tipillo, un fino cuatreño que ofreció profundidad en sus embestidas. Mansistas. Con acentuada querencia hacia chiqueros, pero con la emoción de la movilidad que el extremeño aprovechó para ligar varias tandas de mérito por el derecho.

Ficha

Plaza de toros de Zaragoza. Segundo festejo del abono de la Feria del Pilar, con más de dos tercios de entrada en los tendidos. Sonó el himno de España antes de que se rompiera el paseíllo y el público sacó a saludar a Enrique Ponce, que recibió distinciones de la empresa, de la Diputación Provincial de Zaragoza y de la Peña Taurina La Madroñera en reconocimiento a su trayectoria. Se lidiaron toros de la ganadería de Juan Pedro Domecq, bajos en presentación pero de buen juego dentro de su mansedumbre.

Enrique Ponce: silencio y dos orejas.

Emilio de Justo: silencio y oreja.

Jorge Isiegas, que sustituía a Tristán Barroso: oreja y vuelta al ruedo tras petición.

Presidió José Antonio Ezquerra: bien.


Descubre más desde DE SOL Y SOMBRA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Anuncios